El plazo se ha cumplido
Sobre la
actualidad del pensamiento del Cardenal
John Henry
Newman sobre los laicos
P. Carlos Gutiérrez Lozano C.O.
|
Imprímase: |
| Congregación
del Oratorio de San Pablo Ciudad de México, 2001 |
“Ut de
omnium fidelium ore pendeamus,
quia in
omnem fidelium Spiritus Dei spirat”
(Paulino de Nola)
El contexto: The Rambler Affaire
Revisión del artículo y nueva
edición
Sentido de fe de los fieles: don
y tarea
El 21 de febrero se cumplen 200 años del nacimiento del insigne anglicano y después oratoriano y cardenal John Henry Newman. Su vida y obra representa uno de los puntos más altos del espíritu católico en el siglo XIX. Su producción teológica, expresada principalmente en sus sermones, diarios y cartas, ha tenido un influjo importantísimo en la teología católica del siglo XX y sin duda alguna lo seguirá teniendo en el futuro. Entre otros muchos temas de los cuales fue pionero se destacan la doctrina del desarrollo del dogma, la doctrina sobre la conciencia, el papel de la universidad católica en la sociedad secular y la significación de los laicos en la Iglesia. A este último punto dedicamos el presente estudio. Newman fue uno de los primeros teólogos que, como veremos, saca a relucir el papel fundamental de los laicos dentro de la Iglesia. En estos tiempos caracterizados como ‘democráticos’, la doctrina de Newman puede arrojar nuevas y esclarecedoras luces sobre una temática tan candente y actual. Nuestro estudio se basa fundamentalmente en un artículo escrito por Newman en 1859 titulado On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine.
La
revista católica The Rambler (el
divagador) fue llamada a la vida el 1 de enero de 1848 por un grupo de
convertidos a la iglesia católica romana (¡todos eran laicos!). Al principio
fue una publicación semanal sobre literatura, política, ciencia y arte. Debido
a la buena acogida en el público, la revista cambió a un formato mayor y
apareció mensualmente, hasta el 1 de febrero de 1859. El propósito de los
editores era crear un espacio, en el cual estuvieran en relación el dogma
cristiano y la libre discusión sobre temas actuales, sobre todo cuando estos
temas eran de mucho interés para todo el público católico. Con esta intención,
los editores se oponían directamente a los ultramontanistas, los cuales exigían
una estricta obediencia a Roma. Por este motivo pasaba frecuentemente que
artículos de la revista trataban de temas relacionados con temas eclesiásticos
y creaban grandes tensiones. En general “The
Rambler representó una fase del pensamiento de los convertidos al
catolicismo que estaba en oposición al ultramontanismo extremo de W. G. Ward y
Manning, y que eventualmente llevó a una fricción creciente con los líderes de
la recién establecida jerarquía inglesa”[1].
Figuras importantes en la dirección del Rambler durante este tiempo fueron Sir
John Acton y Richard Simpson.
Cuando Newman tomó la dirección de la revista, en Mayo de 1859, ésta aparecía bimestralmente, hasta mayo de 1862. Después cambió de nombre The Home and Foreign Review y aparecía cuatro veces al año. Finalmente, debido a los constantes conflictos con la jerarquía, fue suprimida en abril de 1864 por orden del cardenal Wiseman y del obispo Ullathorne.
Newman
simpatizó desde el principio con la revista, no solo porque varios de los
editores eran sus amigos, sino sobre todo porque compartía de corazón los
propósitos de la misma, a saber: la defensa pública de la voz de los católicos
y el fomento de la libre discusión de temas eclesiásticos. Por supuesto, Newman
no estaba de acuerdo en todo, pues era mas que manifiesto que los editores
tenían una actitud desafiante ante los obispos[2].
Finucane escribe: “(Newman) agregó que algunos detractores habían usado antes
la prensa pública como un arma contra la conducción del episcopado y pudieron
haber separado a los fieles de sus pastores en una cuestión que envolvía
libertad eclesiástica, prudencia episcopal y disciplina religiosa”[3].
El
conflicto concreto que motivó la intervención de Newman como mediador empezó en
1858. El parlamento inglés ordenó una investigación sobre la situación de la
escuela elemental, pero ningún católico estaba en la comisión investigadora.
Por esta razón, los obispos católicos se negaron a aceptar inspectores
anglicanos en las escuelas católicas. En 1859 apareció en el Rambler un artículo de N. S. Stokes, que
había sido inspector católico, en el cual expresaba una opinión, la cual
contrariaba directamente la de los obispos. Debido a esto, los obispos pensaron
en sancionar la revista. Pero luego pensaron que Newman se hiciera cargo de la
misma.
Así,
cuando Newman asumió la dirección de la revista por deseo expreso del cardenal
Wiseman y de su obispo Ullathorne, se encontraba entre dos frentes, ya que
“ante los obispos defendía el Rambler y pedía que se le concediesen
oportunidades. Ante los redactores defendía el punto de los obispos, pidiendo
que se tuvieran en cuenta las observaciones de la autoridad responsable”[4].
Newman
escribió un artículo en la edición de Mayo del Rambler sobre la
problemática surgida entre las escuelas elementales y su control estatal. Los
obispos aún no habían dado a conocer su posición oficial. Sin saber esto,
Newman escribió: “que sus señorías realmente desean conocer la opinión de los
laicos sobre temas en los cuales los laicos están especialmente concernidos. Si
en la preparación de una definición dogmática son consultados los laicos,
como recientemente en el caso de la Inmaculada Concepción, al menos es natural
anticipar tal acto de sentimiento y simpatía en grandes cuestiones prácticas”[5].
Esta
afirmación de Newman (en cursiva) causó gran escándalo en los teólogos y
obispos. De hecho, anterior a la publicación del artículo On Consulting the
Faithful in Matters of Doctrine se desató una exhaustiva controversia con
el teólogo John Gillow[6].
Contenido de la discusión fue el sentido de la palabra consult y el
principio dogmático de la infalibilidad. Newman informó a su obispo acerca de
la discusión suscitada, pero éste no compartió su opinión. El recuerdo de
Newman sobre este diálogo con el Obispo Ullathorne se ha hecho famoso: “él dijo
algo así como ¿qué son los laicos? Yo respondí (no estas palabras) que la
Iglesia parecería tonta sin ellos”[7].
Después de esto, los obispos Wiseman y Ullathorne pidieron a Newman que
renunciara a su cargo.
Él, como siempre, obedeció y renunció. Pero como estaba a la puerta la edición de Julio, se decidió a escribir un artículo para exponer claramente su pensamiento sobre el tema. El resultado fue el artículo On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine. Sobre esta decisión de Newman en una situación tan tensa, escribe Coulson: “La publicación de este ensayo fue un acto de suicidio político, del cual su carrera dentro de la Iglesia nunca llegó a recuperarse totalmente”[8]. De hecho las cosas se dieron así: Newman fue acusado de herejía y denunciado en Roma. Después del Rambler affaire no publicó absolutamente nada durante cinco años[9]. Apenas la controversia con Kingsley y la subsecuente publicación de la Apología cambió esta situación.
Este
artículo del Rambler es el único texto de Newman, en el que él trata de
manera exhaustiva el tema del sensus y consensus fidelium[11].
Hemos descrito ya que difícil era la situación en que Newman se atrevió a
escribir y que importante era para él la formación de los laicos y su papel en
la Iglesia y en la vida pública inglesa. Por ello adquiere cada una de las
afirmaciones un valor especial. Por tanto, considero que este artículo se leerá
mucho mejor a partir de una perspectiva dramática.
El
artículo se divide en una introducción y tres partes principales.
“Algunos
lectores, dotados de buena formación teológica y de un espíritu sincero y
recto, se han planteado un problema a propósito de los términos y del sentido
de un pasaje del Rambler de mayo” (82). Newman entiende, pues, su
artículo como una explicación acerca del uso verbal de unas palabras y del
sentido de una frase. Newman mismo cita el problemático pasaje: “En la
preparación de una definición dogmática, los fieles son consultados (consulted),
como lo han sido recientemente en el caso de la Inmaculada Concepción” (83).
Para Newman se trata de una explicación sobre el término consult y sobre
el sentido teológico de la frase citada.
Tal
explicación es ofrecida a aquellos que están dotados de formación teológica.
Newman piensa no solo, pero sobre todo en los obispos, quienes habían
reaccionado tan bruscamente al artículo pasado. Este hecho no deja de ser
importante, puesto que la revista tenía sus ojos puestos sobre todo en los
fieles católicos.
Que los laicos de hecho han sido consultados, eso está para Newman fuera de discusión: esto se muestra en el proceso de preparación a la definición de la Inmaculada Concepción de María. Pero él quiere aprovechar la oportunidad para aclarar dos cuestiones al respecto: primera “¿puede decirse en sana doctrina que entre los preliminares de la definición de un dogma se cuenta un llamamiento a la opinión de los fieles?” (83), esto es la pregunta por el sentido teológico de la frase citada; y segunda: “¿es exacto decir que son consultados (consulted)?” (83), o sea, la pregunta por el término utilizado.
