“Un cristiano es solo aquel que confiesa

que tiene en su corazón el amor a la verdad”

(John Henry Cardenal Newman)

 

 

 

John Henry Newman 1801-1890: su vida y obra, su actualidad

 

P. Carlos Gutiérrez Lozano C.O. 

Imprímase:
                P. Antonio Ortega Franco, C. O.
                PREPÓSITO 

Congregación del Oratorio de México,
                San Pablo
                Ciudad de México, 2001

CONTENIDO:

 

1. De las sombras e imágenes a la verdad: rasgos fundamentales de una vida dramática  1

Los primeros años. 1

Los años en Oxford. 2

El Movimiento de Oxford. 3

El proceso de conversión. 3

Newman como católico: el oratoriano. 4

Fracasos. 5

La Apología y el reconocimiento público. El concilio. 6

Los últimos años: transfigurada tarde de la vida. 7

2. Actualidad de John Henry Newman.. 7

El sensus fidelium.. 7

Bibliografía utilizada. 8

 

 

 

1. De las sombras e imágenes a la verdad: rasgos fundamentales de una vida dramática

 

La vida y obra del conocido converso y cardenal es, en el sentido más pleno de la palabra, la descripción de una búsqueda dramática de la verdad, de su encuentro y del actuar adecuado a ella. Ya que existen suficientes y muy buenas monografías sobre su vida y obra, solo quiero presentar los momentos esenciales, en los cuales aparece de manera más clara este drama mencionado. La justificación de la categoría “drama” radica en su utilidad para que cada uno de nosotros pueda asumir un papel dentro del mismo. El drama se caracteriza por la multiplicidad de actores (los hombres y Dios), las diversas fases o actos y, sin embargo, por la unidad de acción. Tratemos de reconocer esta estructura en la vida de Newman, para después reconocerla en la vida de cada uno de nosotros. No pasa de otra manera con Jesús y el evangelio.

 

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Los primeros años

 

John Henry Newman nació el 21 de febrero de 1801en Londres, como primero de seis hermanos. Su padre era banquero y pertenecía al anglicanismo tradicional. Su madre venía de una familia de Hugonotes (calvinistas franceses). Por medio de su mamá estuvo en contacto con sagrada escritura desde pequeño. La situación, en la cual creció, le permitieron una educación cultivada. Desde 1808, en la escuela de Ealing, aprendió, entre otras muchas cosas, latín y griego. Aquí creció también su amor por la música, pues desde los siete años de edad aprendió a tocar violín.

 

En estos primeros años sobresalen principalmente dos momentos. El primero fue su encuentro con Thomas Scott (1747-1821), de quien Newman afirmó: “... al que (humanamente hablando) casi debo mi alma.” (A 32). Dos frases de Scott acompañarán a Newman toda su vida: “Holiness rather than peace” (santidad antes que paz) y “Growth the only evidence of life” (el crecimiento es la única prueba de que hay vida” (A 33). El segundo momento lo constituyó la experiencia, la cual muchos llaman ‘primera conversión’ de Newman y que el mismo como ‘cambio de mentalidad’ designó. Cuando él tenía 15 años, no pudo ir a su casa durante las vacaciones de verano, debido a una enfermedad y a los problemas financieros de su padre. Antes de esta experiencia estaba consciente de no tener ninguna convicción religiosa. Pero entre agosto y diciembre de 1816 se originó en él un cambio de mentalidad, a partir del cual surgió la fe inconmovible, que Newman describe en los siguientes términos: “ ... pienso que influyó en mis opiniones, en la misma línea de aquellas imaginaciones infantiles que he mencionado, es decir, en aislarme de las cosas que me rodeaban, en confirmar mi desconfianza hacia la realidad de los fenómenos materiales y en hacerme descansar en el pensamiento en dos y sólo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi creador” (A 31-32). Walter Nigg afirma: “únicamente puede entenderse a Newman desde esta toma de conciencia, esta es su misterio. Dios y el alma, el alma y su Dios son los dos polos, alrededor de los cuales gira de ahora en adelante, no de otra manera como en su tiempo Agustín” (Nigg, 133).

 

Newman designó esta experiencia como el ‘principio dogmático’ de su vida (cf. A 31). Él regresará siempre a esta experiencia, sobre todo cuando se presente momentos críticos en su vida.

 

Esta certeza ganada determinó esencialmente sus relaciones con el mundo y con los demás hombres. Del mundo hablaba como de un velo, que está entre nosotros y Dios, hermosísimo, pero engañoso. Walter Nigg describe su relación con los demás así: “Newman ha tenido que pagar su tributo por la gran experiencia: permaneció solo toda su vida. Pero no era un inconsolable abandono... él no padeció por esto, antes bien atraía a los hombres y tenía una afinidad indefinible por ellos. Su soledad estuvo determinada por su experiencia religiosa, pues él reconocía solamente a Dios y a sí mismo como los dos seres incondicionalmente seguros” (Nigg, 134).

 

Con todo, las numerosas amistades, las cuales esta exactamente documentadas en sus cartas y diarios, llegaron a ser una parte fundamental de la vida de Newman, como se mostrará mas tarde.

 

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Los años en Oxford

 

En 1817 Newman ingresó en el Trinity College de Oxford. Aquí hizo las primeras amistades, que serán de la mayor importancia para su vida posterior. Por ejemplo, con John William Bowden (1798-1844). Newman estuvo siempre agradecido de haber encontrado muchos profesores en Oxford, principalmente Richard Whately, que le enseñaron “a ver con mis propios ojos y andar con mis propios pies” (A 37). Para Newman era de vital importancia terminar sus estudios con la máxima calificación, en vistas a recibir un mejor puesto de trabajo. Pero los nervios lo traicionaron y no lo consiguió. Cuando pasó el examen, se decidió por el servicio eclesiástico en lugar de estudiar derecho, que su padre había destinado para él[1].

