En Construcción

Oratorio de Sn. Felipe Neri

En Construcción

San Felipe Neri, El Profeta de la Alegría Cristiana

 

San Felipe Neri, El profeta de la alegría cristiana

Apuntes de espiritualidad

  P. Giorgio Finotti, D.O.
Traducción P. Agustín Martínez Cea C.O.

INDICE
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Prefacio.
Cronología de los acontecimientos más importantes de la vida y obra de San Felipe Neri

CAPITULO 1. La espiritualidad de San Felipe Neri en sus características generales.

1. La espiritualidad en general
2. Los contenidos fundamentales de cada espiritualidad.

3. La espiritualidad en general de San Felipe Neri
4. Algunos otros relieves generales.

5. Las fuentes de la espiritualidad de San Felipe.

CAPITULO 2. La intuición de San Felipe Neri

1. Las grandes decisiones de Felipe Neri
2. Las grandes intuiciones de San Felipe.

CAPITULO 3. Profundizaciones sobre la espiritualidad de San Felipe Neri

Los trazos relevantes de la obra de San Felipe.

Primera profundización:

I "El susurrar un aire suave".
II. La pedagogía de San Felipe.

1. El diálogo personal
2. La lectura

3. La música

4. Los paseos

III. La grandeza de Felipe.

Segunda profundización.

La inspiración profunda de la vida y de la misión de San Felipe: La humildad.
La vía sustancial de San Felipe.

Su contenido.


Tercera profundización.

Las características peculiares de la humildad de San Felipe.
El comportamiento de Felipe.

Las normas sobre la humildad.

Cuarta profundización.

La otra coordenada de la espiritualidad de San Felipe: la alegría cristiana.
El Santo de la alegría.

El sano humorismo de San Felipe.

Arte pedagógico y moral

Intuición sobrenatural

El papel humano de la alegría.

Las fuentes de la alegría.

Conclusiones sobre el capítulo.

 

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Prefacio

 El presente volumen no tiene ninguna pretensión científica, sino el objetivo de ayudar a todos los que desean conocer un poco más de cerca a un santo como Felipe Neri, tan original y tan simpático.

Lo llamo el profeta de la alegría cristiana, porque me parece que en esto está verdaderamente la grandeza peculiar del espíritu evangélico de Pippo buono:

profeta, porque siguiendo la inspiración del espíritu ha sabido transmitir al mundo cuanto Dios le había confiado como misión para ofrecer a tantos hermanos lo que había encontrado en su larga vida;

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de la alegría, porque ha sido el alma, la vía, el medio, el fin de toda una vida alegre, empleada por Cristo y para llevar gozosamente a las almas a Cristo; 

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cristiana, porque en esta identificación está todo el valor sobrenatural del mensaje filipense.

 Deseo sinceramente que los apuntes que siguen ayuden a todo aquel que desee conocer y amar un poco más al profeta de la alegría cristiana.

 P Giorgio Finotti, d.0.

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Cronología de los acontecimientos más importantes de la vida y obra de San Felipe Neri

 

1477

Nace, de Felipe y Antonia de Luigi Landi, Francisco Neri, futuro padre de San Felipe.

1492

Cristóbal Colón, atravesando el Atlántico, descubre América.

1498

23 de mayo: Fray Jerónimo Savonarola es quemado en la hoguera, preparada en la Plaza de la Señoría, en Florencia; sus enemigos lo consideran un hereje, mientras que sus seguidores lo ven como un santo. Felipe Neri le tendrá siempre una estima profunda. Pero quizá no fue hereje ni santo.

1513

Abril: Francisco Neri se casa con Lucrecia, hija de Antonio di Andrea y de Lena Soldi da Mosciano, futura mamá de San Felipe.

1514

25 de enero: nacimiento de la primera hermana de Felipe, Catarina, quien morirá el 15 de mayo de 1567, a la edad de 53 años.

1515

21 de julio: nacimiento, a las dos de la mañana, de Felipe, hijo de Francisco Neri y de Lucrecia Soldi, en Florencia, en el barrio de San Pier Gattolino, sobre la Vía Romana.
22 de julio: bautismo de Felipe en el bautisterio de San Juan, por ser Juan Bautista di Jacopo bautizante. En ese mismo año nace también Santa Teresa de Avila.

1517

7 de febrero: nacimiento de la segunda hermana de Felipe, Elizabeth.
León X confía a la Confraternidad de los Florentinos construir en Roma la iglesia nacional de los florentinos, la futura San Juan de los Florentinos.

1520

8 de septiembre: nacimiento de Antonio, hermanito de Felipe. Muere poco después; de igual manera, en fecha no precisa, muere la mamá. El padre se vuelve a casar, primero, con Alejandra Lenzi y poco después, vuelto a quedar viudo, se casa con otra mujer que le dará un hijo: Rafael, quien muere muy pequeño. Los Neri se trasladan a Costa San Giorgio.

1523

Nace, el 25 de abril, Santa Catarina De'Ricci, en Florencia. A los 13 años entra al monasterio de las Dominicas de Prado.

1524

Francisco Neri queda matriculado entre los notarios florentinos.

1527

6 de mayo: saqueo de Roma.

1528

Fundación de los Capuchinos.

1530

San Antonio Ma. Zacaría funda a los Barnabitas o Clérigos Regulares de San Pablo.

1532-33

Felipe deja la casa paterna y se traslada, pasando por Roma, a casa del tío Rómulo Neri, en San Germán (actual Cassino); transcurridos cerca de dos años, Felipe, después de haber frecuentado el Monasterio de Montecassino y de haber estado en Gaeta, en la "Montaña hendida", se traslada a Roma, teniendo alojamiento en casa de Galeoto del Caccia, a cuyos hijos educa: Miguel llegará a ser sacerdote y rector de San Donato in Chille, en Florencia, e Hipólito se hará cisterciense con el nombre de don Andrés.

1534

San Ignacio, de Loyola funda la Compañía de Jesús o Jesuitas.

1535

Felipe, no obstante que mantiene una sincera amistad con San Ignacio, no acepta entrar en la Compañía de Jesús, antes bien, se inscribe en la Confraternidad de los Espirituales, entonces operantes en S. Jerónimo de la Caridad, diri­gida por Monseñor Cacciaguerra y Persiano Rosa, su confesor, y en la Compañía de San Jacobo, en Augusta, que opera en el solar de la antigua Sociedad del Divino Amor para la asistencia de los enfermos de aquel hospital, ya llamado de los incurables.

1539

Muere, muy joven, San Antonio María Zacaría.

1544

Vigilia de Pentecostés: San Felipe, en las Cata­cumbas de San Sebastián, vive una profunda experiencia mística: el Espíritu Santo, en forma de flama, le entra por la boca, dejando huellas, inclusive físicas, rompiéndole dos costillas.

1543-63

Concilio Ecuménico de Trento en tres fases: la primera se desarrolla en Trento y en Bolonia, las otras dos en Trento.

1548

Felipe, en colaboración con Persiano Rosa, instituye la Confraternidad de la Santísima Trinidad de los Peregrinos Convalecientes.

1550

Año Santo: Felipe y su Confraternidad asisten a cerca de 500 peregrinos cada día.
Nace San Camilo de Lellis, quien concluirá su vida, después de haber fundado los Ministros de los enfermos, en 1614.

1551

Marzo: Felipe, por la insistencia del confesor, se encamina al sacerdocio. En esa fecha recibe la tonsura y un poco más tarde las órdenes menores y el subdiaconado en la iglesia de S. Tomás in Parione, de manos de Juan Lunelli, obispo de Sebaste.
Sábado Santo: Felipe recibe el diaconado en la Basílica de San Juan de Letrán.
23 de mayo: Felipe es ordenado sacerdote en la Iglesia de S. Tomás, in Parione.
Desde ese momento Felipe deja la casa de Cacciaguerra y entra definitivamente en el grupo de S. Jerónimo, con sede en el antiguo Convento de los Menores, puesto a disposición en 1524 con el compromiso de asegurar el ministerio de la iglesia anexa.

1554

Felipe transfiere a un local de la Iglesia de San Jerónimo (primer oratorio) los encuentros de meditación y plegaria que hasta entonces se desarrollaban en su recámara.
Entre ellos sabemos que participa en esos años el treintañero Francisco Ma. Tarugi (1525-1608), que se hará sacerdote y después cardenal.

1556

Son de este año los Avisos particulares de las Indias de Portugal. Documentos tenidos este año por dos reverendos padres de la Compañía de Jesús. Felipe quedará profundamente conmovido y transmitirá el fervor misionero a sus discípulos.

1557

César Baronio entra a formar parte del Oratorio. Felipe acogerá también a Antonio Gallonio (1556-1605), el futuro biógrafo del santo, mientras que el primero llegará a ser el padre de la historia eclesiástica (Anales).

1559

Abril: grave crisis en el oratorio. Felipe es investigado por el cardenal Vicario Virgilio Rosario y llegan a ser prohibidas las peregrinaciones con el pretexto del orden público.
La crisis termina por ser superada con la imprevista muerte del Cardenal Rosario (22 de mayo); el Papa Paulo IV, mejor informado, manda a Felipe, como signo de reconciliación, dos ceras de la anterior Candelaria.
11 de octubre: en Florencia en el Rione de S. Pancracio, en la casa del yerno Bernabé Trevi, esposo de Catarina, muere Francisco, papá de San Felipe.

1564

Felipe llega a ser rector de la Iglesia de San Juan de los Florentinos, en la cual pone la residencia, inclusive de sus discípulos. Entre tanto, Baronio es ordenado sacerdote; poco después, también Juan Francisco Bordini y Alejandro Fedeli

1565

A ventaja de sus discípulos, residentes en San Juan de los Florentinos, Felipe dicta la primera regla de la convivencia oratoriana.

1567

15 de mayo: muere Catarina, hermana de Felipe, la cual se había desposado en 1553 con el negociante en sedas Bernabé Trevi, ya viudo y con dos hijos (Bastiano y Alejandro) y una hija (Francisca, que se hace monja en S. Pedro Mártir). De su matrimonio, Caterina procreó dos hijas, ambas monjas después, Diadora (1553) con el nombre de sor Ana María y Lucrecia (1556), con el nombre de sor M. Victoria; Felipe escribirá a sus sobrinas interesantes cartas.

1571

Año de la victoria de Lepanto. Entra Gigli al Oratorio, y es ordenado sacerdote en 1573 y muerto en 1591.
Muere Juan Animuccia (nacido en 1534), inscrito en la Confraternidad de San Jerónimo de la Caridad, con Felipe, hasta el 12 de enero de 1555. El ha tenido un papel determinante en el uso de los laude en las reuniones del Oratorio.
En 1571-72, después de una probada expe­riencia positiva y otras circunstancias sobre venidas, se delinea claramente la idea de una comunidad de sacerdotes regularmente constituida con una habitación propia y una iglesia propia.

1572-85

Pontificado de Gregorio XIII (Ugo Boncompagni).

1572

San Felipe cura a Baronio de una fiebre persistente.

1575

15 de julio: con la bula de erección Copiosus in misericordia, Gregorio XIII reconoce oficialmente a la comunidad de Felipe (la Congregación de Sacerdotes y Clérigos Seculares, con vida común, llamada del Oratorio) y le asigna la iglesia de Santa María in Vallicela, llamada más tarde Chiesa Nuova por la reconstrucción tenida desde los cimientos: el 27 de septiembre, el cardenal Alejandro Medici, el futuro León XI, colocó la primera piedra.
El 4 de febrero nace, en Castello di Serilli, en Francia, Pierre de Bérulle, futuro fundador del Oratorio francés (1611); morirá el 2 de octubre de 1629

1578

San Carlos Borromeo funda los Oblatos, en Milán.

1579

Se funda la comunidad del Oratorio en San Severino Marche (Macerata).

1583

Bosquejo de las Constituciones del Oratorio, en doce y después en cuatro artículos, redactadas por Bordini; siguen los bosquejos de 1588, 1595 y 1601; en 1609 inicia la redacción definitiva, concluida en 1610, y aprobada por Paulo V en 1612.

1584

San Camilo de Lellis funda a los Camilos o Ministros de los Enfermos en el mismo año en que muere San Carlos Borromeo.

1585

La Congregación del Oratorio asume el cuidado de la Abadía Nullius de San Juan in Verme, en Abruzzo, con relativa autoridad ordinaria y responsabilidad de miles de almas.
30 de agosto y 11 de octubre: S. Felipe escribe largas cartas, casi tratados espirituales, a sus dos sobrinas religiosas en Florencia, sor Ana María y sor María Victoria Trevi, respectivamente.

1586

Se funda la Congregación del Oratorio en Nápoles, después dominada por el espíritu reformador de Talpa, y apoyada por Baronio y Tarugi.

1588

Felipe comienza a residir establemente en la Vallicella.

1590

Muere Santa Catarina de Ricci

1591

Verano: estalla en Roma una epidemia.

1592

César Baronio publica el opúsculo Diálogo de la alegría cristiana.

1595

En la noche, entre el 25 y 26 de mayo, muere San Felipe, después de haber recibido el Santo Viático del Cardenal Federico Borromeo. El 2 de agosto es abierto el proceso para su cano­nización.

1596

Isabel, hermana de Felipe, casada con Antonio Cioni y viuda en el mismo año del matrimonio (1558), declara en el proceso para la causa de la beatificación de Felipe.

1597

Bula de erección de la Congregación del Oratorio de Clérigos Seculares, en Fermo (Ascoli Piceno), y después también en Palermo, por iniciativa del padre Paolo Pozzo.

1598

Es erigida la Congregación del Oratorio de Brescia, desarrollando la ya existente iniciativade los padres de la paz, por obra del padre Francisco Cabrini y del padre Francisco Santabona.

1598-99

San Francisco de Sales, que está en Roma para presentar un examen episcopal, visita el Oratorio: al regreso, en 1599, erige la C.O. de Thonon, debida principalmente a la iniciativa del padre capuchino Cherubino da Maurienne.

1599

26 de mayo: en el cuarto aniversario de la muerte de Felipe, el Cardenal Alejandro Medici (después León XI) consagra la Chiesa Nuova y se canta la misa solemnemente por primera vez.

1600

6 de julio: el Cardenal F.M. Tarugi pone la primera piedra de la capilla destinada a acoger los restos, conservados incorruptos, de Felipe, y edificada a expensas del patricio florentino Nero del Nero, devotísimo de Felipe.

1602

24 de mayo: en la Vallicella, solemne traslación del cuerpo de Felipe a la capilla edificada por iniciativa de Nero del Nero.

I603

La máscara de cera que se hizo colocar sobre el rostro de Felipe por el cardenal Alejandro Medici es sustituida, por el mismo cardenal, por una máscara de plata.

1604

Muere Juvenal Ancina (nacido en 1543), miembro de la C.O. de Roma y después obispo de Saluzzo. Es proclamado beato en 1890, el 9 de febrero.

1605

Es elegido pontífice el cardenal Alejandro Medici con el nombre de León XI, pero es un pontificado brevísimo (apenas 25 días).

1611

10 de noviembre: primera reunión de seis sacerdotes que constituyen el primitivo núcleo del Oratorio de Francia de Bérulle, reconocido canónicamente el 10 de mayo de 1613 por Paulo V

1612

24 de febrero: con el breve Christi Fidelium Paulo V confirma las Constituciones de la C.O. de San Felipe Neri o Filipenses; la C.O. de Nápoles se vuelve autónoma.

1615

25 de mayo: beatificación de Felipe Neri.

1621

Nace en Bolonia la C.O., por obra del padre Licinio Pío, que recibe de Gregorio XV (Ludovisi, ya cardenal de Bolonia) la Iglesia de la Madona di Galliera.