Newman
hace constar que el término técnico (latino) de la palabra consult no es
adecuado para hacer de él un preliminar de una decisión dogmática. Pero el
sentido popular –es este caso en inglés- si que lo permite, pues “es una
palabra que expresa claramente la confianza y el respeto, pero no la sumisión”
(83). Newman tiene en mente un concepto profundamente eclesiológico y no uno
puramente jurídico. No se trata de relaciones de sumisión, sino de una muy
importante forma de reconocimiento en la Iglesia.
Esto
significa que la palabra consult contiene una relación positiva entre
aquel que consulta y aquel que es consultado. Para Newman es más que evidente,
que el sentido popular de esta palabra de ninguna manera puede significar un
sometimiento de la Ecclesia docens a los fieles. Y esto porque el
contenido de la frase ‘consultar a los laicos’ es tanto la sensibilidad de los
fieles con respecto a una cierta cosa como el juicio sobre ella. “Es indudable
que no se les pide ni su consejo, ni su opinión ni su juicio sobre la
definición, pero el hecho que constituye su creencia es realmente considerado,
como testimonio de esa tradición apostólica que es el único fundamento posible
de toda doctrina, cualquiera que sea” (84). Por tanto, el sentido popular de la
palabra consult se ubica en primer lugar al nivel de la sensibilidad de
los fieles en las cuestiones de la doctrina. Esta sensibilidad la entiende
Newman como un testimonio de la tradición apostólica vivida por los laicos en
la historia. Por ello esta sensibilidad debe tenerse siempre en cuenta, cuando
la cuestión llegue a ser una definición solemne.
Ahora
bien, consultar a los fieles laicos no es algo que la Ecclesia docens
decida a voluntad. El sensus fidelium es una instancia “que es natural y
necesario que la Iglesia considere y consulte, antes de emprender una
definición cualquiera, a causa de su fuerza intrínseca; y que, por
consiguiente, tal sensus ha sido considerado y consultado en este
sentido” (84-85)[12].
Así
las cosas, la palabra consult puede ser también utilizada en sentido
técnico: “Cuando los obispos consultan y siguen la tradición recibida en los
pueblos no por ello los toman por maestros y guías” (85)[13].
Por lo
demás, Newman es consciente que el sentido teológico de la palabra es entendido
solamente por los teólogos. Pero para los laicos no tiene importancia el uso
teológico del término, sino el hecho en cuanto tal, a saber, que su fe no es
irrelevante para las definiciones dogmáticas.
Cuando
surgen problemas en el uso de una palabra determinada es debido, sobre todo, a
que las cuestiones teológicas son tratadas y discutidas normalmente en latín y
no en la lengua materna. Pues es evidente, que las palabras prestadas de otro
idioma adquieren o pueden adquirir en el nuevo lenguaje un sentido distinto. De
este hecho, Newman concluye: “Por eso, quien lee inglés debe tener presente que
no lee latín y los doctos teólogos deben mostrarse caritativos cuando
interpretan la enseñanza religiosa dada en lengua vulgar” (87)[14].
Newman no niega la estricta exactitud en la discusión de temas teológicos, pero
se debe ser consciente que tales temas formulados de esa manera no pueden ser
entendidos por los fieles laicos.
Después de todo, hablar de ‘consultar a los laicos’ en sentido popular no es algo prohibido o inadecuado, sobre todo cuando el escritor se dirige en primer lugar a los laicos formados en la fe.
Después
de que Newman ha aclarado la cuestión del sentido de la palabra consult
pasa a la cuestión de contenido, la más importante para él. Que los laicos son
consultados, es sencillamente un hecho. Pero Newman pregunta por el fundamento
teológico para justificar esta consulta. Su respuesta: “porque el cuerpo de los
fieles es uno de los testigos de la tradición de la doctrina revelada y porque
su consensus a través de la cristiandad es la voz de la Iglesia infalible”
(94). Cuando Newman habla de infalibilidad de la Iglesia, piensa en la fiel
conservación y transmisión de la tradición apostólica. Por ello se atreve a
recordar algo que en aquel entonces (y aún hoy) parece no ser tan evidente:
“que la tradición de los Apóstoles, confiada a los miembros y a los diferentes
organismos de la Iglesia entera per modus unius, se manifiesta de forma
diferente en las diferentes épocas: por boca de los obispos, por los doctores,
el pueblo, la liturgia, los ritos, las ceremonias y las costumbres, los
acontecimientos, las disputas, los movimientos, y todos los otros fenómenos que
encierra el término ‘historia’” (94).
Para
Newman es claro, que la conservación de la tradición, la perseverancia en las
verdades reveladas y definiciones dogmáticas no es cosa exclusiva de los
obispos; y esto no de facto, sino de iure, ya que Dios ha
confiado la tradición a la Iglesia entera. Cada ministerio y cada órgano en la
Iglesia deben contribuir a la conservación de la tradición, y por ello no debe
ser pasado por alto ninguno. Esto no quiere decir que todos los ministerios en
la Iglesia sean iguales ni que tengan las mismas tareas o funciones[15].
Hay diversos carismas y cada ministerio trabaja con el carisma recibido. Está
fuera de discusión, por ejemplo, “que el privilegio de discernir, distinguir,
definir, promulgar y aplicar una porción cualquiera de esta tradición
pertenezca únicamente a la Ecclesia docens” (94-95).
Así
pues, Newman recuerda, en un tiempo de total concentración en torno al magisterio
como la única instancia responsable de la tradición, que existen muchos canales
de la tradición y que cada teólogo tiene el derecho de preferir el uno o el
otro, sin descuidar los otros. Es en este momento cuando él reconoce
abiertamente su predilección por el consensus fidelium y explica las
distintas etapas que lo llevaron a ello.
Primera
etapa: “Desde hacía largo tiempo estaba yo intrigado por el hecho de que
algunas partes del dogma de la Iglesia no se encuentran en los autores
eclesiásticos” (95). Por medios de las pláticas con el teólogo romano Giovanni
Perrone descubrió que el sensus y consensus fidelium pueden ser
vistos como el factor equilibrante, cuando no hay testimonios escritos de
partes de la doctrina cristiana (Cf. 95).
Segunda
etapa: poco después apareció un libro de Perrone sobre la Inmaculada Concepción
de Maria, cuyo contenido es analizado cuidadosamente por Newman. 1) Perrone
habla del sensus ecclesiae como un hecho, pero luego diferencia entre el
sensus fidelium y los pastores como fuentes enfrentadas u opuestas: “los
‘pastores’ no están, según él (Perrone), comprendidos en los fieles” (97). 2)
Los signos de este sensus fidelium se encuentran primeramente en la
liturgia, donde Perrone constata la unanimidad (consensus) de los fieles
y los pastores. 3) Pero en cuanto que
estos signos son instrumentos de la tradición, se vislumbra una acción
recíproca de ambas fuentes en cuestiones de doctrina, “hasta el punto de que la
fuerza de los unos compensa en algún caso particular la deficiencia de otro, y
la fuerza del sensus communis fidelium puede compensar, por ejemplo, el
silencio de los padres” (97). 4) El sensus fidelium es, por tanto, una
instancia que es distinta de los pastores, pero no está separada de ellos, y
que debe ser siempre tenida en cuenta para una definición dogmática, como han
afirmado algunos teólogos[16].
Una vez más, Newman matiza: “no porque yo las interprete como significando
estrictamente que la infalibilidad está en el consensus fidelium, sino
por el simple hecho de afirmar que este consensus es un indicium
o instrumentum para conocer el juicio de la Iglesia que es infalible”
(99)[17].
Perrone expresa puntualmente la reciprocidad entre fieles y pastores al
reproducir el pensamiento de Paulino de Nola: “que estemos pendientes de la
boca de todos los fieles, porque el Espíritu Santo inspira a todo fiel” (99).
Así, el sentido de fe debe ser visto como un sello de autenticidad de la
doctrina definida. 5) Además, la historia ofrece muchos ejemplos, en los cuales
puede verse cómo el sentido de fe de los fieles y el magisterio fueron
respectivamente decisivos para la definición de un dogma. Pues magisterio y
sentido de fe se apoyan mutuamente: “Establecido esto, habla Perrone de los
diferentes puntos doctrinales, determinados y definidos por el magisterio de la
Iglesia y, por lo que se refiere a la tradición, apoyándose principal si no
únicamente en el consensus fidelium” (100-101). El ejemplo clásico de
esto lo presenta el dogma de la ‘visión beatífica’, donde el sentido de fe
permaneció fiel a esta doctrina, mientras que las opiniones de los obispos,
padres de la Iglesia y teólogos se separaban.
Tercera
etapa: la encíclica del Papa Pio IX, en la cual los obispos fueron llamados a
informarse sobre la sensibilidad religiosa de los fieles en relación con la
Inmaculada Concepción de María, es otro ejemplo más de que “entre otras medidas
preliminares, se asegurasen los obispos particularmente del sentimiento de los
fieles con relación a la doctrina y a su definición,...” (103).