 

Con todo, en 1822 llegó a ser Fellow (Asesor) en el  Oriel College. Allí tuvo su primer encuentro con Richard Whately (1787-1863) y en él con el liberalismo, el cual combatirá con pasión más tarde. En 1824 recibió la ordenación diaconal y comenzó su labor pastoral en la parroquia de San Clemente. En este lugar comenzó a desarrollar su visión siempre concreta, práctica y pastoral de la realidad. Dessain afirma: “Todas las empresas de su vida tendrían un objetivo pastoral” (Dessain, 30). Aquí también comenzaron sus numerosos y fascinantes sermones. A este respecto decía el mismo Newman: “La gente que hace del consuelo el objeto principal de sus sermones, me parece que hierran la meta de su función. La santidad es la gran meta. El consuelo es una medicina para fortalecer el corazón, pero nadie toma de la mañana a la tarde medicina para fortalecer el corazón”[2].

 

En 1824 murió su padre. Desde este momento Newman estuvo frecuentemente en necesidades económicas, ya que tenía que preocuparse no sólo de sí mismo, sino también de toda la familia, especialmente de su mamá y sus hermanas[3].

 

Durante este tiempo Newman conoció y asimiló muchos nuevos puntos de vista de fundamental importancia, los cuales jugarán un papel decisivo en su vida posterior. De Edward Hawkins (1789-1882) aprendió la sacramentalidad del mundo y la posibilidad práctica como criterio para el actuar cotidiano; a través de la lectura del libro del Obispo Joseph Buttler (1692-1752) reconoció  que la Iglesia es una institución visible e independiente del orden político.

 

En 1825 recibió la ordenación sacerdotal y en 1826 llegó a ser Tutor (Guía y asesor de un grupo de estudiantes) en el Oriel College. En este tiempo surgieron tres personalidades, que ejercerán un influjo considerable en él: Richard Hurrel Froude (1803-1836), John Keble (1792-1866) y Edward Bouverie Pusey (1800-1882). A través de Hurrel Froude Newman conoció la concepción de la presencia real de Cristo en los sacramentos y de la sucesión apostólica. Además Froude tenía una visión más moderada de Roma, centro de la Iglesia católica. Por este tiempo comenzó Newman la lectura e investigación de los padres de la Iglesia, cosa que introdujo un cambio radical en su vida.

 

En 1828 murió la menor de sus hermanas, con tal solo 19 años. Este acontecimiento recordó a Newman de manera dolorosa la figura engañosa del mundo. Poco después fue nombrado párroco de la Iglesia universitaria de Santa María en Oxford. Siempre fue un párroco solícito y un extraordinario Tutor, que siempre intentó reformar las funciones de Tutor. Para él, la educación de los estudiantes era una cosa muy delicada y siempre tuvo muy en alto la positiva influencia personal. Formación significaba para él no solamente saber y conocimientos, sino también el actuar correspondiente. Debido a esta visión de su cargo, Newman cayó, junto con algunos de sus colegas, en dificultades con el director, el cual era ahora Hawkins. Por ello decidió éste no confiarles mas estudiantes, de manera que Newman perdió prácticamente su puesto en los dos años siguientes.

 

A partir de estas y otras experiencias, Newman notó con relativa claridad, que la Iglesia anglicana necesitaba urgentemente de una reforma. Y él sabía que reforma significa un regreso a los orígenes. “El primer paso fue el serio estudio de la situación fundamental de la iglesia anglicana. Esta actividad lo llevó con inmanente necesidad a los padres de la Iglesia, con los cuales estaba íntimamente unido el anglicanismo” (Nigg, 141).

 

El estudio e investigación de los padres de la Iglesia pueden ser vistos como el preludio de su dramática búsqueda de la verdad. De estas investigaciones surgió su primer libro The Arians of the Fourth Century (Los arrianos del siglo IV) en 1832. A partir de este momento es para Newman la Iglesia primitiva el modelo por excelencia[4], “... aunque él tenía claro que nosotros, aunque lo quisiéramos, no podemos volver al tiempo de los padres de la Iglesia y debemos permanecer miembros de la Iglesia de nuestro tiempo, la cual habla otro idioma” (Nigg, 141).

 

Para 1833 Newman estaba bastante agotado (¡durante un examen se desmayó repentinamente!). Por ello decidió emprender un viaje al mar mediterráneo con su amigo Hurrel Froude y el padre de éste. En este viaje se originó otra experiencia importante en la vida de Newman. Cuando estaban por abandonar Roma, fueron invitados a regresar. Pero Newman respondió, aparentemente sin ningún motivo: “Tengo una tarea que hacer en Inglaterra” (A 56). Quizá estaba pensando en la lucha contra el incipiente liberalismo. El viaje de descanso después devino una toma de conciencia de una vocación definida y de una tarea concreta. Durante el viaje de regreso, Newman cayó gravemente enfermo en Sicilia, pero sabía que no moriría aún. En su lecho se decía a sí mismo: “no voy a morir porque no he pecado contra la luz, no he pecado contra la luz” (A 56). Cuando recuperó la salud, compuso durante el camino hacia Marseille el famoso poema Lead kindly Light (Guíame luz amable).

 

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El Movimiento de Oxford

 

Poco después de su regreso a Inglaterra, el 14 de julio, John Keble (1792-1866) predicó en la Iglesia universitaria de santa María un sermón sobre la apostasía nacional, el cual fue considerado por Newman como el inicio del movimiento de Oxford. “ Lo he considerado siempre, y he tenido ese día, como el inicio del movimiento religioso de 1833” (A 57). Apenas se puede sobrevalorar la importancia de este movimiento para la Iglesia en Inglaterra, pues “ellos pretendían nada menos que una segunda reforma, la cual tenía que corregir aquella des siglo XVI” (Nigg, 142). Una serie de escritos, Tracts for the Times, contribuyó a la difusión de las ideas: la teología era para ellos un asunto público. Newman estaba consciente que un movimiento tan pretensioso no obtendría fácilmente la victoria, que exigiría muchísimo de ellos: “Promovemos la verdad a base de sacrificio propio” (A 70). Walter Nigg comenta esta afirmación de Newman: “una misión verdadera puede ser realizada solamente con sacrificios e infinitos dolores... no basta asentir teoréticamente a la ofrenda de sí mismo, para luego obrar contrariamente en la vida práctica. La exigencia de la verdad a través del sacrificio de uno mismo, es la más significativa contribución de Newman a la renovación del anglicanismo” (Nigg, 143 y 144).