1622

12 de marzo: canonización de Felipe, mientras Roma lo reconoce como su protector principal y, cada año, el 26 de mayo, excluido el periodo de 1871-1924, la administración de la capital ofrece un cáliz votivo que se deposita sobre el altar de la Vallicella.

1639

Una reliquia de la costilla de Felipe es llevada a la iglesia de la C.O. de Nápoles.

1671

Muere el beato Antonio Grassi (nacido en 1592), de la C.O. de Fermo.

1710

Muere el beato Sebastián Valfré (nacido en 1628), de la C.O. de Torino.

1847

Por iniciativa de John Henry Newman (1801-1890) es erigida la C.O. de Birmingham.

1856

Por iniciativa del padre William Faber (1811-63) es erigida la C.O. de Londres.

1884

Muere el beato Luis Scrosoppi (nacido en 1824), de la C.O. de Udine, restablecida por él en 1856  después de la supresión de 1810; hoy, sin embargo, está extinguida.

1912

Muere el Cardenal Capecelatro (nacido en 1824), que fue de la C.O. de Nápoles y obispo de Capua.

1943

Las varias congregaciones oratorianas, manteniendo no obstante su autonomía, se unen entre ellas en una Confederación.

1958

La Santa Sede, para suplir la falta de un superior general oratoriano, dispone que exista un visitador o delegado elegido de entre los sacerdotes oratorianos en el congreso general celebrado periódicamente (cada seis años) por los representantes (prepósito y delegado de cada congregación y según el número de miembros) de todas y cada una de las Congregaciones del Oratorio Internacional.

1965

Muere el cardenal Julio Bevilacqua (nacido en 1881), de la C.O. de Brescia, maestro de Paulo VI, e insigne predicador, párroco y después cardenal.

1995

IV Centenario de la muerte de San Felipe Neri.

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CAPITULO 1. La espiritualidad de San Felipe Neri
en sus características generales

1. La espiritualidad en general

La espiritualidad, que toma el nombre de un santo, y que se inspira en su vida y obra,

a) es la particular impronta o el personal modo de vivir el ideal cristiano.

b) por la fuerza de un don especial o carisma, gratuitamente dado por Dios al Santo mismo.

c) a fin de que el reflejo y la eficacia del mismo espíritu se reproduzcan en muchas almas para beneficio de toda la Iglesia.

d) dando inicio así a una nueva escuela ascética.

 

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2. Los contenidos fundamentales de cada espiritualidad

Los elementos sustanciales sobre los cuales se está de acuerdo cuando se trata de definir, en general, el origen y la presencia de una nueva escuela ascética son:

1)    una exitosísima y originalísima experiencia de vida interior, expresada y encarnada en la potente perso­nalidad espiritual de un gran santo;

2)   una viva y eficiente animación de las almas que, embebidas de tal espíritu, perfectamente ejemplificadas sobre la forma de vida del maestro, demuestran toda la validez de este nuevo tipo de amar y servir a Dios y al prójimo, decretando concretamente e1 éxito o el logro. Naturalmente, antes de todo esto, aunque viene puesto como tercer coeficiente necesario, va inmediatamente añadido que:

3)   en el origen de toda escuela de espiritualidad no está nunca la iniciativa o la imaginación del hombre: es Dios, de hecho, el máximo maestro y primer hacedor, el cual, según su multiforme sabiduría y providencia, dirige la Iglesia, previniéndola con su gracia y suscitando en su seno almas generosas que Él solicita para la vida de santidad, siempre antigua, y nueva al mismo tiempo, para hacer dignos instrumentos de nueva vitalidad y nuevos recursos para beneficio de toda la Iglesia.

 A veces, con dificultad, se puede entrever este trabajo de la gracia para modelar a estas almas tipo y serán, sobre todo, los magníficos resultados los que lleven a darse cuenta; en otros casos, al contrario, aparecen claramente los senderos a través de los cuales algunos santos fueron conducidos por la iniciativa omnipotente en éstos, para realizar el tipo querido por ellos por la Providencia, fijando, en un todo armónico, los rasgos de la nueva fórmula de vida cristiana.

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3. La espiritualidad en general de San Felipe Neri

Ninguno de estos principios de doctrina corriente falta en el caso de San Felipe Neri.

Por éstos, de buena gana, puede ser reconocido y aclamado como fundador y maestro de una nueva e, inclusive, originalísima, escuela de espiritualidad.

En efecto:

1)    Él ha sido una personalidad espiritual de primer orden, su santidad heroica ha estado públicamente proclamada por la Iglesia (1622) y a pocos años de su muerte (1595);

2)   En torno a él y de su enseñanza muchos han recorrido el camino de la perfección, logrando un grado no común de santidad, de algunos públicamente declarada por la Santa Madre Iglesia;

3)   Felipe, además, ha organizado (aunque el término no es exacto con respecto a nuestro Santo, porque no intentó hacerlo directamente) la vida espiritual con una fisonomía típica e inconfundible, aunque se pueden citar algunas dependencias secundarias de las precedentes escuelas ascéticas que Nuestro Santo experimentó en su vida (dominica en Florencia, benedictina en Montecassino, ignaciana y capuchina en Roma, etc.);

4)   Él, sobre todo, ha dejado en herencia un gran patrimonio de doctrina oral y de ejemplos a su numerosa descendencia espiritual, que, bajo la mirada de la Divina Providencia, sigue aún la huella del Padre y se multiplica, en las numerosas congregaciones filipenses, al influjo santificador.

 

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4. Algunos otros relieves generales

1.      Felipe, como ya se ha dicho, aun no queriendo crear un nuevo tipo de vida cristiana en la consecución de la perfección, y no obstante no haber dejado ningún escrito a propósito, porque así lo quiso explícitamente, cuanto más estaba en él el esfuerzo de quedar en lo ordinario, tanto más resultó su impronta extraordinaria, singular.

2.    Si se quiere encontrar alguna huella de este bizarro camino de perfección, se puede decir que debe ser buscada en la vida y obra de la Iglesia primitiva, que fiel al único Maestro, Jesucristo, practicaba el ejemplo y el mando, más genuina e integralmente.

3.    Otra característica general está dada por el hecho de que San Felipe no obligó a ninguno a seguirlo en su mismo camino: no quiso ninguna obligación para sí y no la quiso para ninguno. La única vez que cambió su camino fue sólo para obedecer a Dios quien, en el Espíritu Santo, le hablaba a través del confesor o del mismo Sumo Pontífice.

Sin embargo, el camino de Felipe, aunque imprede­cible por el momento vehemente, es de tal manera luminoso que cualquiera que lo recorra libremente encontrará tanto espacio que, practicándolo, creerá ser el único que lo recorre; tan vastos son los confines del camino que Felipe Neri indicó para lograr la perfección cristiana.

 

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5. Las fuentes de la espiritualidad de San Felipe

1.      Éstas son, sin duda, la vida misma ejemplar del Santo, su virtud y su palabra viva, calurosa, extem­poránea y un pequeño carteo (algunas cartas, algún soneto, alguna frase).

Famosos son ahora los dichos de San Felipe; sus máximas, transmitidas en el confesionario o en la recámara donde acogía a sus primeros discípulos, o de labios de quien había sido afortunado confidente. Son numerosísimas.

Palabras vivas, por lo tanto, experiencias vividas, consejos prácticos, cotidianos, indicaciones inmediatas pero que, no obstante su directa frescura, revelan una profunda presencia, razonada y práctica en aquel que ya era avezado en la conquista de la virtud a través de la mortificación, la plegaria y la perseverancia.

2.    Fuentes, también autorizadas, son los testimonios escritos de tantos hijos espirituales, recabados en las memorias originales en el proceso de canonización de San Felipe: son recuerdos personales, encuentros íntimos, indiscreciones oculares, confidencias secretas, ocasionales; pero también búsqueda hagiográfica, poemitas latinos, poesías laudatorias, pequeños tratados, cartas a la comunidad, reflexiones personales, biografías, vademécum; tantos son los ejemplares de los escritos sobre San Felipe y su espíritu de parte de sus hijos y de los que lo estiman.

Puestas estas premisas generales, ahora es oportuno preguntarse: ¿cuáles son las coordenadas particulares, peculiares, cualificadoras de la espiritualidad filipense, es decir, de San Felipe? Para dar una respuesta, lo menos inadecuada posible, será necesario, primero, cumplir un itinerario, aunque breve, pero que se desenvuelve dentro del ánimo, el corazón, el espíritu de Felipe mismo, de tal manera que antes de valorar las acciones, se pueda al menos encontrar una huella de sus intenciones, es decir, las directivas interiores, su forma­ción religiosa e intelectual, el ambiente en el que vivió, las personas que influyeron sobre él, las circunstancias favorables o adversas que, por voluntad o permiso de Dios, lo forjaron para volverse el hombre santo que fue. Pero esto será el contenido del próximo capítulo.

Como conclusión, entre tanto, de este capítulo, suficientemente dedicado a la espiritualidad, en general, de San Felipe, pero no ciertamente exhaustivo, he aquí cuanto escribe el padre Cistellini en el Dizionario degli Instituti di perfezione presentando la espiritualidad del venerado Padre. Puede servir como un óptimo cuadro panorámico. "No obstante sus excepcionales experiencias místicas éxtasis, arrebatos, levitaciones Felipe ha trazado para los suyos un sistema ascético concreto y práctico de perfección, aunque no elaborado en textos sistemáticos. Era su convicción que "la vida espiritual, tenida por cosa difícil, se volviese de tal manera familiar y doméstica, que para cada estado de las personas se vuelve grata y fácil; en su profesión, laico o clérigo, prelado o príncipe secular, cortesano, padre de familia, literato o ignorante, noble o no noble, mercader y artesano y toda clase de personas, era capaz de vida espiritual" (Talpa). San Francisco de Sales aplicará genialmente estos principios establecidos medio siglo antes por el padre Felipe.

Pero ante todo es necesario desear la perfección: "Lo importante es decía el padre que seamos santos". Y también: "Es necesario desear hacer cosas grandes para el servicio de Dios y no contentarse con una bondad mediocre".

No obstante, para la realización de este programa máximo, está excluido todo rigor y austeridad, están subvaloradas así las penitencias exteriores, posibles solamente a pocos iniciados.

Una "discreta moderación" (Manni) y aquello que se dijo, "el heroísmo del sentido común" (Faber), posibles para todos en cualquier estado, informan su dirección espiritual. Por eso pone en la base de todo la humildad.

El Oratorio es sobre todo escuela de humildad y Felipe es maestro genial, capaz de ocurrencias origina­les, bizarras y alegres, para mortificarse a sí mismo y a los suyos. Además está convencido que la renuncia a sí mismo es condición absoluta para la conquista de almas para Dios: "Denme diez personas verdaderamente desapegadas y con éstas me da la confianza de convertir a todo el mundo".

El amor de Dios, que es esencial, brota de esto, de la abnegación de sí mismo: "Concentrémonos tanto en el divino amor y entremos tan adentro en la llaga del costado, en la fuente viva de la sabiduría del Dios humanado, que nos inundemos a nosotros mismos, que no encontremos la ruta que nos lleve afuera". Cristo es el vértice de todo su amor y no hay libertad de elección: "Quien desea otra cosa que Cristo, no sabe lo que desea; quien busca otra cosa que a Cristo, no sabe lo que busca; quien actúa y no por Cristo, no sabe qué cosa hace".

Del amor de Dios en Cristo emana la amplia gama de las virtudes que en conjunto, armonizadas, realizan la figura del auténtico cristiano. La caridad, por ser de primera importancia y característica de la cristiandad naciente, será la virtud emblemática del Oratorio (y después el vínculo esencial de la Congregación).

Ésta se traduce en el acogimiento y comprensión amorosa de todos, en la solicitud para toda clase de necesitados enfermos, pobres, desventurados de cualquier condición.

Otras virtudes que están en la línea directiva de Felipe recapitulan y reavivan las normas del bien vivir en el surco de la ascética tradicional y del magisterio tridentino, la integridad de costumbres y la sencillez de vida ("Se espera en la pureza de corazón, porque el Espíritu Santo habita en las mentes cándidas y sencillas"); la paciencia ("¡Pasé este día y después estoy contento!"); la obediencia ("El verdadero holocausto que se sacrifica a Dios es el altar de nuestro corazón"... "Un camino resumido para llegar rápidamente a la perfección"; "es más de estimarse el que se viva bajo la obediencia la vida ordinaria que hacer penitencia por propia voluntad"); el pleno abandono a la voluntad de Dios ("Como Tú sabes y quieres, así haz conmigo, oh Señor"; "¡El Señor concede en un momento aquello que no se ha podido obtener en decenas de años!"); la dócil aceptación de la cruz ("La grandeza del amor a Dios se conoce por la grandeza del deseo de que el hombre tenga de padecer por amor suyo", "Es necesario aceptar la adversidad que Dios manda sin demasiado discurso y tener por cierto que es la mejor cosa para nosotros").

El ejercicio de la virtud está acompañado y poten­ciado por la práctica religiosa según la enseñanza de la Iglesia, recién precisadas por las normas tridentinas. En primer lugar está el culto eucarístico: la misa (¡memo­rables son las celebraciones privadas del Padre!), la comunión frecuente, la adoración, sobre todo de las cuarenta horas (de las cuales el Oratorio fue de los más eficaces propagadores), junto con la devoción a la Virgen y a los Santos, tierna, efectiva, ingenua pero riquísima en sus expresiones. Tanto la plegaria mental, de la cual Felipe está entre los más autorizados maestros, como la vocal, en las formas más variadas y pintorescas, ocupan un gran lugar en los ejercicios oratorianos.

La Congregación tendrá entre sus fines principales el culto sagrado: en el ambiente filipense las funciones litúrgicas fueron siempre objeto de particular atención. E1 amor al templo y su decoro no estuvo entre las últimas razones de la atracción ejercida por Felipe y su Oratorio. Y todo esto práctica ascética, participación sacramental, culto, ejercicio de oración está permeado por una constante nota de alegría. Felipe, o de la alegría cristiana, es el título de una célebre obra de un ilustre admirador suyo, el cardenal Valier.

La ecuación es, pues, antigua y expresa la caracte­rística más visible y singular de la espiritualidad filipense. En la alegría, para Felipe, se resuelve y se sublima la fatiga cotidiana ("El Paraíso no está hecho para los flojos"), conectada con el vivir sinceramente el Evangelio y con el sostener los afanes.

Pero es un estado de alegría que difiere un tanto de la sosegada alegría franciscana: la alegría de Felipe emana de su carácter alegre y festivo, amable, jocoso, burlón. Este júbilo chispeante, vivaz, brioso, que reviste todo el sistema formativo, su dirección pedagógica: "Deléitense con la vida común, huyan todos de la singularidad; atiendan a la pureza del corazón, porque el Espíritu Santo habita en las mentes cándidas y sencillas y Él es el maestro de la oración y quien hace estar en continua paz y alegría, lo cual es un pregustar el paraíso"; "E1 servidor de Dios debe estar siempre alegre", "Estén alegres para que no estén en pecado".

Las no raras expresiones aparentemente pesimistas, además de contrastar, viendo bien, armonizan con su nota jovial: "Nada encuentro en este mundo que me agrade, y me agrada que sea así"; "Dios no tiene necesidad de los hombres"; "No es necesario confiarse del fervor de los jóvenes porque es fuego de paja"; "Señor mío, quisiera aprender la ruta para ir al cielo". He aquí la clave: el tiempo y la realidad terrestre, deseables o adversas, están a sus ojos empapadas de luz crepuscular, anuncio de eternidad. Lo dice bien, jugando con el capelo cardenalicio, muchas veces ofrecido: "¡Paraíso, paraíso!"