Cuarta
etapa: finalmente, en 1854 el dogma fue definido solemnemente por medio de una
encíclica. En ella el Papa tomó nuevamente el parecer de los fieles, aún cuando
sabía de antemano la opinión de los obispos. El resumen del proceso en general
es muy claro para Newman, a saber: “Conspiratio: los dos, la Iglesia
docente y la Iglesia discente, unidas como en un doble testimonio, inseparables
el uno del otro y que se esclarecen mutuamente” (104).
Quinta
etapa: El obispo de Birmingham escribió en su obra sobre el dogma de la
Inmaculada, que el sentido de fe es una especie de reflejo de lo que la Iglesia
ha definido. Newman agrega: “Reflejo quiere decir que el pueblo es un espejo en
el que se ven los obispos. Ahora bien, yo supongo que un hombre puede consultar
el espejo y saber así cosas sobre sí mismo que no puede aprender de ninguna
otra manera” (104).
Con
esto habría podido terminar el artículo, Pero Newman quiere tratar más de cerca
aquello que, según él, Perrone no expuso con suficiente amplitud, a saber, que
el sentido de fe de los fieles fue decisivo en algunos casos del desarrollo de
la doctrina. Aquí empieza la creativa contribución de Newman al sensus fidelium.
Tercera
parte
Newman
empieza la tercera parte de su artículo con un recuento de las diversas
concepciones sobre el sentido de fe: 1) Como Testimonio del hecho de la
doctrina apostólica, como lo dicho hasta ahora ha dejado claro. 2) Como una
especie de instinto o phronema, situado en lo profundo del cuerpo
místico de Cristo, como lo presenta Moler en su obra Simbólica. 3) Como
una especie de guía del Espíritu Santo. 4) Como una respuesta a las oraciones
de los fieles. 5) Como un sentimiento de celo contra el error, el cual es
sentido inmediatamente como un escándalo. En esta última definición se cita él
mismo: “Someted unos principios heréticos o católicos a la acción de la
muchedumbre y podréis decir inmediatamente si está penetrada de verdad católica
o imbuida de error herético” (108). Esta última definición es considerada por
muchos como el pensamiento propio de Newman. Así, por ejemplo, Finucane: “Esta
visión teológica del ‘instinto’ por la verdad, que opera en los fieles sirve
como soporte a la visión de Newman de cómo la comprensión eclesial crece y expresa más profundamente
la comprensión en la verdad de la doctrina. Owen Chadwick ha descrito como
Newman vio tres ‘órganos de expresión’ en la Iglesia. El Papa y los obispos,
especialmente juntos en concilio, tienen la responsabilidad ‘de declarar y
expresar la mente de la Iglesia’. Los teólogos tienen la tarea de discernir el
significado de la doctrina y de determinar el efecto de los nuevos desarrollos
científicos y filosóficos sobre el pensamiento y lenguaje teológico. El rol de
la gente es ser el descanso de aquel profundo entendimiento, difícilmente
expresado en palabras, que es la inmediata aprehensión de la Iglesia del camino
cristiano de vida”[18].
La historia del arrianismo es para Newman el ejemplo más claro de esta
concepción del sentido de fe, razón por la cual describe aquella de manera
exhaustiva.
Para
dejar en claro la importancia y la seriedad del asunto, Newman indica las
situaciones históricas que rodeaban la pelea arriana del siglo IV: ésta tuvo
lugar en el tiempo de los grandes Padres de la Iglesia y al principio de la
historia de la iglesia docente (antes, el tiempo de los mártires); la doctrina
en juego era extremadamente importante: la divinidad de Jesucristo; el pleito
duró alrededor de 60 años y trajo consigo persecuciones y la muerte para muchos
fieles. Enseguida Newman matiza el peso de sus afirmaciones en cuanto reconoce
que muchos obispos y sacerdotes se mantuvieron firmes en su obrar y enseñaron a
los fieles la fe verdadera. Y sin embargo, la afirmación de Newman permanece
intacta: “sólo quiero decir que en esa época de gran confusión, el dogma divino
de la divinidad de Nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido y
(humanamente hablando) preservado, gracias, mucho más a la Ecclesia docta
que a la Ecclesia docens” (109)[19].
Esto significa para Newman, que el sentido de fe de los fieles es una instancia
verdaderamente necesaria para conocer la verdadera y fiel tradición apostólica,
como será puesto de manifiesto en lo siguiente.
Newman
sostiene, en general, “que hubo una interrupción temporal de las funciones de
la Ecclesia docens” (111)[20].
Enseguida introduce muchas pequeñas y precisas noticias para reforzar su
afirmación (Cf. 111-120). Los principales rasgos de estas noticias son: casi
sesenta años (del 325 al 381) discutieron los obispos en concilios de toda
clase sobre la recepción o condenación de la palabra consubstantialis.
Fue un tiempo lleno de condenaciones y exilios para los creyentes (Atanasio,
Hilario) y lleno de intriga por parte de los arrianos. Muchos Padres de la
Iglesia escriben cómo se extendió el arrianismo y cómo muchos obispos
(¡incluido el Papa!) se dejaron, en parte, seducir.
Por el
contrario, durante este tiempo los laicos conservaron la tradición fiel y
valientemente. Pero tuvieron que padecer persecución, tortura, encarcelamiento,
exilio, explotación y muerte (Cf. 120-133)[21].
Newman
brinda muchos ejemplos sobre la fidelidad y perseverancia de los fieles laicos
para hacer entendible su admiración y sorpresa de que, si bien el consensus
fidelium es considerado como importante, nunca ha sido integrado en los loci
theologici, ni por Perrone mismo, con quien Newman en muchos puntos
coincide totalmente. Newman escribe: “La cosa es tanto más notable cuanto que,
cuando habla (Perrone) de las Actas de los mártires, y para explicar la fuerza
de su testimonio, da una razón que es igualmente válida para los fieles en
general, a saber, que por no ser teólogos sólo pueden repetir en forma objetiva
las verdades que los teólogos por su parte no pueden presentar más que
subjetivamente, y, por consiguiente, coloreadas por los caracteres singulares
de su espíritu” (134-135). Newman ve actitud crítica la razón por la cual los
laicos han perdido tanto significado y valor teológico: la Iglesia ha dejado la
conservación de la fe solo a los pastores. Pero esto representa una peligrosa
estrechez, pues, “cada una de las partes que constituyen la Iglesia tiene su
función propia y ninguna puede ser olvidada sin perjuicio para ella. Aunque los
laicos no sean más que el reflejo o el eco del clero en materia de fe, algo
hay, sin embargo, en la ‘pastorum et fidelium conspiratio’ que no se encuentra
en los pastores solos” (136).
Para
terminar Newman regresa al dogma de la Inmaculada Concepción. El proceso de
decisión en vistas a la definición muestra con claridad como los laicos han
sido tomados en cuenta. Por ello deben serlo siempre, sobre todo cuando se
trate de cuestiones relativas a los sacramentos y la piedad. Newman termina sus
pensamientos con una, ciertamente irónica, pero desafiante frase: “Estoy
persuadido de que la Ecclesia docens es más feliz cuando se ve rodeada
como en Efeso de fieles entusiastas, que cuando aparta a los fieles del estudio
de sus divinas doctrinas y de la participación de su contemplación divina, y
exige de ellos una fides implícita en su palabra, que acarrea
infaliblemente la indiferencia entre las clases instruidas y, en las clases más
pobres, la superstición (139).
Newman
no volvió a editar jamás el artículo en su totalidad. En lugar de ello,
corrigió algunos puntos y lo integró como apéndice en la tercera edición (1871)
de su obra The Arians of the fourth Century[22].
Las correcciones o precisiones hechas son de gran importancia para nuestro
tema. La primera permite ver claramente, lo que Newman entiende por laico:
“hablando de los laicos, hablo inclusivamente de los ‘párrocos’ (por llamarlos
así, al menos en muchos lugares”[23].
Roman Siebenrock acentúa fuertemente este hecho: “No debe ser pasado por alto, que Newman no contrapone el
concepto de ‘laico’ con el del ‘ordo’, puesto que el consensus fidelium,
por él elevado, eran las comunidades (con sus sacerdotes!)[24].
Una segunda aclaración importante compete a la relación entre afirmaciones
históricas y dogmáticas, en este caso sobre el papel de los laicos. Para la
mayoría de sus acusadores, estos dos campos estaban estrictamente separados el
uno del otro. Newman reconoce que él ha redactado su artículo con una visión
histórica y no dogmática[25].
Pero para él no existe la dogmática abstracta y sin historia, sino solamente la
fe concretamente realizada en el espacio y el tiempo, sobre la cual reflexiona
la teología. Sobre esto escribe Siebenrock: “Para él se trata en este escrito,
junto a su actitud fundamental de dar la cara por los laicos en la Iglesia, de
tomar la medida de la normativa realización vital de la Iglesia”[26].
En
relación con la cuestión por el sujeto de la infalibilidad, Newman sostiene que
ésta está confiada a la Iglesia entera en cuanto tal. Pero del mismo modo
subraya con fuerza el papel que corresponde al magisterio. Cuando él habló de
la ‘suspensión’ temporal de sus funciones fue en el sentido que la gracia de Dios
prometida no actúa con independencia de la libertad humana, y por eso puede
pasar alguna vez que el sujeto de esta promesa no capte completamente sus
funciones. La profunda convicción de Newman sobre este punto se deja entrever
en el hecho de que expresó y defendió este pensamiento aún después de la
definición de la infalibilidad del Papa en el año 1870.