 

Durante el tiempo del movimiento de Oxford, Newman escribió el libro Lectures on the prophetical Office of the Church (sobre el ministerio profético en la Iglesia). Según él, en la Iglesia hay, desde el principio, una tradición episcopal-apostólica y una profética. A partir de estas reflexiones nació poco a poco la idea de la via media: la Iglesia católica posee solamente la tradición apostólica, mientras que los protestantes solo la profética. En los ojos de Newman la Iglesia de Inglaterra era el camino medio y, por ello, verdaderamente católica. Sin embargo era clarísimo, que la Iglesia inglesa era ampliamente dependiente del estado. ¡La via media existía solo en el papel!

 

En 1836 Newman debió soportar dos golpes bastante fuertes: la muerte repentina de su amigo Hurrel Froude y, meses después, la de su madre. En 1837 publicó el libro Lectures on the Doctrine of Justification (Sobre la doctrina de la justificación).

 

Nicolás Wiseman (1802-1865), quien en 1850 sería nombrado cardenal, escribió en 1839 un artículo sobre Agustín y los donatistas. Por primera vez Newman vio claramente que la Iglesia anglicana se comparaba más bien con la iglesia herética que con la católica. A pesar de esto, se aferró a la idea de la via media. Así, apareció en 1841 el Tract 90, escrito que habría de cambiar su vida hasta el extremo. Se trata de una interpretación católica de los 39 artículos de la Iglesia anglicana. Las dificultades con los obispos no se dejaron esperar. “Cuando, en febrero, el Tract 90 llegó al público, produjo lógicamente gran alboroto. Desde entonces la parte protestante de la Iglesia anglicana persiguió continuamente a Newman con publicaciones y ataques en periódicos y revistas” (Biemer, 59).

 

Después de semejante fracaso, Newman tenía en claro que su fe en la Iglesia anglicana necesitaba de una profunda revisión. Por ello, se recogió en Littlemore, donde tenía que atender una pequeña iglesia, para orar, ayunar y vivir en una pequeña comunidad de amigos.

 

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El proceso de conversión

 

“En el verano de 1841 me encontraba en Littlemore tranquilo y sin preocupación alguna. Había decidido dejar de lado toda controversia y me dediqué a mi traducción de san Atanasio. Pero entre julio y noviembre recibí tres golpes que me rompieron” (A 153).

 

El primero se refiere a su concepción de la via media. Newman habla de la idea de la catolicidad de Roma como si fuera un fantasma que lo persiguiera: “ya había avanzado algo en la traducción cuando el problema se me presentó de nuevo. La visión volvió por segunda vez... pero vi con toda claridad que en la historia del Arrianismo, los arrianos puros eran los protestantes; los semi-arrianos eran los anglicanos y Roma estaba ahora donde había estado entonces. La verdad no estaba en el centro, en la Via Media...” (A 153).

 

El segundo golpe lo constituye el hecho que durante tres años, después de la aparición del Tract 90, Newman fue cruelmente atacado y, en sus propias palabras, condenado por muchos obispos. Al mismo tiempo, comenzaban a ser numerosas las conversiones a la Iglesia católica.

 

El tercer golpe decisivo fue la erección de un obispado para protestantes en Jerusalén. En la decisión había muchos intereses político-religiosos y el parlamento inglés había jugado por supuesto un papel determinante. Todo esto aniquiló la fe de Newman en la iglesia anglicana. Walter Nigg busca describir, lo que ocurría en Newman: “Al solícito anglicano le pasaba lo peor que lo puede pasar a un hombre: él había perdido la fe en la idea que antes amó con pasión, y con ello se venía abajo el edificio mental de su mundo. Todo terminó con un ruidoso fracaso, el cual creó el preludio de una tragedia” (Nigg, 145-146).

 

Otra estación del proceso que tuvo que hacer Newman estuvo constituido por el propósito de hacer una investigación profunda sobre el desarrollo de la doctrina, en vistas a ganar claridad sobre la Catolicidad de la Iglesia. A este respecto escribe Nigg: “Cuanto más avanzaba en el tema, más desaparecía el suelo sobre sus pies, los fundamentos de la iglesia anglicana se hacía más dudosos y la Iglesia romana ganaba en contenidos de verdad. Aquello era un proceso penoso; la lucha se desarrollaba primeramente en el plano de las conclusiones intelectuales, pero luego surgían de ahí consecuencias de gran peso existencial” (Nigg, 157).

 

Newman trabajó en ello de 1842 a 1845. Mientras tanto renunció a sus funciones de Tutor y de párroco. En 1843 pronunció su último sermón (la despedida de los amigos) en la parroquia universitaria de santa María. Había considerado vivir en adelante como laico y estudiar arquitectura. Nunca tuvo el propósito de convertirse. Pero debido a la continuación de su trabajo sobre el desarrollo de la doctrina, el cual se publicó en 1845 con el título Essay on the Development of Christian Doctrine (Sobre el desarrollo de la doctrina cristiana), se convirtió la cuestión de la conversión en una cuestión de conciencia.

 

La decisión le costó tanto, que solo pudo tomarla después de largas luchas internas, ayunos y oraciones. Nigg comenta: “la conversión de Newman llama la atención por su lentitud. El no actuó de manera precipitada ni se dejó guiar por el ambiente momentáneo... tampoco se convirtió por resentimiento contra la Iglesia anglicana, que lo había eliminado. Unicamente los estudios históricos lo orillaron, pues la lectura de los padres de la Iglesia lo había convencido que la Iglesia de Roma y no la de Inglaterra estaba en consonancia con la iglesia primitiva” (Nigg, 163).