 

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CAPITULO 2. La intuición de San Felipe Neri

1. Las grandes decisiones de Felipe Neri

Una de las más inquietantes dificultades para cualquier hombre que quiera realizarse es la sufrida para escoger cómo establecer el propio itinerario hacia el porvenir. Algunos son afortunados, como los padres y maestros. Circunstancias favorables de la vida facilitan esta elección, ofreciendo ya una vida preparada. En cambio otros, humanamente menos afortunados, están de tal manera confundidos de los acontecimientos, que casi están obligados a escoger determinada imposición de la vida en vez de otra, quizá más deseada y más consonante tal vez con el propio temperamento y gusto. Por último están otros, y son pocos, que con valor, venciendo toda circunstancia opuesta, atractiva o adversa, se imponen a sí mismos una elección que aunque no está del todo delineada y clara, se manifiesta precisa y fuerte, ofreciendo, la mayoría de las veces, con el tiempo y la perseverancia, un éxito excepcional.

Es el caso, este último, de Felipe Neri. En efecto, la vida de este "florentino, espíritu bizarro" como lo definió Giovanni Papini; sin embargo, proveyéndola de buenas dotes de carácter (sinceridad, sentido del humor, alegría, intolerancia a las obligaciones, intuición) y buenas cualidades físicas: belleza, armonía, mirada viva, penetrante, está ciertamente determinada por lo que toca sólo exteriormente (porque es Dios quien con su Espíritu conduce) de fuertes decisiones: dos momentáneas pero determinantes, y una estable y calificante.

La primera es a la edad de 18 años: Felipe, despreciando todo honor de casado, deja la familia y su inolvidable Florencia, donde ha transcurrido los años más tranquilos de su adolescencia. Bajo la guía de los Padres Dominicos, en el famoso convento de San Marcos, ha forjado suficientemente su espíritu, impregnándolo de amor a la oración litúrgica, a la Virgen Santa, a la palabra de Dios, a la cultura, al arte.

Esta primera elección, es decir, salir de su tierra tan amada, es fundamental y como un nuevo Abraham va al encuentro de su futuro destino: ¿qué hubiera llegado a ser Felipe si se hubiera quedado para siempre en Florencia?

La segunda es algunos años después: despreciando toda riqueza, deja al tío Rómulo y su seguro porvenir de mercader en Cassino para dirigirse a otra ciudad, grande y peligrosa, como lo era entonces Roma... Pero entre tanto, bajo la guía providencial de los Padres Benedictinos de Montecassino, Felipe ha aprendido, como abeja que recoge, otro aspecto de la vida cristiana: el amor al silencio, al canto, a la penitencia, al trabajo, al diálogo.

Rico sólo de estos íntimos tesoros y de pocas monedas, el futuro santo se encamina nuevamente hacia una meta que, por muchos motivos, se presenta impredecible y en grado máximo incierta.

¿Qué cosa o quién ha impulsado a Felipe a esta determinación? ¿Por qué exactamente a Roma? Cierto es que sin esta nueva, valerosamente desconcertante elección, Felipe no se hubiese convertido en aquello que Dios esperaba de él; y Roma, y las almas, nosotros mismos.

La tercera y más dura, más incisiva, más determinante y al mismo tiempo cualificante, marcará la vida de Felipe no sólo una vez, sino sobre todo un progreso espiritual cualitativo. En efecto, transcurridos algunos años como laico, amando la soledad de las catacumbas o soñando en tierras lejanas de conquista misionera como Francisco Javier, nuestro Santo se forja a la sombra del Espíritu que todo penetra con la flama de su fuego divino e impetuosamente lo impulsa, a fin de que la luz comience a resplandecer en el candelero. Felipe, por un natural desdén recalcitrante, se esconde, rehúsa: puede amar a Dios y al prójimo también así. Mas al fin cede y, en la obediencia al confesor, decide hacerse sacerdote. Es una elección que le cuesta porque le impone, no el dejar honores, como a los 18 años, o la riqueza, como a los 20, sino el renunciar a sí mismo, a su gusto natural, profundo, de quedar pequeño, de abrir a todos su escondite, su libertad. Pero es la elección que de ahora en adelante lo cualifica, lo enaltece, lo ata, llegando a ser día con día el nuevo, ardiente apóstol de Roma.

 

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2. Las grandes intuiciones de San Felipe

 El admirable patrimonio intelectual, moral, religioso de S. Felipe explota ahora, comienza a manifestarse. Los principios que lo impulsan interiormente a actuar son profundos, entretejidos ahora en su sangre, en su corazón. Parece decirse a sí mismo: ¡quiero santificarme y santificar!

1. Es la primera gran intuición: la santidad es para todos. Mantener que la santidad es para pocos elegidos, para algunas categorías de personas, es, en efecto, un gran error, porque tal convicción pone con facilidad en el cristiano común el relajamiento en la lucha por la misma vida de gracia que de un momento a otro puede ser perjudicada.

Además, tal mentalidad restringida está también contra el precioso deseo de Cristo, quien ha dado a todos el mandato de tender a la perfección ¡Sean perfectos como es perfecto su Padre celestial! y si bien es imposible para la criatura humana llegar a tal perfección, Jesús quiere enseñarnos que se debe hacer todo el esfuerzo posible para lograr el grado más excelso posible de virtud, de mérito, de perfección.

2. Pero he aquí la segunda genial intuición de San Felipe (¡genial sobre todo si se relaciona con la época en que vivió el Santo y con la mentalidad de aquel siglo!), Jesús no quiere de todos una vida extraordinaria. Aunque muchos la han recorrido, como el mismo Felipe, él sabe que muchos, ante tal perspectiva tan ardua, se desalientan y lentamente abandonan enseguida el camino de la santidad, manteniéndola como muy atrevida e imposible para las fuerzas humanas. Felipe es para la vida de santidad común, esto es, para aquella vida que está privada de circunstancias singulares, de dones celestiales extraordinarios, de lances heroicos, de aquella vida a la que se le han ofrecido sólo las ayudas divinas necesarias para conseguir la salvación del alma, atrae a los corazones y dulcemente los anima por el sendero del amor.

3. Las intuiciones de Felipe continúan: pero ¿en qué consiste entonces esta vida ordinaria de perfección que para todas las almas no sólo es recorrible sino necesaria? Para Felipe la verdadera santidad no consiste en hacer larguísimas oraciones o en estar gran tiempo en la iglesia o en el observar ininterrumpidos ayunos o en cumplir maravillas entre éxtasis y milagros. Esto es accidental y no se pide; en vez de aquello, es indispensable, sustancial, insustituible, de mayor amplitud, la interna disposición de ánimo que impulsa al hombre, a todo hombre, a actuar constantemente, en el presente, el designio de Dios sobre cada uno; es decir, consiste ‑como explica egregiamente San Gregorio Niceno"- en una voluntad ilimitada de ascender cada vez más en la virtud, sin quedar satisfecho en ningún grado", santidad que para Felipe mismo consiste "en tres dedos de espacio", tocándose, mientras habla, la frente, para indicar que en la perfecta adhesión de nuestra voluntad con la divina está la perfección del hombre.

El verdadero cristiano, en resumen, es aquel que con constancia camina por el camino del bien y en esto crece día con día, como el sol que apenas despunta en el horizonte, se mueve y crece al pleno mediodía; o bien, según el salmista, como un árbol que, plantado a la orilla del río de agua limpia, crece y se dilata hasta alcanzar con sus ramas, por así decirlo, hasta el cielo.

4. En este fiel cumplimiento del precepto divino, en esta plena, perseverante, ejecución de estos deberes que a cada uno de nosotros corresponde por razón de esta vida en la cual nos ha puesto la siempre adorable Providencia divina, está pues la santidad que, para ser meritoria, debe obviamente gozar de estos tres requisitos:


I. Recto fin para agradar a Dios
II. Exactitud generosa
III. Perseverancia

¡Este es el heroísmo del "terrible cotidiano"! Este es el camino común que San Felipe propone a todos, además de a sí mismo.

Una vía simple, pero igualmente obligatoria porque, mediante ésta, se debe realmente derribar la triple concupiscencia, el propio egoísmo y las múltiples circunstancias, a menudo adversas, de la vida.

Una vía que debe, también, durar toda la vida: "¡es fácil ilusión amonesta propiamente S. Felipe el querer ser santo en un día o de un golpe!": Nemo repente fir summus (nadie es grande de repente), lo había precedido con lapidaria sentencia San Agustín.

5. Pero ¿cuáles son los medios que Felipe propone para conseguir tal santidad, necesaria para todos? A esta pregunta aparece inesperada la más genial de las intuiciones de Felipe Neri.

Aquí sólo se señala brevemente, para retomarla más adelante y con más amplitud en el discurso, en cuanto a esta original intuición de Felipe Neri que es la suma de toda su gloria y su mérito. En efecto, quien penetra en el estilo de vida y en la palabra viva de San Felipe advierte fácilmente el frecuente y querido recurso a la cristiandad primitiva porque en ésta Felipe ve:

I. el modelo de una praxis de vida cristiana evangélica, apostólica;

II. el despertar de un amodorrado fervor de santidad para los cristianos de todo tiempo. Para revivir este amodorramiento o, mejor, para reorganizar la vida cristiana sobre el modelo primario, he aquí los medios saludables que Felipe propone:

IV.             encuentro cotidiano, familiar con la Palabra de Dios, no sólo directamente sobre la Sagrada Escritura, sino también mediante la lectura de la vida de los Santos, de la historia de la Iglesia, de libros piadosos;

V.              plegaria personal y comunitaria, intercalada con el canto y la música, restaurada con amables paseos y gustosas bromas;

VI.             vida sacramental, especialmente con los sacramentos de la penitencia con la dirección espiritual, y de la Eucaristía;

VII.            servicio a los últimos: pobres, enfermos, viejos, peregrinos: despreciados, abandonados, solos.

Estos medios, presentados así, pueden parecer a los modernos, de escasa originalidad; en cambio, éstos la gozan ampliamente.

I. no sólo porque es necesario remontarse a la época, el Cinquecento, en el cual hablar de la Palabra de Dios era bastante peligroso gracias al Protestantismo que había hecho demasiados abusos; además, si se piensa que sólo después del Vaticano II, la palabra de Dios ha vuelto a resplandecer en manos de todos los fieles;

II. pero también por la manera singular con la que Felipe hace uso de estos medios tradicionales de la Iglesia;

III y, por último, por los admirables efectos que Felipe supo cumplir en las almas de sus seguidores, y esto se verá, con orden, más adelante.

 

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CAPITULO 3. Profundizaciones sobre la espiritualidad de San Felipe Neri

 El camino se va despejando siempre más ampliamente en la búsqueda de la espiritualidad que San Felipe ha dejado como preciosa herencia. Haciendo un resumen de cuanto ya se ha dicho en general, he aquí qué indica­ciones han emergido hasta ahora:

I. el fundamento intuitivo de la espiritualidad de San Felipe: la vida de la primitiva comunidad cristiana;

II. los medios fundamentales para reavivarla en plenitud de fe, de esperanza y de caridad.

Es cierto que en este punto es necesario una ulterior profundización, sacarla directamente de las coordenadas de la auténtica y peculiar espiritualidad filipense no sólo porque resultan más evidentes, sino también porque mayormente llegamos a ser atraídos y estimulados a la práctica.

 

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Los trazos relevantes de la obra de San Felipe

Primera profundización:

 

I "El susurrar un aire suave"

1. La característica manera de hacer apostolado, por lo que respecta a San Felipe, fue definida por el Cardenal Newman como el "susurrar un aire suave". En efecto, el suyo fue

I.                          un apostolado humilde no sólo porque fue directo a los humildes, a los pequeños, a los alejados, a los necesi­tados, a los peregrinos, a los enfermos, sino también por la manera modesta, escondida, desinteresada, de hacer el bien: es la primera característica que salta inmedia­tamente a los ojos;

II.                     un apostolado espontáneo, porque Felipe sin descanso ni burocracia se prestaba siempre y en cualquier parte que se necesitase su obra, su palabra, y porque lo hacía de manera discreta, libre, desinteresada: no se puede omitir esta segunda característica, de otra manera se falsea la identidad de Felipe apóstol;

III.                un apostolado eficaz porque, también como laico, Felipe se acercaba a las almas y dulcemente las convertía con la fuerza de la humilde persuasión, con el vigor de su ejemplo arrastrador y no olvidaba sostener también los cuerpos a menudo arruinados o desnutridos: esta característica parece obvia, sin embargo esta es la manifestación de la fuerza interior que Felipe poseía cuando se acercaba a las almas.

IV.                    un apostolado original por la inmediatez, por la escasez de estructuras, por la tenacidad, por la fuerte personalidad; original también por la manera de acercarse al prójimo, de actuar, de hablar, por su espíritu alegre pero respetuoso, alegre pero siempre penetrante: ¡será verdaderamente esta originalidad lo que hace de Felipe un santo amable y simpático!

2. "Fijado en el centro del cristianismo, él debe no evangelizar, sino atraer; su instrumento no debe ser el bautismo, sino más bien la penitencia". El confesionario será el sello y la marca de su singular apostolado.

Así como San Francisco Javier se agotó "bautizando miles y miles de infieles, Felipe consumió su existencia en el confesionario, donde pasaba jornadas enteras y noches enteras, confortando, enseñando y guiando a los penitentes por la estrecha vía de la salvación" (Card. Newman).

Mientras San Ignacio de Loyola buscaba "lauros en filosofía y teología" para dar un fundamento a su Compañía, justamente preocupado por salvar la estructura jurídica de la Iglesia malversada por los fenómenos históricos que habían conducido al Concilio de Trento, San Felipe Neri se rodeaba de literatos, de políticos, de poetas, de músicos, de artesanos, de pobres, de enfermos; en suma, de situaciones humanas y terrestres para conservar la estructura eclesial de la cristiandad.

Los historiadores más acreditados de la vida de nuestro Santo, los franceses L. Ponelle y L. Bordet escriben: "El Oratorio no tiene nada del cenáculo que se aísla de la vida pública y que se cierra a las influencias de fuera".

Una juventud airosa, ruidosa, un poquito culta y artista, es la que lo frecuenta. Es mejor romper los caracteres singulares y refundirlos según un modelo ideal; Felipe busca, por el contrario, excitar, estimular, todas las cualidades naturales. Vaciando en cada uno el precioso licor de la vida sobrenatural, respetaba, por así decir, "las formas del vaso, contento de que se dispusiese para un nivel natural".

Del resto, como siempre en la Iglesia, la novedad de un apostolado semejante era más aparente que sustan­cial: Felipe había sabido acoger el flujo de la tradición cristiana para canalizarlo en las formas incipientes de la civilización moderna.

 

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II. La pedagogía de San Felipe

1. Hecho sacerdote en 1551 y recibida la facultad de escuchar las confesiones, Felipe comenzó o, mejor, recomenzó a los 36 años aquello que había sido su misión apostólica: "incitar ininterrumpidamente a las almas a Cristo", como se expresaba en una de las lecturas del viejo oficio de las horas respecto de San Felipe; misión que durará 45 años, interrumpida sólo por la muerte (1595), procurándole el título, ni más ni menos que de segundo apóstol de Roma, después de San Pedro.

2. San Felipe, sin quererlo precisamente, pero bajo la guía del Espíritu Santo, inició una verdadera, nueva táctica pedagógica que muchos seguirían después.

Su actitud hacia el educando, joven o adulto, hombre o mujer que fuese, estaba dictada sobre todo por la intención de transformar positivamente a todo el hombre: al cuerpo, con la salud, el alivio, el dominio; el alma, con alegría cristiana, la vida de gracia y el ejer­cicio de la virtud; al espíritu, con la elevación, la cultura, el arte, el brío.