Parece
que una consideración sistemática del sentido de fe de los fieles, basada
únicamente en el artículo de Newman, es una empresa condenada al fracaso, sobre
todo porque la mayor parte del artículo descansa sobre contenidos históricos,
que hoy en día parecen superados[28].
De ahí
que sea necesario un marco mayor de referencia para poder entender las
afirmaciones de Newman. Jean Guitton ofrece en su obra sobre el artículo
newmaniano un marco hermenéutico para ordenar y entender correctamente el
pensamiento de Newman: Guitton escribe: “Newman, que asoció siempre los
estudios sobre el pasado a una participación activa en las luchas del tiempo
presente, percibía la duración bajo una forma simbólica. Veía en las personas y
los acontecimientos más allá de lo que estas personas y estos acontecimientos
eran en sí mismos; en ellos discernía tipos. Por eso, para entender su
pensamiento y su acción, hay que recurrir a un método tipológico; es necesario ver, detrás de los seres
singulares, las actitudes eternas que esos seres encarnaban a los ojos de
Newman en la duración cambiante ”[29].
Visto
así, puede afirmarse: no cambia nada que los datos sobre los concilios sean
falsos o no coincidan, o que los que eran tenidos por Arrianos no eran tales
sino origenistas, etc. Lo que importa a Newman son las actitudes tipológicas, y
éstas si que son históricamente demostrables, por ejemplo, que la mayoría de
los Obispos no ejercieron su autoridad ordinaria de enseñar ni la
extraordinaria[30].
Además, para Newman es claro,
que el significado teológico de los laicos en la Iglesia no está condicionada
históricamente, sino que descansa sobre cimiento de los elementos esenciales de
la Iglesia. Por ello Newman considera el sentido de fe de los fieles es una
instancia “que es natural y necesario que la Iglesia considere y consulte,
antes de emprender una definición cualquiera, a causa de su fuerza intrínseca;
y que, por consiguiente, tal sensus ha sido considerado y consultado en
este sentido”[31].
Por ello no es exagerado
cuando Finucane escribe sobre la valoración que Coulson hace del Artículo del Rambler:
“Coulson ve el significado del artículo del Rambler de Newman en el
hecho de sacar la cuestión de ‘consultar’ a los laicos del ‘campo político y
disciplinar’ y hacerlo un tema teológico. Coulson afirma que debido a la obra
de Newman el tema llegó a ser ‘un argumento sobre el lugar de los laicos en el
mismo corazón, mente y estructura de la Iglesia”[32].
Ya que el sentido de fe tiene
que valer como un hecho (cosa que Newman no se cansa de repetir en su artículo),
se presentan dos cuestiones importantes: ¿Cómo debe ordenarse el sentido de fe
dentro del conjunto de las estructuras eclesiales? y ¿cuál es el contenido
propio del mismo? Considero, siguiendo las inspiraciones mostradas por Newman,
que la primera pregunta encuentra una respuesta más adecuada si la consideramos
dentro de la problemática de los loci theologici; y la segunda se
responde mejor si la ponemos dentro del marco dramático del testimonio de fe de
los laicos en la historia.
El sentido de fe de los
fieles laicos como locus theologicus
Parece ser que lo único de
Newman ha hecho es adornar con diferentes ejemplos históricos el contenido de
la opinión del teólogo romano Giovanni Perrone. Newman vio claramente que tal
impresión podría darse; por ello escribe: “El oyente se ve sorprendido al
principio y luego, decepcionado; al final se pregunta: ¿no es más que eso?”[33].
¡Por supuesto que no! Apenas ahora llegamos al pensamiento propio de Newman,
que se aparta con mucho del de Perrone. Éste ha atribuido un gran valor al
sentido de fe, pero no lo integró consecuentemente en su sistema. Newman
escribe: “Pues bien, me parece digno de ser notado que aunque el P. Perrone sea
muy explícito en 1847 en cuanto al punto de doctrina que acabo de exponer, sin embargo,
en 1842, fecha de mi ejemplar de las Praelectiones, no ha incluido
distintamente el consensus fidelium en sus loci theologici, por
más que en ellas haya reservado un lugar a los heretici. Entre los Media
traditionis cita el magisterium dela Iglesia, las actas de los
mártires, la liturgia, los usos y los ritos del culto, los Padres, los herejes,
la historia de la Iglesia; ni una palabra, en cambio, directa y expresamente,
sobre el sensus fidelium”[34].
De aquí que a Newman le interese considerar el sentido de fe de los fieles
expresamente como un locus theologicus.
Para Melchor Cano, el primer
teólogo que ha presentado sistemáticamente los loci theologici[35],
éstos son “Campos de documentación y instancias testimoniales como la sagrada
escritura, la Iglesia o los concilios, que son considerados como lugares
(domicilia) de los argumentos teológicos”[36].
Enseguida Cano enumera estos loci y hace las diferenciaciones
correspondientes en relación con la autoridad que es atribuida a cada uno de
ellos: Las fuentes propias y constitutivas son 1) Sagrada Escritura 2)
Tradición o transmisión apostólica oral; fuentes propias e interpretativas son
3) Iglesia 4) Concilios 5) Iglesia romana 6) Padres de la Iglesia 7) Teólogos;
fuentes no teológicas, ajenas son 8) razón humana 9) filósofos y 10) historia.
Los loci son, por tanto
– en cuanto Instancias testimoniales- lugares, fuentes, instrumentos, de los
cuales debe valerse la iglesia católica cuando quiere comprobar o definir
solemnemente una doctrina. Newman se une a esta visión cuando afirma el sentido
de fe “como testimonio de esa tradición apostólica que es el único fundamento
posible de toda doctrina, cualquiera que sea” (84). Newman continúa
consecuentemente esta tradición cuando escribe que “el cuerpo de los fieles es
uno de los testigos de la tradición de la doctrina revelada y porque su consensus
a través de la cristiandad es la voz de la Iglesia infalible” (94).
Ahora bien, ¿dónde están los
fieles y su sentido de fe en los loci de Melchor Cano? Se puede suponer
que están pensados implícitamente en el locus ‘Iglesia católica’, pues a
la concordancia de la iglesia entera (léase Papa, obispos, teólogos, pueblo de
Dios) le corresponde una autoridad especial. Pero Newman mostró en la tercera
parte de su artículo que el sentido de fe es una instancia testimonial propia
que debe tenerse en cuenta exactamente igual que las demás. “Cada una de las
partes que constituyen la Iglesia tiene su función propia y ninguna puede ser
olvidada sin perjuicio para ella. Aunque los laicos no sean más que el reflejo
o el eco del clero en materia de fe, algo hay, sin embargo, en la ‘pastorum et
fidelium conspiratio’ que no se encuentra en los pastores solos” (136). Que
Melchor Cano no haya dado un lugar propio al sentido de fe, es tan más sorprendente
cuanto que él mismo escribe: “Te pregunto, cuando discutimos de materias
tocantes a la fe cristiana, no de asuntos de filosofía, si nos hemos de
preguntar que dicen los filósofos y los paganos, o, más bien, el sentir de los
hombres cristianos, instruidos por la fe y la doctrina” (98).
Nótese bien que Newman no
supone ni promueve la separación entre Iglesia docente y discente, pero si
subraya la diversidad de las tareas en la única Iglesia, que deben
complementarse unas a otras.
El Drama del testimonio de fe
en la historia de vida de los laicos: Dogma en el testimonio de los mártires
Newman reunió
numerosas noticias históricas sobre el testimonio de los laicos en cuestión de
doctrina como prueba que el sentido de fe de los fieles es un instrumento
necesario para en nacimiento de la tradición y por ello también para su
conservación y fiel transmisión. Una cosa es común a todos los testimonios: Los
laicos tuvieron que poner su vida en peligro por la verdad de la cual dieron
testimonio; y esto en todos los lugares de la cristiandad primitiva. Para poder
entender la trascendencia de este testimonio, es necesario citar una profunda
convicción de Newman, a saber: “nadie es mártir por una conclusión, nadie es
mártir por una opinión, es la fe la que hace los mártires”[37].
Algunos de
estos testimonios muestran claramente las diferentes concepciones del sentido
de fe. Por ejemplo:
1) Como testimonio de la doctrina apostólica: “Antonio abandonó la soledad del
desierto para recorrer todos los barrios de la ciudad (Alejandría) advirtiendo
a sus habitantes que los arrianos estaban contra la verdad y que sólo Atanasio
predicaba las doctrinas de los Apóstoles” (122)
“Ni en Roma
ni en ninguna otra Iglesia de Occidente se produjo escisión alguna en la
doctrina; todos los fieles reconocían la forma de fe establecida por Nicea”
(130)
2) Como una especie de guía del Espíritu Santo: “Pero Flaviano y Diodoro, que habían
abrazado la vida ascética y sostenían los dogmas apostólicos, se opusieron
abiertamente a las maquinaciones de Leoncio contra la verdadera doctrina...