 

Su influjo en la Iglesia de Inglaterra, sus familiares y amigos, su edad (tenía ya 45 años): todo esto hizo que su decisión se convirtiera en un acontecimiento verdaderamente dramático. Pero según su conciencia no había otra posibilidad. “La gran, tan dramática como dolorosa historia del camino de John Henry Newman hacia la iglesia católica llegó a su fin. Entre el 8 y 9 de octubre de 1845 Newman escribió 19 cartas a sus amigos íntimos y familiares” (Biemer, 76).

 

El 9 de octubre, en Littlemore, pidió al padre italiano Domenico Barbieri, el cual viajaba por el momento en Inglaterra, la aceptación en la iglesia católica romana.

 

Como había temido, la decisión exigió muchísimo de él: “la pérdida más fuerte fue la ruptura con sus amigos. Los había amado y era muy apreciado por ellos... pero sus amigos no entendieron su decisión y en adelante era para ellos como un muerto” (Nigg, 160). Incluso para él mismo, aunque decía: “desde el momento que me hice católico... mi paz y mi alegría han sido perfectas, y no he vuelto a tener una sola duda” (A 237), su decisión fue todo menos una fiesta. “La conversión de Newman se ve, considerada de cerca, indeciblemente dolorosa. No tenía nada que ver con un romántico cambio de fe, pues para ello estaba muy fuertemente atado a la realidad. Solamente el pensamiento de ofender a Dios, si no obedecía la orden interior, lo movió a la conversión” (Nigg, 160).

 

La conversión de Newman representa no solamente el centro de su camino vital, sino también el cambio decisivo en su dramática búsqueda de la verdad, ya que su conversión a la Iglesia católica no significa otra cosa que el encuentro de la verdad.

 

Walter Nigg resume el proceso entero de conversión así: “ El paso dado por Newman, considerado sin perjuicios, es un drama estremecedor. Este es el único concepto que puede describir lo acontecido, mas que los conceptos de caída o regreso a casa. Se desarrolló en el alma de Newman una tragedia religiosa, cabe la cual no falta un vago sentimiento de culpa. El abandono de la casa paterna no fue para él una infidelidad, pero le causó, según testimonio propio, infinito dolor. Este casi lo destrozó interiormente. Se trataba de una nueva despedida, pero en esta ocasión era mucho más trascendente y definitiva que aquella de Oxford. La separación casi rebasó las fuerzas de su alma. Newman soportó sufrimientos y gimió, pues así de difícil fue la conversión. El abandono de Littlemore no solo le costó lágrimas, las cuales ocultaba su alma en un ambiente suave y doloroso, pues era una violenta renuncia a lo más amado que poseía sobre la tierra. ‘Me desgarré totalmente y no pude evitar besar mi cama, la chimenea y otras partes de la casa’. En estas erupciones emocionales sale a la luz de manera vehemente la abismal tristeza de su alma. Para que un hombre de su sobriedad y dominio bese al despedirse objetos muertos, debe haber pasado infinitamente mucho en él” (Nigg, 159).

 

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Newman como católico: el oratoriano

 

 Su decisión había sido tan consciente y liberadora como incierto su futuro: no sabía a donde ir. Después de algún tiempo, resolvió viajar a Roma, para experimentar la Iglesia romana de cerca y encontrar su lagar en la Iglesia católica. En Roma notó muy pronto, que propiamente tenía que iniciar una nueva vida. A este respecto escribió: “Es algo espantoso tener que empezar una nueva vida al final de los días” (NSt I, 263). Nigg profundiza esta afirmación: “Empezar una nueva vida, la cual sea verdaderamente una nueva y no simplemente la anterior en forma camuflada, es quizá una de las tareas más difíciles que se le puedan a un hombre. Su realización es muy escasa y está casi siempre llena de tragedia” (Nigg, 166).

 

Después de ver y conocer la Iglesia romana y muchas órdenes religiosas, decidió ordenarse como sacerdote católico y entrar en el oratorio de san Felipe Neri. A este respecto escribe Dessain: “En san Felipe Neri pudo descubrir un vínculo entre el Nuevo testamento y la civilización del progreso. No halló a ningún san Felipe – tan moderno y, sin embargo, tan escriturístico – cuando buscó en su patria” (Dessain, 125). La intuición de Felipe debía, para ser efectiva y fructífera, ser adaptada al ambiente inglés. Newman habló personalmente con el Papa sobre la posibilidad de fundar un oratorio en Inglaterra. El Papa aprobó la idea. Así, Newman regresó a Inglaterra en 1848, para llevar a cabo su plan. La nueva comunidad encontraría su lugar en la cuidad de Birmingham. Pero esta cuidad no fue elegida al azar. El primer oratorio en Inglaterra “fue una casa modesta sin ningún brillo artístico y se encontraba en un panorama sin estímulo, en medio de la industrializada Birmingham, donde las chimeneas de las fábricas humeaban y unos habitantes pobres luchaban duramente por le pan de cada día” (Nigg, 169).

 

Quien haya visto el tiempo de Newman en Oxford y lo compare con la nueva situación, nota inmediatamente una diferencia enorme. “no era una pequeñez despedirse de la bien situada burguesía de Inglaterra y unirse al proletariado católico, que estaba constituido en su mayoría por emigrantes irlandeses” (Nigg, 163).