Las bases humanas sobre las cuales Felipe hacía palanca para transformar o madurar a todo el hombre eran el conocimiento recíproco y la confianza, el descubrir el bien de cada uno, esto es, el lado positivo, juntando sobre esto una construcción de sólida madurez humano‑cristiana. Desarrollaba, además, el ejercicio de las pequeñas virtudes naturales, secundando las buenas dotes, para unir después a la práctica de las virtudes sobrenaturales.

En cambio, las bases de gracia a las cuales Felipe recurre con frecuencia eran el constante uso de los sacramentos, especialmente de la confesión, de la dirección espiritual y sobre todo el diario empeño de combatir la vanidad y la ambición con el amor y la práctica de la humildad y de la inteligencia: ¡el hombre humilde para Felipe es el verdadero hombre delante de Dios, de sí mismo y del prójimo!

3. Felipe Neri, como educador, "no abrió escuela en el sentido usual y burocrático de la palabra, ni trazó normas teóricas de enseñanza. Fue algo más: un maestro del espíritu, un experto educador de la conciencia, un confesor santo e iluminado".

Con su multiforme actividad entre los pobres y los ricos, laicos y eclesiásticos, niños y adultos, supo crear un atmósfera espiritual, libre y serena, que después actuaría directamente sobre la conciencia, sin forzarla, transportándola así voluntariamente a vivir una existencia digna de los hijos de Dios, exenta de cual­quier yugo que no fuera aquel dulce y suave de Cristo. De los niños en particular se hizo amigo, volviéndose compañero de sus juegos, observador atento de sus movimientos instintivos, de sus primeras perturbaciones.

Fue también para ellos un padre y un maestro, con­vencido que el futuro de una sociedad civil y el bien de la Iglesia dependen de la formación física y espiritual de las nuevas generaciones. San Felipe, en la comprensión y en el respeto de la personalidad del niño, no se hace extraño de la sociedad cómo preferiría Rousseau sino que va al encuentro de esta sociedad, en el pueblo, en los grupos que se mueven en las calles. Y sobre aquellos que deducen por investigación científica, como Spinoza, que decía que es más rica la personalidad de quien vive en sociedad obedeciendo la ley de la convivencia civil que la de quien vive en estado salvaje, obedeciéndose sólo a sí mismos, Felipe llega, por intuición psicológica, mediante la observación y el contacto directo.

Más aún, el espíritu educativo de Felipe está bien intuido especialmente en aquella otra actitud, esto es, la de hacerse "niño con los niños", exactamente como lo hace una madre, que haciéndose pequeña con su criatura la eleva a sí y busca entenderla; adaptándose a su lenguaje y tomando en serio sus cosas, se hace entender de aquélla.


Pero no se ha olvidado aquel otro aspecto que consiste en la necesidad de una educación positiva, de una autoridad liberadora que sea ayuda para el impulso interior en el desarrollo de las dotes aún latentes del educando. Y si el respeto a la libertad del otro excluye toda intervención intempestiva del educador y toda violencia (exterior, psicológica, moral o física) tal respeto no rechaza sino que exige la acción prudente y amorosa del educador, para que el educando se vuelva educado, o sea, pase al desarrollo de aquellas dotes que de otra manera permanecerían sin cultivar o directa­mente inertes.

Pero el educador, según la pedagogía de Felipe Neri, no debe transferir al niño el propio mundo interior, con el pretexto de adaptarlo, debidamente reducido, o de querer revivir el mundo de los pequeños adaptándose él mismo, de cualquier modo, a sus proporciones mentales propias; por el contrario, debe, como verdaderamente lo operó San Felipe, hacer que las dos personalidades, aunque procediendo paralelamente, se mantengan inicialmente distintas en los respectivos planos, de tal manera que la obra del educador consiga progresiva­mente llevar al más alto nivel la personalidad del educando, favoreciendo el desarrollo interior, con el continuo tenderle la mano, por así decirlo, en él por hacerlo "espontánea y sabiamente progresar hacia el plano más alto de la madurez".

San Felipe, como todo educador por vocación y por temperamento, aunque obviamente ignorante de nuestra actual cultura teórica vasta y multiforme sobre la educación, no sólo toma interés por la vida del niño, sino que también juega con él, lo entretiene y le habla de aquellas cosas que desea vivamente y busca comprenderlo.

A propósito, hay un dicho de San Felipe que se ha vuelto ya clásico, parecido al de "Conócete a ti mismo" de la filosofía antigua, al "Abstente y resiste" de los estoicos, al "Ama y haz lo que quieras" de San Agustín; aquel de "Sean buenos, si pueden".

El santo, sin conocer nuestros actuales estudios de psicología, había intuido la ley del temperamento. Es decir, cada niño y, por lo tanto, todo hombre o mujer, tiene su constitución a la que obedece, que le da después un carácter personal con exigencias particulares, con aspiraciones subjetivas: ahora bien, querer sujetar a todos a un solo reglamento de conducta es como violentar la naturaleza de cada uno; Felipe sabía entonces, por experiencia, que cada uno era original, que cada uno era distinto del otro. Por esto San Felipe, por aquel impulso de verdad que tenía en el corazón y que le hacía brotar su gran amor por los pequeños, estudiaba la personalidad, las tendencias y cuidaba amablemente el desarrollo, enmendando los defectos, sosteniendo y valorando las dotes. ¡Cuántos a impulso de Felipe han podido explicitar sus dotes artísticas! ¡Cuántos, por el celo de Felipe, han podido dar lo mejor de sí mismos a Dios, a la sociedad!

Y Felipe será fundador de un instituto de personas consagradas que deberán conservar no sólo el culto de la libertad personal unida a la responsabilidad personal, sino también, gracias a tal libertad y responsabilidad, usar todos los talentos que Dios les ha concedido. ¿En cuál otro instituto religioso esto no sólo será auspiciado sino también directamente valorizado? Sin embargo, Felipe, animado por el Espíritu, ha tenido la fuerza interna de proponerlo como ideal cristiano y religioso en un mundo como aquel del siglo dieciséis, donde todos, aun los pequeños particulares, se regían por leyes, prescripciones, sanciones, donde la obediencia ciega era regla rígida; donde lo mandado por el superior era evangelio que debía seguirse al pie de la letra sin dar margen a la libre iniciativa personal. Es verdad que había mérito en el obedecer, pero ¡cuántos talentos o dotes, incluso simplemente naturales, llegaban a ser enterrados en el nombre de la obediencia ciega y por eso poco iluminada!

Felipe comprendió también que muchas acciones, movimientos, actitudes, inquietudes y también aparentes travesuras, especialmente de los niños, no eran fenómenos de mala voluntad como para que llegaran a ser inmediatamente castigados o reprimidos, ni siquiera inmediatamente catalogar, valorar o algo así, sino a menudo eran como una necesidad motriz, manifes­taciones del instinto que se deben gobernar con mano dulce y firme, nunca reprimir con la prepotencia o el paternalismo. Hoy todo esto es pacíficamente aceptado, investigado por la sana pedagogía, pero piénsese cómo era entendido, aceptado, practicado, este nuevo y original modo de concebir la educación (prevenir, no reprimir) hace cuatrocientos años.

Felipe sí, y no sólo entendió cuán necesario era este modo de educación sino que también lo practicó, volviéndose maestro educador para tantos otros maestros educadores, no en último lugar, el gran pedagogo de niños San Juan Bosco.

Por último, no puede dejar de señalarse, para hacer más adelante un examen más serio, aquella característica peculiar del carácter de San Felipe: la alegría. En efecto, él decía que consigue más fácilmente la perfección cristiana un carácter alegre que un carácter melancólico; por esto repetía a menudo: "¡Escrúpulos y melancolía fuera de la casa mía!" y si veía a un joven triste, aislado, se le acercaba, lo interrogaba afablemente y no lo dejaba hasta que lo hubiese reconducido a la serenidad, bien conocedor de cuán funestas eran las crisis de melancolía en los adolescentes.

Para defender la alegría cristiana, San Felipe no rechazaba el recurrir ‑a menudo con el horror de sus contemporáneos‑ a las bromas, al golpeo juguetón, a burlas convenientes.

Enemigo acérrimo del ocio, Felipe soportaba de buena gana el que los muchachos hiciesen ruido y disturbasen también, a condición de que fuesen alegres y no cometieran pecados. Solía repetir con argucia y convic­ción que para obtener este fin hubiese soportado que le partiesen leña en la espalda. Por eso empleaba cualquier trabajo para tener ocupados a los muchachos, porque concebía la recreación, la diversión sana, como alivio para el alma y como distracción para el cuerpo, pero sobre todo como educación para el hombre. Concluyendo este párrafo, que no es nunca exhaustivo, es tan rica e inexplorada todavía hoy la obra pedagógica de San Felipe, "nuevo Sócrates cristiano" (porque nada escribió, elaborando su propio sistema) que se puede afirmar, en síntesis, que San Felipe, viviendo hasta la tercera edad entre muchachos jóvenes, ha escrito en sus almas páginas más gloriosas que tantas obras escritas e impresas sobre el papel, porque Felipe no mide al ser humano sólo por los datos psicológicos; antes bien, por su vitalidad interior y su don de abrirse a Dios y a su gracia.

Así pues, tres son los aspectos de la novedad que San Felipe introdujo en el campo de la educación cristiana, válidos aún hoy:

1.      educar a todo el hombre, alma, cuerpo y espíritu;

2.    recurrir a las dotes naturales aceptando a todo el hombre para madurarlo integralmente como Dios lo ha creado y lo quiere realizado;

3.    presentar una pedagogía cristiana, serena, alegre, espontánea; también se dirige a lo íntimo del corazón para transformarlo‑educarlo desde dentro.

 

Las formas concretas de la pedagogía usadas por San Felipe se pueden sintetizar en estas cuatro tácticas:

 

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1. El diálogo personal

Este implica al educador y al educando directamente, con una acción inmediata sobre el alma y sus vicisitudes. A menudo las grandes prédicas, aunque inflamadas, porque se dirigen a la masa, no conquistan a cada uno de los corazones, tocándolos personalmente y provocando sobre todo una respuesta personal, como puede suceder en un coloquio de tú a tú.

Felipe comenzó así: su estancia se vuelve el centro de su irradiación apostólica; se acercaba a las almas directamente, en el secreto de los cuatro muros, como ya desde antes como laico, andando por las callejuelas de Roma, se acercaba ora a esta persona ora a aquella para tocar personalmente el alma y para inducirla a la conversión.

Felipe no ha sido nunca el hombre de las conferencias, de las mesas redondas sino del coloquio individual, directo, provocador. Ni siquiera fue el hombre de la prédica, tan en auge en sus tiempos, más bien sabía que con un movimiento de espíritu, con un golpe burlón, con una vuelta a la socarronería, pero con intención, hace reflexionar, hace sacudir a los pececillos para hacerlos caer en el anzuelo de su celo, y en secreto de su confesionario o en el silencio de su recámara los inducía singularmente, individualmente, a la madurez, a la fe.

Felipe fue poco propenso al púlpito; por esto, prefería conversar amablemente, hábilmente y con arte tan avezado que cuantos lo veían o lo escuchaban exclamaban: El Padre Felipe atrae a las almas como la calamidad. Adaptándose con estilo personal pedagógico al temperamento de cada uno se hacía "todo con todos, para poder hacer ganar a todos para Cristo".

Enseñó a las mujeres sencillas del pueblo la plegaria mental, condujo a los muchachos a jugar con lealtad, protegió a los huérfanos, hizo de maestro de novicios de los Dominicos, dirigió y educó a mecánicos, artesanos, empleados, mercaderes, artistas y hombres de ciencia. Era consultado por monjes, canonistas, abogados, médicos, mujeres aristócratas, condenados a muerte. Además era consejero de prelados, cardenales, papas.

Todos usufructuaron de la potencia de su palabra susurrada pero eficaz e incisiva.

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2. La lectura

Porque para Felipe Neri no bastaba retirar al hombre del mal, convertir su camino del vicio o bien indicar el camino de la virtud; era necesario dar ideas nuevas, estimularlo al bien mediante la presentación de modelos nuevos virtuosos para estimular la emulación, el deseo de imitación, impulsar al heroísmo. Felipe debe mucho a la lectura: con ésta se instruye, se enfervoriza, se divierte.

Son conocidas sus lecturas favoritas: las vidas de los santos, las novelas sanas, los boletines de misiones lejanas. E indica a sus seguidores que la lectura no es sólo un válido instrumento de información sino también de formación, al proponer ejemplos prácticos de virtud, figuras heroicas de santidad, historias divertidas y serias.

Por lo tanto, de la lectura buena, edificante, serena, de lo que agrada al alma, Felipe hace otra piedra angular de su obra apostólica: la palabra podía también volar, pero lo escrito, la palabra impresa, podía permanecer, ser retomada; meditada, saboreada poco a poco y, entre tanto, dejarla que arraigue en profundidad.

Además, no era posible hablar siempre con todos, ni todos podían hablar continuamente con él, el venerado padre, y entonces un buen libro, conocido, saboreado, sustancioso, podía continuar el diálogo vivo iniciado; podía hacer germinar en el silencio y en lo secreto el sabio propósito, la buena resolución que podía parecer más una conquista personal que una imposición del confesor. Felipe confirmaba el fruto después con palabras de aliento, moderando las determinaciones excesivas, estimulando las resoluciones débiles.

Felipe no sólo se preocupó de que hubiera oposición al sutil veneno de los malos libros que pululaban en la Roma corrompida, por parte de la lectura que estimulaba a la virtud y al heroísmo, sino, con todos los medios, a veces perentorios, impulsó a sus discípulos a escribir libros, a consultar archivos. El que ha quedado como más célebre es César Baronio, a quien Felipe encargó escribir la historia de la Iglesia para contrarrestar el veneno de las herejías y calumnias de su tiempo.

 

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3. La música

Porque si la lectura instruye, edifica, madura los propósitos, aquélla enaltece, restaura, implica a todo el ser que se deja atraer por 1a música.

Felipe amaba el arte y precisamente porque estaba estropeado por la nueva concepción humanística de su siglo, el Renacimiento, quiso representarlo como era verdaderamente: el hijo de la naturaleza, la cual era a su vez hija de Dios.

También el arte alaba al Señor, también ésta, con su expresión noble, puede conducir de nuevo los corazones humanos a la glorificación no de sí mismo ni del propio genio sino del Supremo Hacedor y de sus dones.

Como verdadero apóstol, Felipe, arrancando al arte de las garras maléficas del engaño y de la lascivia, lo purificó y lo puso de nuevo en la iglesia, en la asamblea.

Entre todas las artes Felipe prefirió la música y el canto y elevándose y elevando los hizo instrumento de su acción pastoral. Para alejar a los jóvenes del teatro comenzó en el Oratorio la actividad musical; para llevar de nuevo la música y el canto a alabar a Dios llamó alrededor de sí a artistas y genios que serán famosos (quizá sólo por haber unido su nombre al de Felipe) como son Animuccia, Soto, Spagna, Palestrina.

La música y el canto para Felipe, especialmente en la melodía simple y popular (los así llamados laúdes filipenses), tienen una importancia fortísima en la educación, en la elevación espiritual, porque con su agradable influencia refinan los espíritus, unen los corazones, marcan con queridos recuerdos, las mentes; cantando el alma se aquieta, el corazón se inflama, el espíritu exulta.

¡A cuántas almas ha conquistado con este lenguaje universal! ¡A cuántas ha reconfortado, consolado, distraído del mal! Y ¡a cuántas, aunque sólo artísticamente, ha solicitado, inspirado y hecho conocer! ¡Ha sido su modo originalísimo de pescar almas!