Aunque eran laicos, pues no estaban aún ordenados, inflamaban noche y día el
celo religioso de todo el pueblo... También reunían a los fieles piadosos en
torno a las tumbas de los mártires y pasaban junto a ellas noches enteras
cantando himno a Dios” (123-124)
3) Como una respuesta a las oraciones de los fieles: “ Las gentes piadosas se callan,
mientras todas las lenguas blasfemas están desatadas. Las cosas sagradas son
profanadas: Los laicos cuya fe es sana evitan los lugares de culto como
escuelas de impiedad, y elevan en su soledad sus manos hacia el Señor del cielo
con gemidos y lágrimas” (128).
4) Como un sentimiento de celo frente al error: “Si las doctrinas heréticas (de
Apolinar y Eunomio) no han prevalecido finalmente, hay que atribuirlo sobre
todo al celo de los monjes de este período; porque todos los monjes de Siria,
Capadocia y las provincias vecinas profesaban sinceramente la fe de Nicea. A
estos herejes les aguardaba la misma suerte que a los arrianos; en efecto,
cuando el pueblo se dio cuenta de que sus opiniones eran vistas con
desconfianza por los monjes, toda su reprobación y su odio recayó sobre ellos”
(122-123).
Este sentido
de fe de los fieles tuvo que dar siempre testimonio de la doctrina apostólica
por medio del sufrimiento y de la muerte. Solo un par de ejemplos: “Ellos (los
obispos arrianos) han atacado espada en mano a las vírgenes consagradas y a los
religiosos; han apaleado a esos hombres y mujeres... hasta el punto de mutilar
sus pies a fuerza de golpes... unos fueron asesinados, otros pisoteados, otros
apaleados y encarcelados o desterrados... a otros les quitaron sus medios de
vida para obligarles a adherirse a los arrianos y a recibir a Gregorio (el
obispo arriano) enviado por el emperador” (120-121).
“Habiendo
promulgado el emperador Valente un edicto que mandaba expulsar de Alejandría y
de todo Egipto a los ortodoxos, se produjo inmediatamente una baja en la
población y la consiguiente ruina en proporciones inmensas; unos fueron
llevados ante los tribunales, otros encarcelados y otros torturados de
diferentes maneras. Se infligieron toda suerte de castigos a gentes que no
buscaban otra cosa que la paz y la tranquilidad” (121-122).
A pesar de
todo el sufrimiento y dolor, los cristianos jamás respondieron con violencia,
antes bien se solidarizaron con otras víctimas de la persecución: “En este
tiempo se produjo una casi completa unión entre la Iglesia católica y la
Iglesia de Novaciano, ya que ambas tenían la misma fe en la divinidad de Cristo
y ambas estaban expuestas a la misma persecución. Se reunían los miembros de
ambas Iglesias y rezaban juntos. Los católicos no poseían entonces lugares de
oración, pues los arrianos se los habían arrancado todos”[38].
Por supuesto
que todas estas acciones (y pasiones) de los laicos son la expresión radical
del ser testigo del dogma cristiano, vivido en la vida diaria a través de la
liturgia, la diaconía y la koinonía.
Con Günter
Biemer podemos presentar el proceso completo de la siguiente manera: 1) conocer
la verdad, esto es, en aquel entonces la introducción catequética y mistagógica
en la vida cristiana. 2) realizar la verdad en tanto que es, por un lado,
celebrada en los sacramentos y la oración y, por otra parte, vivida en la
solidaridad y en el compartir de hermanos. 3) “Desde el amor realizado, vivido
y en confrontación con la sabiduría celestial y mundana el cristiano llega al
sufrimiento. El sufrimiento es un ulterior momento esencial del testimonio en
la concepción de Newman. Quien quiera ser un testigo fiel, debe estar lista
para sufrir por la verdad. Esta disponibilidad para el sufrimiento por causa de
la verdad puede incluso llegar hasta el martirio definitivo... El sufrimiento
es, pues, importante, porque realiza, en el momento dado, la disposición del
corazón hasta la última consecuencia”[39].
Así pues, el
gran mérito de Newman consiste en haber dado a esta fe vivida y realizada (realised)
como totalidad, es decir, como sentido de fe de los fieles laicos un lugar como
canal, fuente de conocimiento, instrumento, locus
theologicus en la
conservación y transmisión de la fe en la Iglesia. Por ello debe ser siempre
tenido en cuenta por el magisterio y la teología y debe (en el sentido
expresado por Newman) ser consultado (consulted).
Seguramente
Newman hubiera asentido la descripción del sentido de fe del pueblo de Dios,
que el Concilio Vaticano II presentó en la constitución dogmática sobre la
Iglesia: El pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo,
difundiendo su vivo testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad,
ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, el fruto de los labios que
bendicen su nombre (Heb 13,15). La universalidad de los fieles que tiene la
unción del Santo (1 Jn 2, 20 y 27) no puede fallar en su creencia, y ejerce
ésta su peculiar propiedad mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el
pueblo, cuando ‘desde el obispo hasta los últimos fieles seglares’ manifiesta
el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres. Con este sentido
de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios bajo la
dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra
de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios (1 Tes 2, 13); se adhiere
indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (Jds 3);
penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica mas íntegramente en la
vida (LG 12).
Esta
descripción del sentido de fe –más bien ideal- coincide totalmente con los
ejemplos dados por Newman de la lucha arriana. ¿Pero como aparecía el sentido
de fe del pueblo de Dios en los tiempos de Newman y como aparece hoy? Existe
una diferencia fundamental entre los primeros siglos de la Iglesia y nuestro
tiempo: “hay dos características del laicado durante el período de Nicea,...
que son particularmente importantes para una comprensión del pensamiento de
Newman: 1. Estaban bien catequizados y 2. eran fieles a sus promesas
bautismales”[40]. Se debe
reconocer con humildad, que estas características no están ya del todo
presentes en nuestros días. Este hecho pone de manifiesto que el sentido de fe
no es solo un don del Espíritu Santo, dado de una vez para siempre, sino
también una tarea y compromiso de la Iglesia. Newman, con su característico y
profundo sentido de la realidad, reconoció esto exactamente. Por ello, para él
estaba indisolublemente unido el sentido de fe con la formación de los laicos.
Este motivo jugó un papel determinante en su decisión por el Oratorio de San
Felipe Neri como el lugar de realización de su fe dentro de la Iglesia
católica. Pues “el oratorio mismo es una comunidad de sacerdotes para servir a
los laicos, según el ejemplo del mismo San Felipe Neri”[41].
Tampoco es ocasional que haya escogido el barrio pobre de Birmingham como
asentamiento del Oratorio inglés.
Newman
no solo pensó en grandes proyectos para la formación de los laicos, como la
universidad en Irlanda o las revistas. Para él era completamente claro, que la
formación de los laicos era una prioridad absoluta en la predicación de la
palabra. El mismo trabajó consecuentemente en esta dirección: “Sus notas en el
archivo del Oratorio de Birmingham revelan que planeaba sus sermones
esquemáticamente como un curso de instrucción cristiana. Un estudio de ellos
revelaría que él piensa que la congregación de fieles llegue a estar ‘bien
catequizada’ y sea ‘fiel a sus promesas bautismales’”[42].
¿No es esta actitud de Newman un ejemplo luminoso y desafiante para todos los
clérigos, que tiene la responsabilidad de las comunidades cristianas?
Pero
es necesario anotar, que el proceso de formación de los laicos no puede menos
que estar lleno de tensiones. Newman tuvo la capacidad de desarrollar un fino
sentido del tiempo, ya que sabía perfectamente que los laicos muy difícilmente
aceptan grandes cambios, sobre en las cuestiones de piedad. Este fue uno de los
puntos contra la línea radical de los editores del Rambler, antes que él
tomara la dirección: “... reprochaba a los redactores del Rambler el
carecer de sentido del tiempo, porque ‘la novedad es frecuentemente un error en
los espíritus que no están preparados para recibirla’”[43].
Hay,
por tanto, un juego conjunto, que podríamos llamar dramático, entre los
clérigos y las comunidades. Los primeros deben de tomar referencia de la vida y
testimonio de los laicos y al mismo tiempo ayudar siempre, con amor y
formación, a esta vida y testimonio, completándolos, profundizándolos o,
incluso, corrigiéndolos. En esta tarea no están excluidos conflictos, fracasos
o decepciones de ambas partes. Newman escribe: “He visto muchos fallos entre
los católicos, sobre todo en las cosas de la educación; por supuesto los que
trabajaban en medio de estos fallos ignoraban su situación (no se daban ni
cuenta de las carencias que tenían) y la manera de arreglar esos fallos, y no
sentían el menor agradecimiento ni la menor consideración hacia una persona que
estaba intentando arreglar esos fallos sino que les parecía un enredador, un
chiflado que hace todo lo que no hay que hacer”[44].