 

Newman y sus compañeros empezaron a trabajar con la gente sencilla de su parroquia: clases de religión para los niños, visita de las casas, celebraciones. Tiempo después se fundó una escuela para garantizar el sustento del oratorio. Pero aún en el oratorio las dificultades no se dejaron esperar. Debido a la diferencia de pensamiento entre Newman y Frederick William Faber (1814-1863)[5], el oratorio se dividió muy pronto en dos grupos. Por aquel tiempo, el Cardenal Wiseman le pidió a Newman que fundara una nueva casa en Londres, y así Faber y sus seguidores se fueron a Londres y fundaron allí una nueva casa del Oratorio, pero Newman permaneció como el prepósito de ambas casas. Él mismo propuso la autonomía del oratorio de Londres, pero los hermanos de Londres recibieron la propuesta como una ofensa. Como respuesta, empezaron a difamar a Newman en Roma, propagando que él quería presidir una especie de ‘provincia’ del oratorio en Inglaterra. El rompimiento definitivo entre las casas aconteció en 1855[6].

 

Newman veía con dolor la triste realidad de la minoría católica en Inglaterra y trabajó con todas sus fuerzas por la formación de los laicos. Sobre esto escribe Dessain: “Su forma de enfocarlos  (los problemas sociales o políticos) fue siempre personal y caritativa; y lo que le aterraba de los asilos de trabajo y prisiones era la falta de humanidad. Dedicó mucho tiempo a visitar y atender a los pobres en San Clemente, en Littlemore, y posteriormente en Birmingham” (Dessain, 150).

 

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Fracasos

 

Uno de los primeros pasos para la formación de los laicos fueron las conferencias que sostuvo en 1851 bajo el título Lectures on the Present Position of Catholics in England (Sobre la situación presente de los católicos en Inglaterra). Justamente con estas conferencias inició la racha de fracasos y sospechas que Newman tuvo que soportar como católico. En una de sus conferencias reprobó la actitud de un ex padre dominico, Giacinto Achilli, debido a los ataques que éste hacia a la Iglesia católica[7]. Pero Achilli presentó una denuncia contra él por difamación. “Así, Newman se encontró en una difícil situación, pues durante año y medio vivió bajo el temor de tener que pagar una sentencia en la cárcel... Al final fue ‘solo’ castigado con 100 libras de multa. Pero el hecho de haber perdido el juicio le dejó por mucho tiempo una mala imagen dentro de la sociedad inglesa... En muchos países fue seguido de cerca el juicio, el cual no fue imparcial, y por ello se reunió dinero para Newman. Bien que lo necesitaba, pues el proceso completo le había costado 12000 libras” (Biemer, 94).

 

La siguiente derrota la recibió Newman en la fundación de una universidad católica en Irlanda. Cuando fue preguntado por los Obispos, respondió prontamente y con mucha alegría, pues él veía una oportunidad única para realizar sus ideas sobre la formación de los laicos. Así, pronunció en 1852 varias conferencias sobre la esencia y tarea de la universidad, las cuales después fueron publicadas con el título Idea of a University[8]. Pero los obispos de Irlanda tenían ideas muy diferentes a las de Newman. Ciertamente era él el rector, pero no tenía voz decisiva. Por esta razón, el cardenal Wiseman lo propuso para obispo; y el papa no opuso nada en contra. Pero el obispo Paul Cullen, quien había invitado a Newman a Irlanda y poco después había sido nombrado Arzobispo de Dublin, impidió el nombramiento. “Éste había escrito a Roma que nefasto sería para la empresa universitaria tal nombramiento y como argumento mencionó la crítica situación entre irlandeses e ingleses y los altos honorarios que serían necesarios para un Obispo rector. Newman mismo jamás supo porque el anuncio del cardenal Wiseman no tuvo cumplimiento. La carta del obispo Cullen desapareció un siglo del archivo vaticano” (Biemer, 103).

 

Las dificultades no parecían tener fin y finalmente Newman renunció a su cargo de rector en 1858. “De cara a un cerrado y rechazante frente Newman terminó por convencerse que no podía realizar so obra. Dificultades insalvables estaban delante de él como un rabioso destino. Por ello buscó desligarse del encargo aceptado y regresó con profunda resignación a su Oratorio de Birmingham; esta fue una de las más dolorosas experiencias de su dolorosa vida. El renovado fracaso lo doblegó fuertemente...” (Nigg, 173).

 

Después de esto Newman vio cuantas otras posibilidades de hacer algo por los católicos y por la Iglesia en Inglaterra le fueron prohibidas. Una y otra vez Newman tuvo que experimentar frustración y resignación.

 

La siguiente derrota fue el Rambler Affair. Rambler es el nombre de una revista católica, la cual era casi la única voz pública de los católicos en Inglaterra. Pero debido al contenido de muchos artículos corría el riesgo de ser censurada por los obispos. Éstos pidieron a Newman que ocupara el cargo de editor, lo cual Newman aceptó nuevamente. Justo en ese tiempo surgió una discusión sobre la educación elemental en las escuelas y ningún representante de las escuelas católicas había sido invitado[9]. Los obispos eran de la opinión que los laicos no tenían ninguna incumbencia en cuestiones de educación. Pero Newman pensaba exactamente lo contrario, y en el primer número de la revista bajo su responsabilidad, escribió un artículo sobre el tema. Después de esto, los obispos le pidieron que renunciara como editor, cosa que él nuevamente obedeció. Pero como aún tenía que sacar un número de la revista, aprovechó la ocasión para presentar de manera clara su concepción sobre el papel de los laicos en la Iglesia. Así surgió el famoso artículo On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine (sobre la consulta a los fieles en cuestiones de doctrina). La reacción de los obispos al artículo no se dejó esperar. “A esta importancia teológica del testimonio de fe de los laicos, defendida por él, siguió el ataque del profesor de teología dogmática del Ushaw-College, John Gillow, el cual acusó a Newman de herejía” (Biemer, 110).