Es cierto que no se puede concluir este párrafo sin decir que Felipe mismo con su vida fue "música de Dios" y con su palabra fue "canto de Dios", no sólo porque amaba lo bello, lo noble, sino porque, sobre todo, en él cada cosa fue una armonía interior, belleza exterior, suscitando sentimientos de amor simple y puro, de elevación cordial y sincera a Dios, reviviendo y haciendo revivir instantes de una infancia y juventud alegre y descuidada.

 

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4. Los paseos

Porque Felipe, discerniendo en sí mismo el constante anhelo de libertad, no aquella caprichosa y peligrosa, sino aquella entretejida de aire limpio, de amor generoso, de elevación mística, amó mucho pasear por la Ciudad Santa, yendo a descubrir los gloriosos recuerdos de la primera fe cristiana; y amó mucho el retirarse a la sombra de los cipreses en las colinas romanas para gustar de la paz y soledad: dos óptimas condiciones para acercarse a Dios y hablarle de corazón a corazón.

Además el aire libre, el caminar bajo la libre bóveda del cielo, el juego despreocupado en un lugar ameno, son para Felipe maravillosas ocasiones de encuentro, de diálogo, de confidencia y junto a esto de restauro sano, de alivio, de distracción a menudo necesaria, sea para sí como para sus discípulos. ¡Este trato humano, clara­mente exquisito, en la personalidad de San Felipe, es ciertamente uno de los lados más amables, que muestran la bondad y sencillez de corazón, a diferencia de otros santos que con frecuencia, presos de un silencio ascético y místico, elevando sí el ama a Dios, pero que a menudo reducen al cuerpo a una masa de músculos y huesos siempre en atención!

No, Felipe respeta al cuerpo, le reconoce la utilidad y aunque lo conserva en la disciplina que lo somete al mando del alma, le concede reposo necesario, alimento suficiente, restauro energético: sólo así el cuerpo será un óptimo colaborador y no un "saco de inmundicias". Todo en el hombre debe alabar a Dios, porque todo, incluso el cuerpo, es don magnánimo de Dios. ¿Por qué no gozar honestamente de las cosas bellas, creadas con sabiduría y bondad infinitas del Señor? Por esto a Felipe le agrada caminar por los senderos, detenerse un poco a la sombra solaz, observar sereno a quien juega y se divierte... sin pecar, expulsando melancolías y pensa­mientos inútiles.

Felipe, como Jesús con sus discípulos, invitaba a menudo a los amigos de su alma a salir: sabía que la mente humana tenía necesidad de alivio de las fatigas y preocupaciones a pie para divertir al cuerpo y elevar el espíritu al contacto con la naturaleza; sabía que la novedad del lugar, de la hora, podía reanudar antiguas relaciones amodorradas de fe y de plegaria, de intrepidez y de caridad.

En el paseo, ora ameno entre el verde de los prados ora grave entre las vías barrocas con risueños compa­ñeros, Felipe inventa, con su mente, con su corazón, un modo nuevo de ser cristiano, un modo simple y limpio, amable y humano, abierto e invitador.

Acompañándose de quien tiene junto, Felipe escucha a quien habla, abre el corazón a quien lo escucha: si canta, si ríe, si ora, dulcemente, espontáneamente y todo eso sin oprimir con la austeridad de los muros seculares, con la rigidez de las actitudes comunes sobre duros reclinatorios de madera vieja. La práctica de la visita de las siete iglesias de Roma es gozosa penitencia, es llamado espontáneo a la conversión, es aire libre y sano, es encuentro en la naturaleza, en el arte, de corazones que se elevan a Dios al final de un ocaso, en el correr de un río, en la bandada de gorjeantes pájaros. Felipe en verdad es el nuevo Sócrates que, paseando, amaestra y educa.

 

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III. La grandeza de Felipe

Cuando Felipe murió, una muchedumbre de personas, dice el antiguo biógrafo, visitó al hombre de Dios en los dos días en que permaneció en la iglesia y, besando sus restos y buscando sustraer, como reliquia, al menos un pedazo de vestido destrozado de "aquel cándido viejo", o volvió a escuchar en el corazón la amable palabra o volvió a escuchar en su recuerdo la paterna advertencia o volvió a ver con los ojos del amor su sonrisa esplendorosa.

Y en la inmensa multitud, personas de toda clase y condición social hablaban en voz baja y todos, expresando contrariedad y dolor, se quejaban por la desaparición no sólo de un santo sino de un padre amable y grande.

Savonarola había comenzado su reforma quemando laúdes y guitarras, espejos y máscaras, libros y figuras, en las plazas públicas, arremetiendo contra Satanás y sus seguidores, marcando con palabras duras y punzantes hasta al Papa; en cambio Felipe no pretendió ninguna acción exterior violenta de su auditorio, no lanzó anatemas ni quemó los vestidos humanos: en efecto, sabía bien, como se expresaría más tarde otro gran discípulo suyo, San Francisco de Sales, que "vale más una gota de miel que un barril de hiel", porque estaba convencido Felipe que, si el corazón ha sido purificado, la reforma apropiada pronto se seguiría.

No sólo esto, nuestro santo hasta supo revalorar y purificar aquellos instrumentos y aquellos utensilios que Savonarola quemó y anatematizó; por consiguiente, lo remitió, en sus manos de Santo, a alabar a Dios, porque el mal no estaba en la criatura de Dios, sino en el corazón del hombre. Por lo tanto, purificado éste, todo el resto queda puro: omnia munda mundis (todo es puro porque es puro).

Lutero inició su reforma mediante la crítica teológica, exasperando la mente y la fe, provocando confusión y malestar difuso. Se arrogó el derecho de denunciar, de levantar protestas y tesis contrarias a la doctrina de la Iglesia, conduciendo detrás de sí, vanidosamente, filas de apóstatas, señuelos de principios corrompidos y chivos expiatorios de mente soberbia. Felipe, en cambio, no ama la violencia ni física ni moral: no edifica destruyendo sino revalorando, sanando, apreciando. Y también conoce la suciedad del mundo, las insidias de las cortes romanas, la impureza de las costumbres, jamás toma la postura de reformador encarnizado, ni de castigador enviado de lo alto.

Felipe camina dulce, corrige riendo, habla en lo secreto, de tú a tú, no lanza flechas teológicas a la Iglesia sino que la defiende con celo humilde de hijo devoto, pero sabiendo distinguir su rostro humano fruncido de su cara divina "sin mancha y sin arruga".

¡Ésta es la verdadera grandeza de San Felipe!

¡Ésta es la gloria que de él brilla hasta hoy!

Profundizando aún un poco este modo suyo de actuación santa, se puede analizar brevemente el animus de la sociedad de ese siglo XVI (cinquecento) y cómo interviene ahí Felipe.

En efecto, tres parecen ser los cambios principales del siglo XVI:

   primero: fiebre ardiente de paganismo cultural con el rechazo de toda obra literaria no pagana (comprendida La Biblia);

   segundo: una muy presuntuosa autonomía e inde­pendencia del pensamiento humano de la vida religiosa y moral;

   tercero: incoherencia entre la vida pública y los vicios privados.

Felipe, con ojo lúcido, individualizó los males de su siglo y de su ciudad adoptiva, corte de todos los vicios. Se dedicó con prontitud a purificarla, para hacerla resplandecer en cada uno de los corazones:

1.      con el amor y la meditación cotidiana de la Palabra de Dios, en la plegaria y no en la erudición.

2.    con la práctica constante de la humildad, de la pobreza, de la castidad;

3.    con el ejercicio constante de un justo equilibrio entre la vida pública y privada, mediante una conciencia recta, una vida alegre, un actuar coherente.

Veremos más adelante de qué modo Felipe operó establemente en Roma, pero entre tanto estos brevísimos apuntes ya pueden ayudarnos a comprender cuánto ha hecho y cómo lo ha hecho Felipe. Los tres, Savonarola, Lutero, Felipe, han luchado, como se ha visto, contra el vicio y la corrupción: Savonarola con los anatemas, Lutero con la crítica, Felipe, por el contrario, con la dulzura y la santidad personal. Por esto Savonarola, exaltado, enciende odios implacables; Lutero, altanero, rompió a Europa en dos; en cambio Felipe, humilde, fraternizó a grandes y pequeños.

Más aún Savonarola, derrumbado por la política, reflejó su tiempo, pero no lo reformó, confundiéndolo; Lutero, derrumbado por la presunción, aprovechó la ocasión en su momento pero no lo renovó, lo dividió; a su vez Felipe, santificado por el celo apostólico, no sólo conoció su tiempo sino que como buen samaritano lo curó, salvándolo.

¡El primero, contra el Papa; el segundo, sin el Papa; el tercero, sólo y siempre con el Papa! En efecto, no es con la invectiva, no es con la separación, sino con el amor respetuoso como se puede renovar la Iglesia de Dios. Para hacer la luz no es necesario soplar la flama, como tampoco sirve cortar su mecha vital, basta alzarla sobre el candelero, de abajo de la olla hacia la altura, libre e inmensa.

En verdad que la Iglesia en el siglo XVI estaba en la sombra, confusamente colocada en el lujo y las malas costumbres por obra de hombres vanidosos, vana­gloriados y a menudo ineptos. Pero fueron sombras que jamás ofuscaron la purísima luz que venía del rostro invisible de Cristo crucificado, humilde y pobre. Tinie­blas que en el designio restaurador de Dios omnipotente terminarán después de hacer despuntar, desde su negro regazo, una Iglesia más bella y atractiva.

Y serán exactamente los santos, la numerosa hilera de santos, suscitados por Dios altísimo, quienes hacen resplandecer a la Madre Iglesia con su vida, con su palabra, con su obra. Entre éstos, sin duda, resplandece Felipe Neri y su obra debe ser en verdad eficaz, fecunda y estable, si la misma Iglesia, amada y servida por él, lo proclamara, después de San Pedro, el segundo apóstol de Roma.

Pero ¿de dónde, dan ganas ahora de preguntarse, de dónde encontró Felipe su inspiración madre para un tan vasto e inteligente o, mejor dicho, inspirado modo de pensar y de actuar?

¿Qué cosa hizo en él palanca para ser así de fecundo espiritualmente, así de humanamente amable, así de moralmente arrastrador? ¡Poner juntas estas tres dotes no es, confesémoslo cándidamente, no está en todos los santos!

Ignacio de Loyola preparó en la Iglesia un ejército de guerreros de Cristo; Juan de la Cruz y Teresa de Jesús reordenaron en la Iglesia un coro de penitentes y orantes; Carlos Borromeo cerró las filas separadas del clero; pero Felipe Neri ha merecido el título por excelencia no de capitán de Dios como Ignacio, no de místico como Juan o como Teresa, no de reformador como Carlos sino de apóstol, el cual humilde y modesto, impulsó y curó en la Iglesia a las ovejitas del redil de Dios, al cual nutrió y sirvió, lo enseñó y amó.

Y ahora, entonces, ¿cuál fue el fuego que quemó a Felipe hasta convertirse en un incendio de amor para toda Roma? ¿cuál es la idea, cuál es el resorte de su vida y de su obra, generosamente donada?

 

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Segunda profundización

 

La inspiración profunda de la vida y de la misión de San Felipe: La humildad

La vía sustancial de San Felipe

1. Es algo ya sabido que en camino regio de la perfec­ción cristiana, verdaderamente en conformidad con el pasaje escriturístico, Omnis spiritus laudet Dominum (Todo espíritu alaba al Señor) muchas pueden ser las vías para lograr la excelsa meta. El trazo de ésta ha estado operado por las almas más elegidas, las cuales, perfeccionándose en la abnegación interior, han dado a esta peregrinación humana hacia la santidad una impronta particular que no es otra cosa que el reflejo de las propias reflexiones, sugeridas por el mismo Espíritu de Dios o de la sublimación sobrenatural de las tendencias naturales del propio carácter. Por lo tanto, podemos repetir otra expresión de la Escritura que dice: Multifarie multisque modis nobis locutus est Deus (Dios varias veces y de modos distintos nos ha hablado). ¡Es la verdad, sin duda!

2. Y entonces, regresando a la pregunta básica que nos interesa, y que forma la sustancia de este libro, pregun­témonos una vez más: ¿cuál fue entonces la vía peculiar de la santidad recorrida por San Felipe? ¿cuál es el mensaje único e irrepetible, por tantos modos, ofrecido por Dios a cada hombre por medio de San Felipe? Es cierto que de la respuesta saldrá la espiritualidad filipense.

Mirando superficialmente, no en el sentido de refle­xión insuficiente, sino sólo de una mirada al exterior de San Felipe, cada uno podría decir, variadamente, se entiende, que sobre todo el ánimo esencial del apostolado de Felipe fue la alegría, sublimada por la gracia: en efecto, muchos tenían a San Felipe como el santo de la alegría cristiana. Pero otros sostienen, en menor número, que podría decirse que fue la exquisita ternura hacia el prójimo; otro pequeño grupo aun diría que la práctica de la sencillez evangélica y, así, otros.

Óptimas, en verdad, son estas inspiraciones anima­doras de la vida de un hombre cristiano, capaces de secundarse hasta el heroísmo, de transformar a quien se deje trabajar por esto; pero mi personal convicción, se puede expresar así mi pensamiento a este propósito, que aquellas otras no son sino las consecuencias, o las mejores maneras para expresar un ideal más profundo de la vida.

Es verdad que Felipe salpicó de gozo y alegría, es verdad que amó tiernamente al prójimo, es verdad que practicó la sencillez evangélica, pero es mayor el fundamento interior en el espíritu de Felipe Neri.

3. Y entonces, el verdadero mensaje evangélico de San Felipe, el verdadero gozo íntimo inspirador, el verdadero amor profundo y sustancial capaz de transformar y subli­mar al hombre Felipe en el santo Felipe y santificador, es la más humilde de las virtudes, exactamente la humildad, la cual, como había escrito algunos siglos antes San Antonio de Padua, es la "raíz y madre de todas las virtudes", no sólo porque hace conocerse al hombre delante de Dios sino, sobre todo, según el lenguaje bíblico, vuelve al hombre justo delante de Dios y de los hombres.

San Antonio parangona también la humildad a una flor porque, como una flor que le agrada a Dios, ésta "tiene la belleza del color, la suavidad del perfume y la esperanza del fruto". Y añadía: "Cuando veo una flor, espero el fruto, así cuando veo a un humilde espero su beatitud celestial". ¡Éste es el secreto de Felipe! No se sabe si Felipe había leído estas palabras de San Antonio, pero ciertamente fue humilde como una flor, por la belleza de su color, por la suavidad de su perfume y por la esperanza de su fruto. Por esto, pensando en la humildad como fundamento sustancial e inspirador de la espiritua­lidad de San Felipe, es bastante sencillo ahora intuir el gozo (belleza de color), la caridad (suavidad de perfume), la sencillez evangélica (esperanza de fruto) las cuales no son sino amables consecuencias concretas de una alma profundamente humilde.

 

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Su contenido

¿Por qué exactamente la humildad y no otras virtudes fue la piedra específica (y no sólo genérica) de la espiritualidad y del celo apostólico de San Felipe? He aquí una respuesta, al término de la cual es más fácil entender la importancia y el desarrollo.

A) Ante todo, Felipe había entendido su tiempo: mirando alrededor, penetrando con perspicacia, inspi­rado por Dios, en el propio ánimo y en el de los demás, había comprendido que el hombre de su tiempo estaba gravemente enfermo en su espíritu: no tanto el hombre del campo o de la montaña (aunque para él el peligro estaba encima por la consiguiente relajación) sino para el hombre culto, aristócrata, citadino. La enfermedad espiritual podía tener diversos nombres, pero la sustan­cia, el veneno era el mismo: el orgullo.