Pero
no solo los clérigos, sino también la teología (mejor, los teólogos) y el
magisterio deben tener en cuenta la ‘autoridad’ de la fe vivida y realizada de
los laicos como un instrumento necesario para la realización de la teología o
bien para la definición de doctrinas de fe o de costumbres. Newman habla del
papel pastoral de los teólogos y de su responsabilidad ante los miembros menos
formados de la Iglesia: “En determinados casos, cuando no se trata de asuntos
que obliguen creer, puede haber un deber de silencio. Queremos suponer que una
nueva visión sobre la sagrada escritura y su contenido está bien
fundamentada... Aquí es la predicación de la nueva visión, abstractamente
visto, permitida, pero en la práctica no siempre... por tanto, aunque su
publicación no contiene ninguna falta contra la fe, puede ser una falta contra
la caridad... El pueblo de Dios tiene en estas cosas un derecho, que la crítica
y la historia no tiene, a nuestra sensibilidad”[45].
El
magisterio debe igualmente considerar el sentido de fe del pueblo de Dios.
Newman llevó al punto la relación entre laicos y magisterio (léase: El Papa y
los obispos), en el tiempo de la infalibilidad del Papa, con una frase
extremadamente atrevida: “Si algún Papa hablara en contra de la conciencia, en
el sentido auténtico de la palabra, estaría cometiendo un acto suicida. Ese
papa estaría cortándose la hierba de debajo de los pies. Su auténtica misión es
proclamar la ley moral y proteger y fortalecer esa ‘luz que iluminó a todo
hombre que vino al mundo’ como dice la escritura”[46].
La infalibilidad del Papa se fundamenta en la infalibilidad de la Iglesia
entera y no al revés. “La Iglesia como testigo de Cristo, esto es, el pueblo
entero de Dios da testimonio de su fe en la revelación de Dios efectuada en
Cristo. Solamente por este testimonio puede la Iglesia definir, como Iglesia
que enseña con autoridad –Ecclesia docens-, lo que es revelación de
Dios”[47].
Por
todo lo dicho anteriormente, Para Newman recibe el dramático juego conjunto de
sentido de fe, teología y magisterio una función constitutiva en la Iglesia[48].
Como
resumen, citamos nuevamente a Finucane: “Describiendo la interacción de estos
tres órganos, Newman prescribe que aquel responsable de enseñar ‘la mente de la
Iglesia’ debería examinar la fe ordinaria y la comprensión de sus miembros.
Aunque hay frecuentemente casos de error y superstición entre los laicos,
permanece en ellos una genuina intuición en el mensaje de la Iglesia. Chadwick
pone de manifiesto que Newman entendió la responsabilidad de los pastores de
‘consultar’ como incluyendo dos aspectos. El primero es pasivo. El
comportamiento de los fieles es observado, y las implicaciones de sus acciones
y trabajos son inferidas. Además, adicionalmente, las ‘opiniones’ de la gente
deben ser buscadas activamente; no con el estilo de una consulta popular, sino
como un camino que atiende al ‘instinto’ de la gente que está enraizado en la
‘experiencia de verdad’ y que es accesible a la Iglesia entera”[49].
Finalmente
se debe subrayar que esta interrelación dramática que caracteriza la vida e
historia humana y, por tanto, la historia de la Iglesia y de la salvación
descansa sobre la esperanza de una reconciliación final y de la reunión
definitiva de todo el pueblo de Dios: “Hoy, siguiendo el Vaticano II, sería
trágico si los nuevos conocimientos de los derechos y deberes de todos los
miembros de la Iglesia fueran llevados solamente a la confusión, competición o
incluso la oposición entre clérigos y laicos. Esperanzadoramente, el lema de
Newman como cardenal podría ser un principio práctico que guíe la dinámica
laico-jerarquía: Cor ad cor loquitur”[50].
El diálogo se ofrece como un medio de comunicación absolutamente necesario,
donde “una ‘tensión dialéctica’ entre ‘autoridad y juicio individual’,
ejercitada en un genuino contexto de libertad, fue vista por Newman como
esencial para la salud de la Iglesia”[51].
De aquí toma toda su importancia y urgencia la problemática de la inculturación[52].
“La
grandeza de Newman consiste en que, como todo profeta, no ha sido comprendido
en su propio tiempo. En alguna parte de una carta a su amigo íntimo Henry
Wilbeforce, escribió la esta frase: ‘quizá se me comprenderá solamente en cien
años’”[53].
Efectivamente, las intuiciones de Newman con respecto a la temática del sentido
de fe de los laicos no han perdido, sino más bien acentuado su actualidad. Y
esto tanto a nivel especulativo como a nivel pastoral (recuérdese que ambos
niveles son inseparables para Newman). Pues bien, los cien años han pasado y
nuestra realidad social y eclesial exige que abramos caminos para la expresión
y participación de los laicos en la Iglesia, en el sentido ya mostrado (como locus
theologicus de la teología y del magisterio). Haremos muy bien en seguir y
actualizar las intuiciones newmanianas. Debemos hacerlo porque el plazo se ha
cumplido.
[1] “It represented a phase of convert thought which was in opposition to the extreme ultramontanism of W. G. Ward and Manning, and which eventually led to increasing friction with the leading members of the newly established English hierarchy”. Tomado de la página Web Http://www.knight.org/advent/cathen/12637b.ht del 14.10.1999.
[2] Cf. JEAN GUITTON, El seglar y la Iglesia, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1964, 32.
[3] “He adds that some detractors had
earlier used the public press as a weapon against the conduct of the
episcopacy, and might have separated the faithful from its pastors in a matter
involving ecclesiastical freedom, episcopal prudence and religious discipline”.
D. J. FUNICANE, Sensus Fidelium. The Use of a Concept in the Post-Vatican II
Era, San Francisco,
1996, 154. Véase también J. COULSON, Introduction, en JOHN HENRY NEWMAN,
On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine, London, 1961, 13.
[4] JEAN GUITTON, o.c., 32.
[5] „...that their Lordships really desire to know the opinion of the laity on subjects in which the laity are especially concerned. If even in the preparation of a dogmatic definition the faithful are consulted, as lately in the instance of the Immaculate Conception, it is at least as natural to anticipate such an act of kind feeling and sympathy in great practical questions“. Citado en J. COULSON, o.c., 8.
[6] Esta controversia esta reproducida en S. D. FEMIANO, Infallibility of the Laity. The Legacy of Newman, New York, 1967, 99-117. Véase también J. COULSON, o.c., 28-33.
[7] „He said something like ‘who are the laity?’ I answered (not these words) that the Church would look foolish without them“. Memorandum del 22 de mayo de 1859. Citado en S. D. FEMIANO, o.c., 97.
[8] „His publication of this essay was
an act of political suicide from which his career within the Church was never
fully to recover“. J. COULSON, o.c., 2. Jean Guitton escribe que
el mismo impresor de Newman habló de una acción suicida. Cf. JEAN GUITTON, o.c., 10.
[9] Cf. J. COULSON, o.c., 37-41. También D. J. FINUCANE, o.c. , 166.
[10] Traducción española en: JEAN GUITTON, El seglar y la Iglesia, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1964, 82-139. El número entre paréntesis que aparecerá continuamente en lo siguiente está tomado de aquí.
[11]
Cf. los pasajes sobre el “sentido de fe” (Glaubenssinn) en: J. ARTZ, Newman
Lexikon. Zugleich
Registerband (IX) der ausgewählten Werke Newmans. Mainz, 1975, Columnas 425-426.
[12] El hecho que Newman haya señalado la necesidad intrínseca de consultar a los laicos es muy importante. Pues del hecho que Newman después argumenta a partir de la historia podría seguirse que la argumentación tendría que ser exactamente al revés. La necesidad es de iure y no de facto.
[13] La cita la ha tomado Newman de REGNIER, De Ecclesia Christi, P. I § 1 c. 1, Ed. Migne, 234.
[14] Los ejemplos citados por Newman (87-90) señalan que el lenguaje y el contexto están en mutua dependencia. Esto no tiene como consecuencia la relatividad o subjetividad, sino al contrario: Solo quien está atento a la situación mental del otro puede transmitir la verdad sin correr el peligro de ser mal entendido.
[15]
“Newman ve la unidad de la Iglesia no como uniformidad, sino como unidad en la
pluralidad de sus ministerios y funciones, y esto de tal manera, que también el
sentido de fe del pueblo cristiano adquiere un significado fundamental”. “Newman sieht ja die Einheit der Kirche
nicht als Uniformität, sondern als Einheit in der Mannigfaltigkeit ihrer Ämter
und Funktionen, und zwar so, dass auch der Glaubenssinn des christlichen Volkes
seine grundlegende Bedeutung erhält“. WERNER BECKER, Vorwort, en CH. ST.
DESSAIN, John Henry
Newman. Anwalt
redlichen Glaubens,
Freiburg/Bris., 29. Cf. también HEINRICH FRIES, Newmans Bedeutung für die
Theologie, en Newman-Studien, I (1948), 197.
[16] Perrone cita sobre todo a Melchor Cano. Pero éste no considera el sentido de fe de los fieles como un locus theologicus. Más adelante, Newman expresará su posición al respecto.
[17] Finucane comenta: “en el cuarto punto, Perrone ilustra la noción que el sentido de los fieles es una voz distinta de la infalibilidad de la Iglesia siempre que (como Newman muestra) esta infalibilidad no sea identificada como estando ‘en’ el consensus fidelium” “In the fourth point, Perrone illustrates the notion that the sense of the faithful is a distinct óbice of the infallibility of the Church even (as Newman points out) if this infallibility is not identified as being ‘in’ the consensus fidelium” D. J. FINUCANE, o.c., 159.