 

Newman fue denunciado en Roma. Él escribió una carta, en la cual manifestaba que estaba preparado para explicar cada una de las frases que fueran consideradas sospechosas. Pero la carta jamás llegó a su destino. Por lo cual Newman estuvo mucho tiempo envuelto en una nube de desconfianza. Henry Edward Manning (1808-1892), tiempo después nombrado cardenal, tuvo mucho que ver en esta situación. Las diferencias entre ellos siempre terminaban en conflictos. “También en la cuestión sobre la participación de los laicos en la Iglesia, las opiniones de Newman y de Manning se separaban ampliamente. El punto de vista de la mayoría de aquel tiempo la formuló Monsignore Talbot, en una carta a Manning, con las cínicas palabras: ‘¿Cuál es el campo de los laicos? Cazar, disparar, entretenerse. Ellos solo entienden de estas cosas. Pero no tienen derecho de meterse en los asuntos eclesiásticos’ (B 95)”[10].

 

Que tanto afectó a Newman la continua desconfianza y los fracasos, lo muestra el hecho que no publicó absolutamente nada en los siguientes 5 años. Nunca se arrepintió de su decisión, pero estaba herido profundamente “Quizá cuando muera se verá que me prohibieron muchas cosas que bien pude haber hecho. Dios reina sobre todo. Pero por supuesto es desilusionante, no tener ninguna satisfacción después de tiempo y ser rechazado e impedido en cuanto empezaba a actuar” (B 253).

 

W. Nigg resume los fracasos de Newman y señala las causas de los mismos. “Newman estuvo condenado al fracaso por la desconfianza y el rechazo de sus hermanos católicos. El rectorado en Dublin y el plan de la casa de estudiantes en Oxford no fueron los únicos fracasos. También la nueva traducción de la Biblia, en la cual Newman trabajaba con comprensible alegría y para la cual él era el hombre adecuado por su dominio del lenguaje, fue boicoteada por sus hermanos católicos ” (Nigg 188).

 

El resultado de esta interminable cadena de fracasos y sospechas fue expresado por Newman el 21 de enero de 1863 con palabras verdaderamente dramáticas: “Esta mañana, al despertarme, se apoderó de mí con tal intensidad el pensamiento de que soy una persona que molesta, que no acababa de decidirme a ir a la ducha. Me decía: ¿de qué sirve tratar de preservar o aumentar las fuerzas, si no se hace nada útil con eso? ¿De qué sirve vivir para nada?... De todo lo que hago ¿qué hay que tenga un fin religioso? Desgraciadadamente es éste un pensamiento habitual en mí desde hace años... ¡Oh¡ ¡Qué triste y solitaria ha sido mi vida desde que soy católico¡” (EA 211-212).

 

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La Apología y el reconocimiento público. El concilio

 

Newman parecía haber caído en el olvido. Pero él tendría aún mucho por vivir. En 1864 escribió Charles Kingsley un ataque frontal contra los sacerdotes católicos y mencionó directamente a Newman como ejemplo de deshonestidad. Newman se vio obligado a responder, y en pocas semanas escribió la historia de sus convicciones religiosas, la cual se publicó con el título Apologia pro vita sua. Nigg describe como aquella empresa le llegaba a Newman verdaderamente al corazón: “Se percibe la agitación del alma en medio de toda objetividad. Newman escribió en una carta que al hacer este trabajo lloraba y gritaba de dolor con frecuencia” (Nigg, 165).

 

Afortunadamente, aquel libro devolvió a Newman su buena fama. Tanto anglicanos como católicos reconocieron que la vida y obra de Newman estaba llena de honestidad y fidelidad. La Apología trajo también como fruto el que muchos de sus amigos anglicanos se reconciliaran con él.

 

El siguiente acontecimiento importante en la vida de Newman gira en torno al concilio y la cuestión de la infalibilidad. Ya desde el tiempo anglicano había reconocido la infalibilidad de la Iglesia. Pero ahora estaban los ultramontanistas en escena. Estos querían imponer una interpretación maximalista de la infalibilidad papal. Newman aprovechaba la más mínima oportunidad para escribir contra ellos.

 

Newman estuvo invitado a participar en el concilio, pero rechazo la invitación del obispo francés Dupanloup. Decía que él no era teólogo y que su estado de salud no era el óptimo. Además, él estaba consciente que no servía para trabajar en equipo. Pero la verdad de todo esto era que no quería ser interrumpido en el trabajo de su libro Essay in Aid of a Grammar of Assent (El asentamiento religioso). Sobre el tema Newman había reflexionado ya más de treinta años. El libro se publicó en 1870.

 

La cuestión de la infalibilidad y la discusión conciliar sobre ella motivaron una de las cartas más emotivas y apasionadas que Newman haya escrito. En enero de 1870 escribió a su obispo Ullathorne: “Ningún peligro amenazador debe ser rechazado; en lugar de eso se crea una situación difícil. ¿Es esa la tarea de un concilio?.... pero yo no puedo sino sufrir con aquellos muchos que sufren... ¿qué hemos hecho para que nos traten como nunca han sido tratados los creyentes? ¿Cuándo fue una definición de fe un lujo devocional y no mas bien una imperiosa y amarga necesidad? ¿Por qué debe serle permitido a una fracción agresiva y arrogante llenar de dolor los corazones de los justos, que el mismo Señor no deja llorar?... (SB 543-4).

 

Como consecuencia de la definición dogmática sobre la infalibilidad del Papa, Newman tuvo que ayudar a muchos amigos y creyentes a interpretar correctamente la misma. La respuesta más clara a esta cuestión se encuentra en el libro Letter to the Duke of Norfolk (Carta al duque de Norfolk), publicado en 1875. En este ensayo Newman unió la doctrina de la infalibilidad con su concepción de la conciencia.

 

En este mismo año murió su querido amigo y hermano oratoriano Ambrose St John.