Los hombres y las mujeres del siglo XVI estaban cansados de Dios, de alabar su nombre, de ver a Dios en toda expresión humana, artística o no. El hombre de este siglo (cinquecento) por una especie de rechazo, quería sentirse libre de las fábulas del medioevo, quería desvincularse de los espectros angelicales o demoníacos del pasado para reconstruirse un nuevo tipo de vida, también artística, además de espiritual, moral y religiosa.

Se pasó así de las letras divinas, todas empernadas sobre el dios del medioevo, a las letras humanas, totalmente ensalzantes del hombre y de su genio, del renacimiento humanístico.

Las cortes, la de los Medici en Florencia o bien aquella de la curia en Roma, pulularon de hombres que se vanagloriaban, ansiosos de fama y de gloria, de carrera y de prestigio, de intriga y de engaño... La Iglesia, por su parte, pasados los tiempos de los Papas mecenas, sin embargo, desdichadamente impli­cada con semejantes hombres altivos, cerró la puerta a los nuevos artistas que habían regresado a las imágenes, a las culturas paganizantes de la antigua Grecia y comenzó desde los púlpitos a tronar contra la vida corrompida y el orgullo imperante.

No es cierto que en este libro de naturaleza más ascética que histórica sea necesario insistir en la descripción de la época de oro del Humanismo: el brevísimo, y seguramente imperfecto, cuadro de la vida moral del siglo XVI (cinquecento) puede, sin embargo, ofrecer una idea suficiente al lector para comprender después la reacción de Felipe Neri y entender su acción apostólica.

B) Felipe, aún joven, sin embargo amando el arte y la cultura, entendió que necesitaba recomponer no sólo al hombre en sí mismo, remitiéndolo a su lugar justo, sino al hombre en relación con el arte, la cultura y sobre todo en las confrontaciones con Dios, Y ¿cuál era la virtud o la conveniente moral que le permitiese en un solo latido recomponer al hombre y a lo que lo integra? He aquí entonces el antídoto que Felipe encontró y experimentó como medicina saludable: para la arrogancia que inunda al hombre era necesario oponer la justa dimensión que provenía no sólo del humilde y sincero sentir de sí mismo, sea artista o literato, sino también del reconoci­miento humilde, sincero, de que Dios es siempre el Señor y Creador de todo y de todos.

El hombre prepotente, inflado, con oropeles, no sólo era ruina de sí mismo, sino también de los otros que quedaban maléficamente contagiados y corruptos; en cambio el hombre humilde, modesto, digno, no sólo era salvación para sí sino también para los demás que permanecían benéficamente atraídos y conquistados.

C) Por esto Felipe, habiendo comprendido la impor­tancia del buen ejemplo, gracias a la constante y provechosa enseñanza de los padres Dominicos, primero, de los Benedictinos, después, que le inculcaron un profundo sentimiento de sí, se dedicó esforzadamente en la batalla asidua contra el propio orgullo. Reconociendo delante de Dios toda su miseria aprendió de los autores ascéticos la así llamada "humildad imperfecta" que le hacía llorar por sus pecados y glorificando a Dios por su grandeza, majestad y santidad, ejercitó la humildad perfecta que amablemente lo impulsaba, como a María en su Magnificat a bendecir con acentos conmovidos a su Señor y Padre.

En las largas noches transcurridas en las catacumbas, antes de la ocasión en que el Espíritu Paráclito los inflamase de amor, Felipe andaba pidiendo y suplicando a ser manso y humilde de corazón, a fin de que volviese su corazón semejante al suyo, y cuando, purificado por ayunos y súplicas, su espíritu fue admirablemente invadido por el fuego divino, que todo lo penetró, entonces explotó en toda su decisión de reconquistar a cada hombre, rico o pobre, culto o ignorante, al Eterno Dios y a la práctica sincera de la virtud. Viviendo primero pobre y humilde, Felipe recorrió las calles de la Ciudad eterna para buscar corazones para llevar a Cristo. Pero fue discreto, paciente y benigno aunque insistente y decidido, y también fue comprensivo con todos, pero fue batallador e imparable con el vicio, con el mal, con el pecado.

Para Felipe la humildad era verdad, dulzura, sentido del humor, pequeñez, niñez, mansedumbre, paciencia, serenidad, realismo; y todo esto practicó y enseñó hasta su muerte.

D) Su humildad era conocida de todos (y en otra parte se hablará también) como eran conocidas de todos sus discípulos las mil astucias para permanecer humilde e insignificante a los ojos de propios y extraños. Y usó todo para sí mismo, con alegría, rarezas, aventuras gustosas, desfiguros para hacerse despreciar y no aparecer.

Mas así a menudo proceden los humildes: mientras Felipe más quería desaparecer, los otros más lo buscaban, atraídos no tanto por el olor de su cultura, de su saber hablar o hacer (también esto) sino por el buen perfume de Cristo, que se manifestaba intensamente en Felipe. Los discípulos veían en sus rasgos, en sus gestos y, sobre todo, en sus ojos un algo de manso, de tierno, casi de materno a tal punto que quien se acercaba una vez permanecía inexplicablemente apegado, al menos de corazón, para siempre.

Por lo tanto, no es sorprendente que con tal dulzura, con semejante prudencia, con aquél celo y caridad, su influencia había podido crecer año con año hasta que logró un gran lugar en el corazón de la población entera de la urbe. Es así como la influencia de San Felipe al cabo de pocos años se vuelve una verdadera y propia autoridad que se impone en el mismo lugar donde él no había buscado sino un vivir oscuro y desconocido, casi forastero.

Concluyendo este párrafo, en el cual si se ha esforzado por interpretar la mente de San Felipe en su querer ser humilde y de tener esta virtud como funda­mento de su propia vida y como punto focal de su obra pastoral, se puede afirmar que quizá Felipe fue humilde porque la humildad es el fundamento ascético de la perfección cristiana, pero quizá también porque la humildad es ciertamente el antídoto específico para una época muy enferma manifiestamente de orgullo; que más adelante esta enfermedad sea también de hoy y que el antídoto sea también válido hoy, esto significa que Felipe Neri con su vida y su obra, revisadas por sus nuevos discípulos, puede ser ahora de extrema ayuda para los hombres de hoy. Perennidad, por lo tanto, es un mensaje evangélico que andando más allá de los confines del tiempo y espacio, es todavía válido, es fecundo y actual, como lo es el mismo Evangelio de cuya perenne fuente siempre se ha abrevado.

En esta respuesta a la pregunta inicial, es decir, sobre de cuál fundamento ha brotado la espiritualidad de San Felipe, se quiere ahora subrayar que si se ha preferido este desarrollo histórico‑ambiental en vez del ascético­-místico es porque ha parecido más pertinente y específico, más objetivamente válido y más subjetivamente consistente con respecto a San Felipe, para no aparecer con argumentaciones meramente ascéticas y místicas, muy generales y comunes. Un argumento pues, ad hoc, específico y bien circunscrito. Pero no se ha dicho que otros estudiosos, más aguerridos y avanzados en la misma investigación, no sabemos dar argumentaciones más válidas e incontestables, pero para mis pocos lectores cuanto se ha dicho parece suficiente. Y ahora tiremm innanz (vayamos adelante)

 

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Tercera profundización 

Las características peculiares de la humildad de San Felipe 



El comportamiento de Felipe
 

1. Si, como se acaba de afirmar, la época de Felipe Neri fue la era de la historia más altiva y vanagloriada, en cuanto que escritores, pensadores, políticos y desdicha­damente eclesiásticos habían puesto la gloria humana como el fin más noble y único (pero, ¿qué siglo no ha tenido esta mira?), si los poetas aspiraban a la coronación con laureles, inclusive los más humildes soñaban exaltaciones de grandeza y de fama, en este aspecto se necesitaría narrar la vida de San Felipe para poder realmente constatar que él, no obstante que venía de Florencia, centro de la vanagloria artística, y viviendo en Roma, centro de la gloriomanía curial, y no obstante haber sentido todo el hedor del virus maléfico de aquella fascinación encantadora, totalmente se dedicó no sólo a llamar "vanidad de vanidades" a toda gloria mundana y todo apego a ésta, más bien, y sobre todo, a concretizar su ideal de humildad y verdad en el abajamiento justo de sí mismo y en el enaltecimiento real de Dios.

Basta afirmar, en este lugar, una vez más, qué tan importante es la espiritualidad de San Felipe, que el Santo dio una guerra despiadada y constante a la pasión dominante del corazón humano, mas no de manera dramática (y que queda siempre a un lado el carácter impredecible de Felipe), antes bien, de un modo humilde, así mismo, sometido pero penetrante, a golpe de ariete, metódico e insistente. En este punto alguno preguntará: ¿Pero es esta toda la novedad? ¿No ha sido siempre la práctica de la humildad la base, la sustancia de todo esfuerzo espiritual, como aquella que está dirigida contra el amor propio, el primero de los vicios capitales? Parecería que la novedad no es tal. Ahora aclaramos nuestra idea.

La sustancia de toda vía ascética para la perfección cristiana es ciertamente la humildad, y desde siempre, pero el procedimiento, la didáctica, digamos, el itinerario, es diverso, seguramente: meta común, trayecto diverso, según quien y como lo siga. Exactamente en este punto, en este modo diverso de saber practicar la virtud de la humildad está la novedad original de San Felipe Neri.

Novedad que se manifiesta aún más significativa si se piensa que se inserta en la historia de la espiritualidad en un momento estático, en el cual ningún santo, hasta entonces, había soñado con salirse del álveo tradicional en el hecho de la vida ascética y mística, aunque estaban por surgir un Juan de la Cruz y una Teresa de Jesús en España. De hecho muchos contemporáneos de San Felipe fueron contrarios, de buena fe se entiende, aunque santos también ellos, pero tradicionales, medievales, a las ardientes innovaciones de San Felipe en la práctica ascética de la vida cristiana.

2. En efecto, si nos ponemos a hojear uno de tantos manuales de vida ascética, antes de San Felipe, se nota que todos los tratadistas dan una importancia fundamental, por ejemplo, a las mortificaciones corporales.

En toda organización completa de la vida espiritual de aquel tiempo, cada tratadista que hubiese sido un poco práctico del problema, se entretenía largamente en el uso de la disciplina, es decir el golpearse con algunas cuerdas para mortificar el cuerpo rebelde, con reiteradas vigilias nocturnas, sacrificando las pocas horas de reposo, con la constante penuria del alimento y la bebida, del vestido y del alivio, para el desapego exterior e interior de la cretura y de las cosas terrestres.

Se había llegado así a crear un tipo de "hombre espiritual, macilento, descuidado, abstraído del mundo circundante, ajeno al hablar y al reír, con los ojos constantemente bajos, con un aire grave y solemne".

San Felipe no lograba encontrarse en un mundo así, porque, no obstante que amaba la mortificación, el desapego de las cosas terrenas, el recogimiento, sentía sofocarse en un encuadramiento rígido, por lo general exterior, que no le daba respiro y libertad interior. Y entonces, sin hacer una protesta directa, clamorosa, pero con una espontaneidad y autonomía maravillosa, recorrió una vía diversa, nueva, más humana, menos inquietante, que permite apreciar los buenos dones divinos y que los sublima en servicio al pobre, al necesitado, al enfermo, al solitario. Felipe, por las calles de Roma, o en casa en compañía de otros, habla, ríe, dice chistes, bromea, juega, canta, pone alegría. Quien lo ve, desde el principio queda confundido, escandalizado, juzga severamente, a veces alguno llega a la denuncia, pero después, poco a poco, con aquella constante dulce amabilidad que brotaría de cada gesto y de cada palabra de messer Felipe, queda irremediablemente conquistado y casi involuntariamente contagiado. Quien, después de superado el primer impacto exterior, frecuenta al Santo, enseguida se da cuenta de que él es todo un hombre de Dios; pero hasta acercarse en lo secreto, en lo íntimo, y descubrirlo mientras ora, mientras está en éxtasis. A quien lo busca en los primeros fervores de la vida espiritual para poder dejar los vestidos bellos y costosos, pero requiere de un lugar en la sociedad, Felipe le sugiere no hacer improvisadas innovaciones, sino que continúe usando los vestidos acostumbrados, pero sin dar mucha importancia.

A los jóvenes novicios dominicos Felipe recomienda: "¡Coman, que el verlos comer me engorda!" A quien quiere llevar silicio le dice: "Llévalo sobre la ropa, no debajo"; o bien: "¡En vez de silicio da limosna a los pobres!" o aún: "¡Ve a arreglar la cama a un pobre mendigo!" Y así otras cosas, porque los episodios y los dichos ahora numerosos y muchos famosos también, se hallan fácilmente en cualquier biografía del santo.

Está el hecho de que el santo ha trazado un camino ascético nuevo, cordial, sereno, adaptado a todos, especialmente para quien, por vocación, vive en el mundo. De aquí la enorme importancia que se deriva del desarrollo de la santidad, que se puede definir en verdad evangélica sea por el estilo familiar y humano, sea por el contenido que lo invade.

Si los hombres no van más a la iglesia, o más bien si van están brevemente y mal, gustosamente se detienen largamente en las calles para chismear, para preparar burlas, para quien lo han educado los cuentistas, bastante de moda, entonces Felipe, como apóstol, no obstante, desciende las calles y haciéndose uno de ellos con el chiste sano, con la burla inocente, con la carcajada abierta, reporta las almas a Jesús en la práctica de la virtud.

¡Así es Felipe Neri verdaderamente humilde y sencillo! Esta es la vía de la humildad recorrida por el Santo que del vivir humilde había hecho su lema. Y también no lo hizo estudiadamente, sino por inclinación natural; sin embargo, esto no es expresión de una improvisación del momento o un gesto casual, aislado o de una feliz, pero hábil intuición, sino que es su naturaleza, es decir, es el fruto de una profunda meditación, el resultado de una prolongada preparación, la consecuencia lógica de una prolongada condescendencia, natural y sobrenatural, a las inspiraciones del Espíritu de Dios, que anima a Felipe, que lo conduce, dando vida a normas y consejos prácticos para la ya de por sí vasta capacidad de llevar en un momento nuevo a ejercitar la virtud y de obtener la meta inmutable de la perfección cristiana.

 

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Las normas sobre la humildad

   La primera norma o indicación salvífica, aunque ahora enterrada o consumida, pero siempre luminosa y fundamental en la ascética de San Felipe, que se descu­bre y se ve en la auténtica realidad es:

"La santidad está en tres dedos de espacio:

toda la importancia está en mortificar la razón".

Y Felipe, para dramatizar la sentencia, se llevaba los dedos de la mano derecha a la frente, como para mejor imprimir aquello que quería decir.

La razionale no es la razón, luz natural dada por Dios, sino aquella racionalidad que a menudo afirma de modo irracional el propio yo arriba de toda cosa, hasta de Dios; es decir, aquella manera de razonar mundana, egoísta, enferma, despreciante, que no quiere reconocer otra cosa que los intereses y los gustos del propio orgullo y del propio placer.

Para Felipe esta soberbia o arrogancia mental era la raíz de todo mal: por lo tanto, a ésta necesitaba radicalmente arrancar, eliminar, exactamente mediante la práctica de la más sincera humildad, a fin de que viviéndola en profundidad no sólo impulsase la mente a un más bajo concepto de sí, sino que, poco a poco, mortificándose y aceptando las humillaciones se transformase, volviéndose justa y agradecida con Dios.

Decía el mismo Jesús cuando se le reveló a Santa Gertrudis: "El amor propio tiene dos ojos: la exagerada estima de sí y el exagerado deseo de la estima de los demás. El primer ojo se ciega con la mortificación per­sonal, el segundo con la aceptación de las humillaciones".