[18] „This theological view of the ‘instinct’ for the truth that operates in the faithful serves as a support for Newman´s view of how ecclesial insight grows and expresses deeper insight into doctrinal truth. Owen Chadwick has described how Newman saw three ‘organs of expression’ in the Church. The pope and the bishops, especially when gathered in council, have the responsibility ‘to declare and express the mind of the Church’. The theologians have the task of discerning the meaning of doctrine, and of determining the effect of new scientific or philosophical developments on theological thought and language. The people´s role is to be ‘the repository of that profound understanding, hardly expressed in words, which is the Church´s immediate apprehension of the Christian way of life“. Ibid. 162.
[19] “Tal visión implicaría que a la jerarquía le faltó algún elemento necesario para llegar a una decisión infalible, que la ‘infalibilidad de la Iglesia reside en la communitate fidelium y no exclusivamente en la Ecclesia docente’. Gillow afirmó que la visión de Newman podía ser construida ‘como al menos haeresi proxima’” „ Such a view would imply that the hierarchy lacked some necessary element in coming to an infallible decision, that ‘the infallibility of the Church resides in the Communitate fidelium, and not exclusively in the Ecclesia docente’. Gillow claimed that Newman´s view could be construed ‘as at least haeresi proxima’“. S. D. FEMIANO, o.c., 91. Cf. también D. J. FINUCANE, o.c., 155.
[20] Esta afirmación encontró una escandalosa acogida entre los obispos.
[21] Estas noticias serán valoradas en la parte sistemática.
[22]
“Los cambios en la versión de 1871 son significativos. La sección que trata de
que hubo una suspensión temporal de las funciones de la Ecclesia docens
y que el cuerpo de los obispos falló en su confesión de la fe fue
meticulosamente revisada, errores fueron corregidos, referencias a las fuentes
materiales fueron insertadas y algunas de las referencias más controversiales
fueron suprimidas. Las referencias a la persecución de san Basilio y al trato
sospechoso y frío por el Papa Dámaso fueron borradas, también la afirmación de
san Hilario que los oídos de los laicos eran más santos que los corazones de
los sacerdotes, como también la aserción que ‘La Ecclesia docens no es en todo
tiempo el instrumento activo de la infalibilidad de la Iglesia”. „the changes in the version of 1871
are significant. The section dealing with the charge that there was a temporary
suspense of the functions of the Ecclesia docens and that the body of the Bishops failed in their confession of
the faith was meticulously revised, errors were corrected, references to the
source material were inserted, and certain of the more controversial references
were suppressed. References to St. Basil´s persecution and to his being treated
with suspicion and coldness by Pope Damasus are deleted, so is St. Hilary´s
charge that the ears of the laity were holier than the hearts of the priests,
as well as the assertion that ‘the Ecclesia docens is not at every time the
active instrument of the Church´s infallibility’“. J. COULSON, o.c., 42-43.
[23] „...in speaking of the Laity, I
speak inclusively of their parish-priests (so to call them), at least in many
places“. JOHN HNERY NEWMAN, The Arians of the fourth Century. Suplemment V. Citado
por M. SHARKEY, Newman on the laity, en Gregorianum, 68 (1987),
342. Sobre esto escribe Finucane: “Coulson describe el ‘principio
teológico cardinal’ identificado por Newman, concerniente a la relación de
clérigos y laicos: aunque el laico sea solo el reflejo o eco de los clérigos en
materia de fe, aún hay algo en la ‘pastorum et fidelium conspiratio’, que no
está solamente en los pastores”. „Coulson describes the ‘cardinal theological principle’ identified by
Newman concerning the relationship of clergy and laity: though the laity be but
the reflection or echo of the clergy in matters of faith, yet there is
something in the ‘pastorum and fidelium conspiratio’,
which is not in the pastors alone“. D. J. FINUCANE, o.c., 163.
[24] “Es darf nicht übersehen werden, dass Newman den Begriff ‘Laie’ nicht gegen die Ordo ausspielt, da die Träger des von ihm erhobenen ‚consensus fidelium’ die Gemeinden (mit ihren Priestern!) waren. ROMAN SIEBENROCK, Warheit, Gewissen und Geschichte. Eine systematisch-theologische Rekonstruktion des Wirkens John Henry Kardinals Newman, Internationale Cardinal-Newman-Studien XV Folge, Sigmarigendorf, 1996, 468, Note 9. Véase también Finucane: „Coulson (Introducción, 12) pone de manifiesto que en ‘On Consulting the Faithful’ Newman vio la gran importancia de la interacción entre los fieles y los clérigos. Él identifica el mismo elemento que Newman vio en la lucha de la Iglesia contra el Arrianismo en el cuarto siglo, y en su propia experiencia con las ‘infelices controversias que se levantaron como resultado de su esfuerzo frustrado por educar a los laicos y verlos establecidos en la economía de la Iglesia de su tiempo”. „Coulson (Introduction 12) points out that in ‘On Consulting the Faithful’ Newman saw great importance in the interaction of the faithful and the clergy. He identifies the same element that Newman saw in the Church´s struggle with Arianism in the fourth century, and in his own experience with the ‘unhappy controversies which had arisen as a result of his frustrated efforts to educate the laity and to see them established in the economy of the Church of his time“. D. J. FINUCANE, o.c., 163.
[25]
“Pero en aquella ocasión, escribía desde un punto de vista histórico y no
doctrinal; y si históricamente es verdad, no es falso en absoluto
doctrinalmente que un Papa, en cuanto doctor privado, y, con mayor razón unos
obispos, cuando no enseñan formalmente, pueden errar, como hemos visto que
erraron de hecho en el siglo IV.” JEAN
GUITTON, o.c., 145.
[26] “Ihm geht es bei allem grundsätzlichen
Eintreten für die Laien in der Kirche
dieser Schrift zuerts darum, am normativen Lebensvollzug der Kirche Mass
zu nehmen“. ROMAN SIEBENROCK, o.c., 468.
[27] Sobre el sensus fidelium en Newman pueden consultarse las siguientes obras: JEAN GUITTON, El seglar y la Iglesia, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1964. S. D. FEMIANO, Infallibility of the Laity. The Legacy of Newman, New York, 1967. W. T. PATTERSON, Newman: Pioneer for the Layman, Washington, 1968. R. J. PENASKOVIC, Open to the Spirit: the Notion of the Laity in the Writings of J. H. Newman, Augsburg, 1972. D. J. FINUCANE, Sensus Fidelium. The Use of a Concept in the Post-Vatican II Era, San Francisco, 1996. No pude conseguir los libros de Patterson y Penaskovic. Pero Finucane cita la crítica que Penaskovic hace a los libros de Guitton, Femiano y Patterson: “él encuentra que Guitton y Femiano han pasado por alto o puesto muy poca atención en obras como Idea de la Universidad, la Documentación Newman-Perrone y el Prefacio a la tercera edición de la Via Media, y han aislado el artículo del Rambler en sus tratados, aunque él anota que las afirmaciones de Guitton intentan situarlo más limitadamente. Penaskovic acusa a Patterson de usar los escritos de Newman sin considerar su orden cronológico. Entonces su obra trata de situarse sobre la totalidad de las deliberaciones de Newman sobre los laicos considerando su papel en el desarrollo doctrinal. Por tanto, él esta concernido a poner de manifiesto la importancia, reconocida por Newman, de la obra del Espíritu Santo en el papel jugado por los laicos en la Iglesia”. „he finds that Guitton and Femiano have overlooked or paid insufficient attention to such works as The Idea of the University, the ‘Newman-Perrone Paper’ and the Preface to the 3rd edition of the Via Media, and have isolated the Rambler article in their treatments, though he notes Guitton´s stated intent to focus more narrowly. Penaskovic faults Patterson for using Newmans writings without regard for their chronological context. His own work then, aims to focus on the totality of Newmans deliberations about the laity with regard to their role in doctrinal development. He is also concerned to point out the importance, recognized by Newman, of the work of the Holy Spirit in the role played by lay people in the Church“. D. J. FINUCANE, o.c., 150. A pesar de estas críticas, limitaré mi estudio del sentido de fe de los fieles únicamente al artículo del Rambler, apoyado en las siguientes razones: el artículo del Rambler es el único escrito de Newman, en el que trata exhaustivamente el tema. Además, las afirmaciones decisivas de Newman sobre el tema están recogidas en el artículo citado. Aun cuando en trabajos anteriores (por ejemplo The Profetical Offices, The Idea of the University) se pueden ver algunas afirmaciones, o bien estás fueron integradas en contextos mayores en trabajos posteriores (Third Edition of the Via Media), es mi parecer que la concepción de Newman tomó sus rasgos definitivos en el artículo del Rambler.
[28]
Las nuevas investigaciones al respecto no alcanzan una certeza contundente.