 

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Los últimos años: transfigurada tarde de la vida

 

En 1877 Newman fue nombrado sorpresivamente Fellow honorario del Trinity College. Y en 1879, aún cuando Manning emprendió todo para impedirlo, fue nombrado cardenal por el papa León XIII. La recepción del capelo cardenalicio significó simplemente demasiado para Newman: “Todos los rumores, que se difundieron sobre mí, que soy un católico a la mitad, un católico liberal, sospechoso, no digno de confianza, han llegado hoy a su fin” (B 314). Con su lema episcopal cor ad cor loquitur (el corazón habla al corazón) expresó nuevamente su camino de fe: el corazón de Dios le habló y él habló siempre al corazón de los hombres, es decir, a la totalidad de la persona.

 

Los últimos años de su vida los pasó Newman en su Oratorio de Birmingham. Siempre recibía a sus amigos, los cuales no pocas veces buscaban su consejo. Sin embargo, su edad avanzada lo hizo sufrir mucho. “La amargura más fuerte para él fue que la pluma ya no le obedecía y por ello tuvo que dejar de lado su diario y su correspondencia. El incansable escritor no podía emplear más sus dedos para escribir, ellos eran incapaces de formar letras, cosa que es para un escritor un destino verdaderamente difícil” (Nigg, 211).

 

Incluso la muerte de Newman está llena de rasgos dramáticos. Hasta el último momento de su vida permaneció la experiencia de los dos seres perfectamente claros: él y su conciencia y su creador. “Newman sintió acercarse al ángel de la muerte, y en ese momento el moribundo envió al hermano que lo cuidaba hacia fuera, diciendo: ‘yo puedo solo salir al encuentro de mi fin’. Aquello fue una típica frase de Newman: él estuvo siempre solo en la vida y también quiso estarlo en la muerte” (Nigg, 211).

 

Ironía de la vida: el cardenal Manning pronunció el sermón en la misa exequial de Newman. Y tuvo que reconocer que Newman fue la Personalidad más importante de la Iglesia católica en Inglaterra y un ejemplo vivo de la catolicidad (anglicanos y católicos en Inglaterra tenían mucho que agradecerle). Y desde entonces la figura de Newman solo ha subido en reconocimiento e influjo.

 

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2. Actualidad de John Henry Newman

 

Después de haber conocido un poco la dramática vida de cardenal oratoriano, nos preguntamos ahora por la actualidad de su obra y, sobre todo de su vida, pues en no pocos aspectos Newman fue un verdadero profeta.

 

“Si se pregunta por la contribución más importante de Newman, la respuesta es: su propia personalidad con su biografía excepcional, la cual, vista en su totalidad, resplandece con el brillo de una vida plenamente lograda a través de nueve decenios de éxitos y sufrimientos, de piedad, de fidelidad y críticas”[11].

 

La importancia de la vida y obra de Newman siempre ha sido sobresaltada. Y con mucha razón, pues su vida, considerada como una dramática búsqueda y encuentro de la verdad, es para los cristianos del mundo actual quizá aún más atractiva que nunca. En lo referente a su obra teológica, son muchos los temas que Newman trató de manera magistral y que siguen teniendo relevancia y hasta urgencia en nuestros días. Peter Neuner señala los siguientes aspectos: el aggiornamento (puesta al día) de la Iglesia, la Iglesia como misterio, historia y desarrollo, el ecumenismo, el laico en la Iglesia e infalibilidad y conciencia[12]. Günter Biemer escribe: “Newman mismo es portador de nuevas visiones que lo distinguieron de muchos teólogos de su tiempo. A éstas pertenece la doctrina del desarrollo de las fórmulas de fe, el papel de los laicos en la Iglesia, la importancia de la formación de los cristianos, la supremacía del principio vital (Lebensprinzip) sobre el principio teórico (Theorienprinzip), la relación de la teología con el magisterio de la Iglesia y con otras ciencias, la importancia de las escuelas católicas para la catolicidad de la fe, etc.”[13]. Heinrich Fries subraya los siguientes temas: el principio de analogía, filosofía y teología de la fe, la cuestión acerca de las pruebas de la existencia de Dios, la cuestión sobre la relación entre religión natural y religión revelada y la cuestión sobre los fundamentos de la revelación, y la teoría del desarrollo y la Iglesia[14].

 

Ya que no es posible siquiera describir cada uno de los temas anteriores y dado que esta pequeña biografía ha sido escrita pensando en los laicos, solamente presento la actualidad de Newman en relación con el tema de los laicos y su papel dentro de la Iglesia. En teología, este tema recibe el nombre de sensus fidelium (el sentido –de fe- de los fieles).

 

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El sensus fidelium

 

La entrega de Newman por los laicos brotó de una necesidad muy concreta que él experimentó: la minoría católica en la Inglaterra industrial del siglo XIX. Pero la importancia que él atribuyó a los laicos no es solamente una cuestión práctica. Él estaba profundamente convencido, a través de sus estudios patrísticos, que el sentido de fe del pueblo de Dios era una instancia decisiva para la conservación y transmisión de la fe y para la vida y el actuar de la Iglesia, y todo esto a través de la tradición oral y a través del ejemplo de una vida cristiana.

 

Sin embargo, Newman fue lo suficientemente realista para ver que este sentido de fe de los fieles está expuesto también a muchas exageraciones y errores y que, por ello, los laicos necesitan una formación sólida para que puedan cumplir sus tareas en la Iglesia, también en lo que se refiera a las cuestiones sobre la doctrina cristiana. Así pues, para Newman formación de los laicos y sentido de fe estaban esencialmente unidos. Peter Neuner escribe: “ Los católicos deben crearse su juicio propio a través de una amplia formación, deben ser capacitados para una decisión de conciencia independiente y por medio de ello deben llegar a ser compañeros adultos del clero, también en asuntos eclesiásticos. El trabajo de Newman en la universidad estaba determinado no en último lugar por el esfuerzo para promover el sensus fidelium, el sentido de fe y el instinto de fe de los fieles”[15].