   La segunda norma, apropiada por San Felipe y vivida en su cotidiana experiencia, y la consecuencia lógica del principio precedente:

Spernere mundum = despreciar al mundo

spernere nullum = a nadie despreciar

spernere seipsum = despreciarse a sí mismo

spernere se sperni = despreciar el ser despreciado

(es decir: no poner atención si se es despreciado)

Este cuarteto (erróneamente atribuido a S. Bernardo) de S. Malaquías O'Morgiar, obispo holandés, fue el programa para la práctica de la humildad de parte de San Felipe. El desprecio, el único que el discípulo de Cristo debe vivir, de todo aquello que no es virtud, de todo aquello que se opone al Evangelio, y puede convertirse, aplicado hasta el fondo, también en una fuente de paz, de alegría verdadera. El rechazo consabido de seguir las máximas del mundo, contrarias al espíritu del Evangelio de Cristo, el respeto debido para todo hermano en Jesucristo, el desdén de sí mismo, más bien empuja hasta el placer plenamente heroico de amar el ser despreciado en el nombre de Jesucristo, de ser olvidado por amor a Él, y una gran sabiduría cristiana, vivida y enseñada por el mismo Maestro divino, practicada y transmitida de modo genuino y animoso por sus seguidores, entre los cuales brilla San Felipe, quien cándidamente un día confesó no haber logrado aún el practicar el cuarto precepto: amar el ser despreciado.

   La tercera norma que Felipe reservó para sí mismo y que propuso constantemente a sus hijos espirituales está dada por aquella otra máxima que dice:

 

"Humíllense a sí mismos y abájense

a sus ojos y a los de los demás, a fin de que

lleguen a ser grandes a los ojos de Dios".

 

La humildad, cuando es sincera, está siempre conducida por aquel doble movimiento: más te abajas a tus ojos, más te enalteces a los ojos de Dios, quien por supuesto privilegia a los humildes y rechaza a los soberbios. Felipe había entendido que para agradar a Dios no había otro camino que el del aniquilamiento voluntario de sí mismo y este sendero "estrecho e irisado" lo recorre hasta la cima de la montaña santa donde en Cristo, en su corazón, manso y humilde, encuentra refrigerio y paz.

A este propósito, cómo saltan vivos los varios episodios de la vida de San Felipe, quien con toda conveniencia escondía su virtud y protestaba su miseria. Como ejemplo preguntémonos: ¿Por qué rechazó siempre el cardenalato? Felipe mismo nos lo explica cuando dice: "Hijos míos, aprendan bien mis palabras, más bien oren a Dios que me mande la muerte, o también un relámpago en vez del pensamiento de semejante dignidad. Deseo más bien el espíritu y la virtud de los Cardenales y Papas y no su grandeza".

Y no nos explicamos el bajo concepto que tenía de sí mismo Felipe por aquellas palabras que cada día, con el Santísimo Sacramento en la mano, repetía: "Señor, cuídate de mí hoy que te traicionaré y haré todo el mal del mundo", o quizá esas otras: "La llaga del costado de Cristo es grande, pero si Dios no me tiende la mano la haré mayor".

Basta leer en cualquier exposición la vida de San Felipe para darse cuenta fácilmente de cómo no sólo amaba la virtud de la humildad sino cómo, sobre todo, la practicaba, sea escondiéndose, sea despreciándose; lo bello es que él verdaderamente se tiene como un pobre hombre.

Y si alguno le atribuía algún mérito, enseguida, confundido, se menospreciaba; cambiando el discurso o haciendo una mueca se hacía pasar por loco.

   La cuarta norma está dirigida directamente a sus sacerdotes, a los cuales con profunda convicción les decía:

 

"Es propio de cada uno de nosotros

amar el no ser conocidos y

que lo tengamos como algo vil, como nada".

 

Parece una máxima de poco valor y por el contrario debe ser entendida y apreciada hasta el fondo, porque el desconocimiento de sí con la escasa estima de los demás hacía sí mismo debe ser la librea de cada sacerdote de San Felipe; porque si el amor a la mortificación y a la humillación es para todos, para el Filipense, según la mente del fundador, queda como esfuerzo especial en la práctica de su santificación.

Por esto San Felipe como lo recuerda también Bacci procuró que los suyos adquiriesen esta virtud con mayor diligencia que las otras, y como Juan Evangelista decía continuamente a sus discípulos: "Ámense unos a otros", así Felipe nunca decía otra cosa que: "¡Sean humildes, abájense!", y en esto se interesaba mucho.

Leamos con atención cuáles y cuántas bromas procuró preparar Felipe para salvaguardar la humildad en los suyos.

Su vida está llena de estos estratagemas que si en el momento pueden dejarnos estupefactos al leerlos, después, razonando, uno advierte que Felipe verdaderamente sabía que eran justas en lo que se refiere a la virtud y que sus tiros eran acertados.

Por otra parte, con qué insistencia exhortaba a los suyos a fin de que pidiesen al Señor que si les daba cualquier virtud o cualquier don lo mantuviesen desconocido a fin de que lo conservasen en la humildad y no diese ocasión de ensoberbecerse.

Y a aquellos que a menudo se excusaban para justificar cualquier error Felipe los llamaba "Señora Eva". Tenía, además, como regla, esta otra indicación cuando decía que la verdadera medicina para abstenerse del pecado de la soberbia era el abajarse, reprimir la altivez de ánimo y cuando uno hubiese estado reprendido de cualquier cosa, no debía afligirse demasiado: "porque muchas veces suele ser mayor la culpa que se comete en el entristecerse con la represión que la del pecado por el cual fue reprendido: además, la demasiada tristeza no suele tener, de ordinario, otro origen que la soberbia". Por eso quería que uno, después de la caída, se reconociese con estas palabras: "Si hubiese sido humilde no habría caído".

Conforme a la doctrina de los Santos Padres, solía Felipe distinguir tres tipos de vanagloria:

La primera era llamada patrona y era las veces que la vanagloria iba delante de la obra y que se hacía con este fin (es decir, para hacerse notar); la segunda era llamada por Felipe compañera y era cuando uno hacía la obra no por vanagloria, pero al hacerla se sentía complacencia; la tercera la llamaba sierva y era cuando al hacer la obra surgía sí la vanagloria pero la persona en seguida la reprimía con la recta intención. De donde el santo añadía: "Adviertan, por lo menos, que la vanagloria no sea patrona". No quitaba el mérito de la obra buena, sabiendo que la perfección consiste en hacerla sierva.

Esta es, pues, la enseñanza del santo y su insistencia; y sus ocurrencias más asombrosas crearon tal clima de amor a la humildad en la Congregación, que los Padres y Felipe mismo contendían para ver quién se humillaba más.

Pero la lucha más encarnizada de San Felipe, el objeto predilecto de su persecución era el espíritu de singularidad, esto es, contra el querer distinguirse a toda costa, el querer atraer las miradas con singular pose y mostrarse con singularidad, aun en el hacer el bien; esto, porque la singularidad o proviene de la soberbia o conduce a la soberbia, mediante la complacencia interna y la alabanza de los demás. Cómo sabía mortificar Felipe a quien veía aun en el sólo peligro a causa de la singularidad.

Los únicos rasgos, humanamente no apreciados, en San Felipe, fueron propiamente estas actitudes austeras, persistentes, duras, contra quien se ponía en pose o buscaba la alabanza humana; cierto que Felipe no andaba con sutilezas, aun si naturalmente el fin que lo animara era una no siempre evidente predilección por el humilde sentir de sí mismo, inculcado hasta casi a propósito.

Basta preguntarle al pobre Baronio para saber algo del mérito. Sin embargo, Baronio se convertirá, con su modo a veces burdo, a veces fogoso, en verdad gracias a San Felipe que lo ayudó a progresar en la virtud de la humildad.

Y el P. Pedro Consolini, que conoció muy íntima­mente el pensamiento del Santo Padre Felipe, a menudo repetía por eso: "Seamos humildes, seamos humildes si queremos ser hijos de nuestro Santo, quien amó tanto la humildad". De manera que el parecer de este buen discípulo es que no se dará que alguien sea de la prole de San Felipe si no es en verdad humilde.

Así también el buen hermano laico Tadeo Landi, dudando de no poseer esta santa virtud, fue encontrado cuando lloraba delante de la capilla del Santo y preguntado sobre el motivo de sus sollozos decía: "Considero cuánto agrada a Dios la humildad de nuestro Santo y cuán lejos yo la vivo".

Cuando el P. Flamicio Ricci salía de casa se repetía a sí mismo (y puede ser útil también para nosotros): Egredere humilis, regredere humilior (salir humilde, regresar más humilde).

San Felipe decía que para lograr perfectamente el precioso don de la humildad se requerían dos cosas: pura y frecuente confesión y luz para conocer a Dios y a sí mismo. Y repetía a menudo esta jaculatoria: "Luz de luz, ilumina el corazón". Mas, concluyendo, quizá ahora de cuántos y cuáles otros ejemplos admirables de virtud podrían enumerarse a propósito de la humildad de San Felipe y de sus discípulos, que cada uno se haga un rico memorando buscando los hechos y dichos de la vida misma de nuestro Santo.

Sin embargo, aquí como conclusión se pueden poner dos reflexiones, bastante útiles para nosotros, hoy:

1.      Si los sacerdotes del Oratorio quisieran en verdad renovar el propio Instituto, comenzando naturalmente por sí mismos, si quisieran ver renacer las vocaciones y prosperar en lo bueno y en el número, bastaría, yo pienso, que cada uno de nosotros pusiese en práctica las cuatro normas sobre la humildad de San Felipe, para constatar el reflorecimiento de las obras y de las personas.

No es una piadosa ingenuidad el ver que la humildad era tan querida para nuestro Santo Fundador, el ver qué tan importante la mantenía en su Instituto. Por lo demás, "en vano construyen si no ponen a Dios como primer edificador".

2.    La renovación interior, en verdad, de la práctica del genuino espíritu del Fundador no está en mil reuniones o en otras tantas conferencias sobre la virtud sino en la humilde y sincera práctica de la humildad, sea a nivel de cada uno como de comunidad.

El demasiado individualismo, el demasiado marcado personalismo, son la ruina de toda espiritualidad, especialmente la que Felipe nos ha propuesto vivir, siguiendo sus ejemplo. Porque falta la humildad también se abandonan las obras, viene a menos la gracia divina; por consiguiente, la fuente verdadera de eficacia, de animación, de florecimiento.

Las características peculiares, o la manera peculiar de vivir la humildad, según el espíritu de San Felipe, son entonces dadas por estas cuatro coordenadas:

1.      mortificar la racional contra la soberbia interior de la mente;

2.    amar el desprecio de la vanidad (del mundo, de sí mismo); sin embargo, en el máximo respeto de los dones de Dios y del prójimo;

3.    práctica constante del abajamiento de sí mismo, no tanto por un sentido erróneo de humillarse sino de ser justos a los ojos de Dios;

4.    búsqueda constante en el ser desconocido a los ojos del mundo, no por rehuir al trabajo o a la fatiga, sino para ofrecer todo a Dios y esperar sólo de Él la recompensa.

Con estas y otras sugerencias Felipe Neri ha intentado combatir en sí mismo y en los demás la desordenada tendencia:


1. al demasiado raciocinio para sostener la propia personalidad (en sentido espiritual);

2. el demasiado apego a las cosas terrenas;

3. a la demasiada vanidad personal de la afirmación y de la estima de lo demás;

4. a la demasiada singularidad en el modo de pensar y obrar.

Este es el punto fundamental en la espiritualidad de San Felipe y la alegría cristiana es el segundo.

 

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Cuarta profundización 

La otra coordenada de la espiritualidad de San Felipe: la alegría cristiana 

El Santo de la alegría

Es ciertamente un imperdonable descuido que el propio Paulo VI en su carta sobre la alegría cristiana haya olvidado citar, entre los demás, al propio San Felipe Neri. Molesta doblemente no sólo porque, habiendo sido amigo personal de diversos Padres del Oratorio de Bresccia, conocía bien la espiritualidad gozosa de los Filipenses, sino también, y sobre todo, que se ha olvidado en un documento público al propio Santo de la alegría, universalmente reconocido como tal, exactamente a San Felipe Neri. Decir Felipe Neri es decir "el Santo de la alegría".

En efecto, ésta para San Felipe no es sólo sinónimo de serenidad, gozo interior, sino algo más, es decir, es también viveza de espíritu, paz, optimismo, valor, ardor, confianza, seguridad en el porvenir, humanidad, dulzura, frescura, broma, conversación amable, amistad sincera. Pero San Felipe, sutilizando un poco, es modelo del gozo, como componente humano de su personalidad, de la alegría cristiana: don natural y por lo tanto, virtud cristiana.

También: como en la mentalidad corriente la pobreza, ascéticamente, es exclusiva de los Franciscanos y la paciencia de los Cartujos, así el gozo y la alegría, exuberante salud del cuerpo y del alma, es mantenida como exclusiva característica de los Filipenses, naturalmente que por conducto de su Santo Fundador, Felipe.

Además: mientras que en otros santos, como S. Bernardo de Claraval, Tomás Moro, Francisco de Sales, esta jucunda devotio (alegre devoción) permanece a menudo constreñida al giro y juego de palabras, encerrada en una argucia de esencialidad epigramática, calada en el molde de la tradición humanística, en Felipe Neri por el contrario salpica todo el comportamiento exterior de la cordialidad de su apostolado, hasta en las recetas caseras que enseñó a los suyos para fermentar la insípida masa de la que habla el Evangelio. Fue el Santo que tomó al pie de la letra el precepto de perfumarse la cabeza cuando se quiera cubrirla con ceniza; aquel que nos ha dado la imagen más conspicua de un cristianismo sereno, lo que no quiere decir acomodarte y beocio, sin blandir calaveras (como lo hará el mismo Baronio, que sin empuñar la balanza para pesar las almas y, sobre todo, sin destapar el infierno: le bastó sostener, por último, la contrición y no ya la atrición (es decir, el amor y el arrepentimiento y no el temor de Dios y de sus justos castigos): el gozo del paraíso que todos los pintores, los poetas y los místicos han parangonado con la delicia que provoca en las almas sensibles el lenguaje de los sonidos.

He aquí por qué la música, el concierto espiritual, figuraba siempre en el cartel del Oratorio: era un comentario y una prolongación del sermón, una oda cristiana al gozo que concluía y resumía los temas desarrollados por el intérprete en el púlpito.

 

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El sano humorismo de San Felipe

El origen de la alegría de san Felipe está, sin duda, derivado como factor psicológico de su personalidad alegre, del ambiente de belleza jocosidad de la Florencia de sus años juveniles, ambiente que ciertamente contribuyó a forjar en Pippo buono aquel carácter de festividad que fue una de las notas más destacadas de su temperamento.

“Lo llamaran –se jactará justamente Papini- el apóstol de Roma y lo veneran como santo universal (...), pero está el hecho de que él debe su originalidad y casi comicidad, su fisonomía reconocible entre todas aquellas de todos los santos del mundo, a la impronta imborrable de su nacimiento florentino”; y enseguida añadía: “ningún santo ha recibido ni ha hecho reír a la par de él y a ningún santo, como a él, se le puede aplicar la famosa definición dantesca: “florentino, espíritu bizarro”.

Aquel amor de jocosidad burlona, aquella necesidad de entregar y de causar algarabía, que en San Felipe se vuelven, por un milagro de la gracia, en instrumentos de apostolado y de conversión son -concluyo yo- las expresiones más vívidas de aquella santa bizarría que, unida a una bondad de nacimiento y profunda, será su verdadera gloria.