Además, no deja de ser importante “que según la legitimación del más destacado
Profesor de Historia de la Iglesia de aquel tiempo, Ignaz H. von Dollinger de
Munich, Newman era la más grande autoridad viviente en el campo de la Historia
de la Iglesia del siglo IV”. „daß
nach Ausweis des bedeutendsten Kirchenhistorikers jener Zeit, Ignaz H. von Döllinger
aus München, Newman die größte lebende Autorität auf dem Gebiet der
Kirchengeschichte des 4. Jahrhunderts war“. GÜNTER BIEMER, Die Glaubigen in
Dingen der Lehre befragen, John Henry Newmans Auffassung von der Bedeutung der
Laien für die Glaubensüberlieferung, en MthZ, 43 (1992), 445.
[29] JEAN GUITTON, o.c., 33.
[30] Newman escribió lo siguiente en la tercera edición de Los arrianos del siglo IV: “Por una parte afirmo, que las funciones de la Ecclesia docens quedaron en suspenso temporalmente. El cuerpo (body) de los obispos no logró confesar la fe. Hablaron de forma diferente, los unos contra los otros; después de Nicea, no hubo testimonio firme, invariable, continuado, durante cerca de sesenta años...”. Citado por JEAN GUITTON, o.c., 147.
[31] Ibid. 85.
[32] „Coulson identifies the
significance of Newman´s Rambler
article in its taking the question of ‘consulting’ the laity out of the ‘realm
of policy and discipline’ and making it a theological issue. Coulson asserts
that because of Newman´s work the issue became ‘an argument about the laity´s
place in the very heart, mind and structure of the Church’“. D. J. FINUCANE, o.c.,
165.
[33] JEAN GUITTON, o.c., 134.
[34] Ibid. 134.
[35] Sobre esto véase ALBERT LANG, Die Loci
theologici des Melchior Cano und die Metode des dogmatischen Beweises,
München 1925; MAX SECKLER, Die ekklesiologische Bedeutung des Systems der
‚loci theologici’. Erkenntnistheoretische Katholizität uns strukturale Weisheit.
En: W. BAIER (Hg.), Weisheit Gottes – Weisheit der Welt, Festschrift Joseph
Kardinal Ratzinger, Band I, St Otilien, 1997, 37-65.
[36] “Dokumentationsbereiche und Bezeugungsinstanzen wie Heilige Schrift, Kirche oder Konzilien, die als Heimstätten (domicilia) der theologischen Argumente bezeichnet werden... Den loci kommt Autorität zu, insofern sie das Wort Gottes bezeugen“. HERMAN POTTMEYER, Handbuch der Fundamentaltheologie, Traktat theologische Erkenntnislehre und refelxión auf die Fundamentaltheologie, Freiburg/Bris., 1985, 132. Pottmeyer cita los libros I y XII dela obra de Cano ‘De locis theologicis’. Véase además MAX SECKLER, o.c., 45: “él (locus theologicus) sirve como indicación de lugares en sentido de campos de documentación para instancias de autoridad, es decir, para lugares literarios o de contenido en el sentido de fuentes de conocimiento” “er (locus theologicus) diente zur Bezeichnung von Örtern im Sinne von Dokumentationsbereiche für Autoritätsinstanzen, also für literarische oder sachliche Fundorte im Sinne von Erkenntnisquellen”.
[37] “No one is a mártir for a
conclusión, no one is a mártir for an opinión, it is faith that makes martyrs”.
JOHN HENRY NEWMAN, Discourses to Mixed Congregations, 1849, 182.
[38]
Este texto no se encuentra en la traducción de Guitton. Cf. JOHN HENRY NEWMAN, Polemische Schriften.
Band IV der ausgewählten Werke Newmans, Mainz, 1959, 265-286.
[39] „Aus der realisierten, gelebten Liebe und
in der Auseinandersetzung mit der himmlischen und weltlichen Weisheit kommt der
Christ ins Leid. Das Leiden ist ein weiteres wesentliches Moment der
Zeugenschaft in der Auffassung Newmans. Wer ein treuer Zeugen sein will, muß
bereit sein, für die Wahrheit zu leiden. Diese Leidensbereitschaft für die
Wahrheit kann bis zum endgültigen Martyrium führen.... Das Leiden ist also
wichtig, weil es die Einsatzbereitschaft des Herzens gegebenenfalls bis zur
letzten Konsequenz realisiert“ GÜNTER BIEMER, Die Lehre von der Tradition
nach J. H. Newman, Freiburg/Bris., 1961, 186-187.
[40] „There are two characteristics of
the laity during the Nicene period, ... which are particularly important for an
understanding of Newman´s mind: 1. They were well catechised, and, 2. They were
faithful to their baptismal promises“. MICHAEL SHARKEY, Newman on the Laity,
en Gregorianum, 68 (1987), 344.
[41] „the Oratory itself is a community
of priests to serve the laity, after
the example of St. Philipp Neri himself“. Ibid. 354.
[42] „his notes in the archive of the
Birmingham Oratory reveal that he planed his sermons schematically as courses
of christian instruction. A study of them would reveal what he meant his
congregations to be by ‘well catechised’ and ‘faithful to their baptismal
promises“. Ibid. 345.
[43] JEAN GUITTON, o.c., 36.
[44] JOHN HENRY NEWMAN, Cartas y Diarios, cur. Víctor García Ruiz – José Morales, Rialp, Madrid, 1996, 142.
[45] „ In bestimmten Fällen, wenn es sich
nicht um glaubensver-pflichtende Dinge handelt, kann es eine Pflicht des
Schweigens geben. Wir wollen annehmen, daß eine neue Ansicht über die Heilige
Schrift und ihren Inhalt gut begründet ist... Hier ist die Verkündigung der
neuen Ansicht abstrakt gesehen erlaubt, aber in der Praxis nicht immer
zulässig... obgleich also die Veröffentlichung keinen Verstoß gegen den Glauben
enthält, könnte sie ein Verstoß gegen die Liebe sein... Das Gottesvolk hat in
solchen Dingen einen Anspruch auf unsere Feinfühligkeit, den Kritik und
Geschichte nicht haben“. JOHN HENRY NEWMAN, On the Inspiration of Scripture,
en J. D. HOLMES – GÜNTER BIEMER, Leben als Ringen um die Wahrheit. Ein
Newman Lesebuch, Mainz, 1984, 46.
[46]
JOHN HENRY NEWMAN, Carta al Duque de Norfolk, cur. Víctor García Ruiz –
José Morales, Rialp, Madrid, 1996, 76.
[47] „Die Kirche als Zeugin Christi, d.h. das
ganze gläubige Volk Gottes bezeugt seinen Glauben an die in Christus geschehene
Offenbarung Gottes. Nur aufgrund dieses Zeugnisses darf die Kirche als
autoritativ-lehrende Kirche festlegen, was Offenbarung Gottes sei“. G. LEASE, Die
kirchliche Lehrtätigkeit als lebendiges Glaubenszeugnis der ganzen Kirche nach
J. H. Newman, en Newman-Studien, VII, 230.
[48] Si para Newman sólo estas tres instancias pueden interpretar la revelación (en el sentido de los loci theologici de Melchor Cano) es una cuestión que no puede ser abordada aquí.
[49] „In describing the interaction of these
three organs, Newman prescribed that those responsible for teaching ‘the mind
of the Church’ should examine the ordinary faith and understanding of its
members. Even though there are often cases of error and superstition among the
laity, there remains in them a genuine intuition into the Church´s message.
Chadwick points out that Newman understood the pastors´ responsibility to
‘consult’ as including two aspects. In one sense it is passive. The behavior of
the faithful is observed, and the implications of their actions and worship are
inferred. Still, additionally, the ‘opinions’ of the people are to be actively
sought; not in the style of an opinion poll, but in a way that attends to the
‘instinct’ of the people which is rooted in the ‘experience of truth’ and which
is accessible to the whole Church“. D. J. FINUCANE, o.c., 162.
[50] „Today, likewise, following upon
Vatican II, it would be tragic if the new awareness of the rights and duties of
all members of the Church were to lead only to confusion, competition, or even
opposition between cleric and lay. Hopefully, in the lay-hierarchy dynamic,
Newman´s motto as Cardinal would be a guiding, practical principle: Cor ad cor loquitur“. J. KROEGER, Gleanings:
Newman on the Consensus of the Faithful and the Magisterium, en East
Asian Pastoral Review, (1987), 375.
[51] „A ‘dialectical tension’ between ‘authority and individual judgment’, exercised in a genuine context of freedom was seen by Newman as essential to the health of the Church“. D. J. FINUCANE, o.c., 162-163.
[52]
El tema no puede ser tocado aquí, pero puede consultarse P. G. CROWLEY, The
Sensus Fidelium and Catholicity. Newman´s Legacy in the Age of Inculturation, en M. E. ALLSOPP – R. BURKE, John Henry
Newman, Theology and Reform, New York, 1992, 109-129.
[53] «La grandeur de Newman consiste en ceci
que, comme tout prophéte, il n’a pas été compris en son prope temps. Quelque
part dans une lettre á son ami intime Henry Wilberforce, cette phrase lui á
échappé : ‘Puet-étre me comprendra-t-on seulement dans cents
ans’ » HENRI IMBERECHTS, Les laics dans L’eglise selon J. H. Newman,
en Revue africaine de Théologie, 15 (1991), 92.