 

Desde entonces, la preocupación por la formación de los laicos no ha perdido su actualidad, antes bien se ha fortalecido. El deseo expresado por Newman en sus conferencias sobre la situación actual de los católicos en Inglaterra es un desafío permanente para la teología y el magisterio: “Yo me deseo laicos, no arrogantes, no indiscretos, no pendencieros, sino hombres que conocen su religión, que se abandonan a ella, que conocen su propio punto de vista, que saben que opinión tienen y cual no, que conocen su credo tan bien, que pueden rendir cuentas de él, que disponen sobre un conocimiento histórico tan basto, que saben defender su religión. Yo me deseo laicos inteligentes, bien formados. No niego que ustedes ya lo sean, pero tengo la intención de ser estricto en mis exigencias y algunos de ustedes dirán que exagero. Yo me deseo que ustedes agranden su saber, que desarrollen su entendimiento, que aprendan a comprender la relación entre verdad y verdad y que vean los cosas como son. Yo me deseo que ustedes entiendan como se relacionan la fe y la razón y cuáles son las fórmulas fundamentales y los principios del catolicismo. No tengo el temor de que ustedes se hagan malos católicos a través del conocimiento de estos temas, pues está supuesto que ustedes tienen un vivo sentido por Dios y son conscientes que tienen un alma que deberá ser juzgada y salvada. En todos los tiempos los laicos han sido la medida del espíritu católico... Ustedes deben ser capaces de expresar aquello que sienten y piensan...”[16].

 

Lo anterior es mucho más que una piadosa invitación a conocer y defender la fe, pues Newman entiende lo anterior tanto hacia fuera como hacia dentro de la Iglesia. Es, más bien, la clara visión de lo que Jesús pretendió y de lo que la Iglesia primitiva dio testimonio: cristianos y cristianas preparadas que, en unión con sus pastores (unión que debe entenderse, como hemos visto en la vida de Newman, como una interrelación que adquiere muchas veces rasgos dramáticos), dan testimonio con la palabra y con las obras de la revelación de Dios por medio de Jesucristo el Señor, en la fuerza del Espíritu Santo.

 

Al menos en este punto, Newman tienen aún mucho que decir.

 

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Bibliografía utilizada

 

 

A         Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas. Traducción y notas de Víctor García Ruiz y José Morales. Ediciones Encuentro, Madrid 1996. 371 pp. (Véase también la traducción realizada por Daniel Ruiz Bueno. Editorial Católica - BAC 394 –, Madrid 1977. 275 pp.)

 

B         Briefe und Tagebücher aus der katholischen Zeit seines Lebens. Übersetzt von M. Knoepfler (AW II/III, Mainz 1957).

 

EA      Escritos Autobiográficos. Traducción, introducciones y notas de Sofía

            Martín-Gamero. Prólogo del P. Federico Sopena. Taurus, Madrid 1962.  253 pp.

(Véase también John Henry Newman, Cartas y Diarios.  Biglietto Speech. Selección, Traducción y notas de Víctor García Ruiz y José Morales.

Ediciones Rialp, Madrid 1996. 166 pp.)

 

SB      Selbstbiographie nach seinen Tagebüchern. Hg. H. Tristam. Stuttgart 1959.

 

 

Biemer           Biemer, Günter, John Henry Newman 1801-1890. Leben und Werk.

Mainz 1989.

 

Dessain         Dessain, Charles Stephen, Vida y pensamiento del Cardenal Newman.

                        San Pablo, Madrid 19982. 238 pp.

 

Nigg               Nigg, Walter, John Henry Newman. In: Ders. Prophetische Denker.

                        Zurich-Stuttgart 1957, 131-219.

 

NSt                 Internationale Cardinal-Newman-Studien- Hg. Biemer, G., und Fries, H.

Begründet von Fries, H. und Becker, W. Bände I-XIV. Nürnberg/Sigmaringendorf 1948-1990.

 

Blehl               Blehl,V. F., John Henry Newman. Eine kurze Biographie. Herausgegeben von der Internationalen Deutschen Newman Gesellschaft. Leutesdorf 1997. 

 

 

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[1] Cf. Biemer, 20.

[2] Newman, J. H., Das grösste Ärgernis. Ed. Reich 1954, 13. Citado en Nigg, 139.

[3] Cf. Biemer, 20.

[4] Esta misma característica es típica en San Felipe Neri y puede explicar muy bien el porqué Newman, mucho tiempo después, se decidirá por el oratorio como su comunidad dentro de la Iglesia católica.

[5] Frederick William Faber fue un sacerdote anglicano, el cual se convirtió a la iglesia católica en 1845. En 1846 fundó la “hermandad de la divina voluntad”, una comunidad que se integró al oratorio de Newman en 1848. Desde 1849 hasta su muerte fue prepósito del oratorio de Londres. Son muy conocidas sus vidas de santos y las canciones religiosas que compuso siguiendo la religiosidad popular italiana. 

[6] Cf. Dessain, 134.

[7] Cf. Blehl, V. F., John Henry Newman. Eine kurze Biographie. Herausgegeben von der Internationalen Deutschen Newman Gesellschaft. Leutesdorf 1997. 29.

[8] En español bajo el título Naturaleza y fin de la educación universitaria. Primera parte de “Idea de una universidad”, EPESA, Madrid 1946, 340.

[9] Cf. Dessain, 156ff.

[10] Citado en Nigg, 185.

[11] Biemer, G. Y Holmes, J. D., Vorwort. In: Ders. Leben als Ringen um die Wahrheit. Ein Newman Lesebuch. Mainz 1984, 9.

[12] Neuner, P., “Newmans Bedeutung für die Theologie heute”. In: MthZ 43 (1992) 391-408.

[13] Biemer, G., John Henry Newman 1801-1890. Mainz 1989, 77.

[14] Fries, H., “Newmans Bedeutung für die Theologie”. In: NSt I, 181-198.

[15] Neuner, P., “Newmans Bedetung für die Theologie heute”. In: MthZ 43 (1992) 402.

[16] Nemwan, J. H., Lectures on the Present Position og Catholics in England. Citado en Biemer, 93.