En el proceso de canonización, el auditor de la Rota, Jerónimo Panfili, declaró: "Felipe tuvo grandísima felicidad y alegría... raros eran los que se les escapaban de la mano". Tal factor psicológico, primero, raramente separado de un amor por el arte, y tal conquista moral, después, visiblemente expresada, debieron influir también en Wolfang Goethe, si en sus Reisen in Italien, entre las maravillas de arte que observó, fijó también la mente de San Felipe, definiéndolo "humoristiche Heilisinghen" y lo llama "su santo" porque le ha dejado "una bella fama y un recuerdo alegre".

El humorismo en Felipe es innato y es ciertamente un fenómeno entre los más brillantes y agradables del espíritu humano y todos reconocen que se trata de una virtud creativa, un don particular, así como la fantasía poética y la potencia imaginativa.

En general en el humorista existe una hiperactividad de la reflexión que rápidamente provoca el sentimiento contrario de esto que sienta y observa, y este sentimiento estalla como un relámpago.

El sentimiento, por el contrario, se manifiesta impetuosamente y muchas veces el humorista no sabe contenerlo, tal vez, como el artista, siente pena si no se arriesga a manifestarlo. Todo humorista no es sólo poeta sino también crítico, un crítico original y espontáneo en el sentido estético de la palabra. Su crítica es tan instantánea y penetrante que puede decirse que es una proyección inmediata de su ánimo, como la imagen poética. Pero la imagen reviste a la idea y la hace más bella, casi tangible y la consolida".

Felipe, descubriendo en sí esta innata prontitud de espíritu, esta vena espontánea para la broma, para el golpe adivinado, se encuentra, primero, como amigo espléndido y, después, como apóstol agradable. En efecto, mientras que "para algunos el ejercicio de esta facultad es puramente la diversión, el placer de reír y de hacer reír"; y mientras "para otros también es acción cáustica y destructora, inspirada en el escepticismo, en la falta de amor al prójimo, en un sentimiento de hastío y en un deseo de demolición"; para Felipe, en cambio, es el antiguo castigat ridendo mores (corrige las costumbres riendo) o el ridendo quis vietat dicere verum? (¿quién prohíbe decir la verdad riendo?), esto es "un sentimiento de bienestar, una esperanza de mejoría especial, la de evitar el error, de iluminar a las personas que sienten más el ridículo que el razonamiento", la de corregir no con regaños y mala cara o invectivas quisquillosas o con miradas perrunas, sino con una agudeza gentil, con un golpe burlón, con un pescozón solemne.

"Era bueno se leerá en los testimonios del proceso canónico tan cándido y puro, en el hablar y en el tratar, que a menudo, por la libertad que usaba y por la sencillez de sus palabras, movimientos y gestos, parecía que se burlaba; pero cuando se reflexionaba sobre lo que había dicho se sabía que todo era espíritu e hilaridad cristiana". Y el mismo testigo después continuaba diciendo que, después de haber recibido de joven un consejo espiritual del Neri, éste, haciendo la finta de acariciarlo, le dio una bofetada, para que recordando ésta se acordara de aquél.

Se sabía bien que tantas respuestas u observaciones tenían un fondo más profundo que la superficial observación grotesca. A una gentil dama, por ejemplo, que presentándose con un par de zapatos bastante elevados (¡la moda es recurrente!) le preguntaba tímidamente, temiendo una condena o de cualquier manera una crítica, si podía andar así de engalanada, Neri se limitó a decir: "Cuide de no caerse". Y en aquel "caerse" la interlocutora entendió todo un discurso. A Baronio, ahora ya con fama de hombre ilustre y doctísimo, le ordenó un día que interviniese en una cena y en lo más hermoso de la fiesta que cantase el De profundis. No es difícil imaginar lo que sucedió.

 

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Arte pedagógico y moral

Para Felipe el arte de reír y de hacer reír no es sólo disposición natural y empeño pedagógico para ayudar a los otros a corregirse y a cultivarse; más bien ahora este humorismo burlón, en sus manos, se convierte en arte psicológico: en efecto, con este arte combate en sí y en los otros el antiguo veneno del orgullo, de la vanidad.

Su buen sentido cristiano y práctico puede parecer paradoja "le inspira una infinidad de locuras que sirven más que cien volúmenes para explicar el orgullo de la mente y del espíritu". "...Las locuras que verdadera y propiamente cumplía o hacía cumplir a sus hijos espirituales y que parecían tan lejanas de la equilibrada mesura romana, van a ser consideradas en el gran desarrollo de las batallas en la guerra conducida por Felipe como furiosos ataques a bayoneta calada, hechos con ímpetu y desmesura, cuerpo a cuerpo, contra aquel modo estratégico de la potencia adversaria representado en el orgullo no sólo de la mente sino también quizá de la voluntad que no quiere obedecer y que arrastra a la mente a demostrar que no necesita obedecer".

El elenco de las locuras de San Felipe no es breve ni monótono: basta acordarme de alguna para darme verdaderamente cuenta de cómo sus invenciones se convierten en él en arte potente para cortar en sí y en los suyos el orgullo o el sólo peligro de él.

   Para no caer en éxtasis, algo ya frecuente en Felipe, mientras eran conducidas en cortejo las sagradas reliquias de los mártires Papías y Mauro a su Chiesa Nuova, temiendo elevarse recurrió a una conveniencia bizarra: se agarró de las barbas de un guardia suizo que estaba cerca y se puso a tirar de ella. Un San Ignacio o un San Juan de Dios o un San Cayetano de Thiene, ¿hubieran hecho semejante gesto sin la índole burlona de San Felipe, aunque fuera para salvar la propia humildad?

La gente, entre tanto, viendo el gesto extraño en aquel momento ¡oh beato Felipe! escarneció al sacerdote creyéndolo loco; pero él, feliz de ser estimado como estúpido, encontró la fuerza para detenerse ante el ardor imprevisto, sin dar ulteriores signos de la otra buena extrañeza: el éxtasis.

   Mientras sentía que crecía alrededor de él la estima y la fama de su santidad, Felipe se hacía más aguerrido en sus ocurrencias (locuras para el mundo) pero eran para ocultarse a los ojos de los demás y humillarse delante de Dios: un día se pondrá en la cabeza como turbante un gran cojín azul; otro día se pondrá unos zapatones blancos, en otra ocasión se vestirá con un camisón rosa o bien se pavoneará con una piel de marta en pleno verano; o bien se pondrá una chaqueta de raso blanco que le había dado Pío V; y no es todo: se rasurará la mitad de la barba, saltará a lo largo de la vía pública, llevará en brazos a un perro, dará algunas bofetadas en algunas ocasiones dejando una estela de perfume y hará cantar al P. Gallonio en presencia de un obispo, hará danzar al hermano Maccaluffi delante de varios dignatarios venidos de Polonia, hará recitar a otro hermano las novelas del cura Arlotto en presencia de personas de respeto venidas a propósito de conocerlo y admirarlo. ¿Quién de nosotros por ser santo, quizá porque en verdad se tiene como tal, se atrevería a cumplir con estas idioteces para hacerse despreciar?

   ¿Y la dignidad sacerdotal, diríamos horrorizados, dónde la ponía Felipe? Probablemente Felipe se hubiera reído de nuestras demostraciones de buen comporta­miento, porque él era de otra opinión: todo le era lícito, en lo bueno se entiende; también para vencer el tremendo mal del amor propio y cuanto más era uno reacio a mortificarse más insistía en mortificarlo. Es decir, quería hacer actuar en plenitud su dicho ascético: "Ama el ser ignorado y ser tenido en nada".

San Felipe en verdad debería volverse visible entre nosotros para abajar al menos un poco nuestra racional: ¡quizá avergonzándonos un poco con su modo original de corregir reemprendamos la práctica de la verdadera humildad, piedra angular insustituible del Oratorio Filipense!

Entre tanto, ¿por qué no aprender en verdad su método? ¿Por qué también nosotros, como Felipe, no hacemos unir la naturaleza y la gracia para vivir en humildad? ¿Falta de buen sentido? ¿boberías de otros tiempos? ¡Quizá! Cierto que Felipe se ha vuelto santo también gracias a esta "falta de buen sentido" común y a estas boberías de otros tiempos.

Si aprendiéramos a desdramatizar toda nuestra presunción, si poseyésemos el sentido del humor: quizá si ganase también en salud, ciertamente en gracia, con todo aquel nerviosismo y agotamiento que circulan.

Sí, es cierto que todos los santos han practicado la humildad, pero ¡qué característica es la forma de San Felipe! He aquí porqué su humildad, exprimida por la prensa, del amor a Cristo y a las almas, da el suave jugo de la cristiana alegría, del gozo verdadero.

Y cuántas carcajadas se sabrán que causó Felipe cuando veía llegar a buen fin sus miles de estratagemas para hacerse despreciar y pasar por loco. ¡La lógica, ilógica para nuestra mente, de los santos! Si tuviésemos también esta lógica, esta sabiduría, nosotros así arreglados, así empeñados en volver a aparecer virtuosos, dotados, interdependientes, capaces.

 

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Intuición sobrenatural

Pero la alegría de Felipe, su carácter jovial, su hacer bromas, tienen todavía otro secreto: en sus manos son una calamidad que atrae y conquista porque Felipe además del comportamiento alegre natural poseía un don divino que atraía.

El cardenal Valier, simpatizante sincero de Neri, compuso, evocando de algún modo los coloquios que se desarrollaban en torno a Felipe o en una villa suburbana o en la celda de la Vallicella, un grabado Diálogo de la alegría cristiana dedicado verdaderamente a nuestro Santo, Philippus sive de laetitia Christiana, teniendo como argumento la sana hilaridad del venerado padre, "el cual, a este propósito, decía que era más fácil guiar bien a los hombres de naturaleza alegre que a los melancólicos".

El carácter alegre, fascinante y conquistador de almas, del padre Felipe, lo describe también el cardenal Paleotto, casi como complemento del predicho diálogo, un tratadito con el título: De bono senectutuis, cuyo protagonista es el propio Neri. El padre Federico Faber del Oratorio de Londres, entusiasta admirador y discípulo de San Felipe, en un libro suyo sobre el Santo, se preguntaba entonces: "¿Cómo sucede pues, que San Felipe atrajera a sí a gente de tal guisa y que el carácter de sus hijos, cuantos son en el mundo, sea un intenso y vivo fuego de amor entusiasta hacia él, que sólo las lágrimas y no las palabras pueden expresar?" y añadía: “No puedo sino responder: la misteriosa semejanza con Aquel del cual fueron discípulos Pedro, Santiago, Juan y Andrés con una fidelidad para todo amor humanó”.

Cierto que para enlistar a todos aquellos que, atraídos por la personalidad singular de San Felipe, lo han admirado e imitado, se daría un grueso volumen y sería en verdad interesante: quizá algún día alguno lo haría poniendo sobre todo en realce el motivo por el cual la persona se ha sentido atraída por San Felipe.

Pero enlistar sólo los grandes nombres no bastaría porque ¿cuántos, también desconocidos y modestos, han escogido a Felipe como padre y maestro? También nosotros mismos, por divina disposición de la Divina Providencia, hemos entrado, quizá por una misteriosa o tal vez simple combinación, en la fila de los admiradores devotos de San Felipe.

No seremos un Newman, un Berulle, un Francisco de Sales, un Juan Olier, un Juan Eudes, un José Cottolengo, un Juan Bosco, un Luis Canella o un Luis Orione, que han amado tanto a San Felipe, pero también nosotros, atraídos por él, hemos escogido seguirlo todos los días de nuestra vida.

Quizá de San Felipe ha agradado la fascinación de su espiritualidad abierta, su amor por el respeto hacia cada uno, su personalidad amable, fuerte, libre, su carácter jovial y alegre o quizá también aquel indistinto no sé qué que, sin embargo, nos ha llevado a amar a Felipe más que a otro santo y entrar mejor en sus filas que en otro instituto.

¡Oh, beato Felipe! ¡Cómo te agradezco el haberme traído a ti y haberme seducido para seguirte! ¡Te bendigo eternamente! ¡No sólo porque me has querido entre los tuyos sino porque me das la alegría de ser de los tuyos!

 

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El papel humano de la alegría

Un último aspecto del papel de la alegría de San Felipe, además de ser en él instrumento para una obra pedagó­gica y moral profunda (corregir, riendo, las conciencias y encaminarlas al bien, sin pesadez, sin constricciones, sino alegremente, atrayendo), es también, por último, pero no menos útil, vehículo de frescura, de sana diversión, de alegre pasatiempo, de gozosa fraternidad.

Pocos santos han pensado también en este aspecto de la vida humana. En efecto, amar el juego no es de todos los santos; divertirse con los pequeños y sencillos no es de todos los grandes; privilegiar los paseos al aire libre no es de todos los preceptores: "dejarse partir leña en la espalda" con tal de que los jóvenes no cometieran pecados no es de todos los héroes; gritar jocoso: "¡sean buenos, si pueden!" no es de todos los pedagogos.

En cambio Felipe sí: juega, se divierte, ríe, pasea, canta, cuenta chistes, cierra el ojo en el chismorreo de los muchachos, los lleva consigo, los hace cantar, divertirse. Y no lo hace sólo con los muchachos sino que es un motivo que lo anima a evitar a cualquier costo dos peligros: el ocio y la melancolía.

En efecto, en Felipe nada es espontáneo sino, disfru­tando su propia índole natural, la dirige a un fin sobrenatural, apostólico: él sabe que el ocio es pernicioso y no sólo para los jóvenes. Y entonces Felipe, de buena gana, para evitarlo, hace de titiritero, saltim­banqui, acróbata y así tiene ocupados a sus jóvenes; aun con 80 años cumplidos todavía juega con ellos y los lleva a las colinas romanas de paseo.

Y qué pescozones sonoros da a los melancólicos "¡Escrúpulos y melancolía dice fuera de la casa mía!" Ser apóstol en el hacer divertir, en el pasatiempo, no es un arte de todos. Felipe sobresale de nuevo verdaderamente porque en él siempre está en el interior la idea del bien, esto es, la del perfeccionamiento de la personalidad, el itinerario de la mente a Dios.

 

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Las fuentes de la alegría

Antes de terminar con este capítulo referente a la alegría de Felipe, fuente e instrumento de verdadera paz interior y exterior, se puede citar de nuevo aquel ya famoso cuarteto de S. Malaquías, hecho propio por San Felipe:

Spernere mundum

Spernere nullum

Spernere seipsum

Spernere se sperni

porque es la síntesis de toda la espiritualidad alegre de San Felipe; es también la fuente de la cual el Santo hizo brotar para sí y para los demás el agua pura de la alegría cris­tiana; de la práctica sincera de la humildad tiene su origen, además, la alegría. De aquí se puede notar cómo San Felipe no actúa por compartimentos estancados sino, como todo en él, estaba libremente coordinado, visto y propuesto; en efecto, para Felipe la humildad es necesaria para disfrutar el gozo del espíritu mientras que la alegría que se seguía era la verdadera contraseña de la auténtica humildad.

Estas son, pues, las cuatro fuentes de su humildad gozosa:

1. Sólo en el desprecio del mundo (spernere mundum), esto es, en la práctica de una vida oculta y sencilla (aborrecida del mundo) se puede encontrar la paz verdadera: por eso Felipe exclama, lanzando al aire los honores, simbolizados por un desdichado capelo cardenalicio: "¡Paraíso! ¡Paraíso!", y también, en otras circunstancias, cantaba suavemente: "Vanidad de vanidad, todo es vanidad".

Aquel que quiera gustar de la verdadera alegría practique esta vía humilde y advertirá, como predicaba Felipe, que jamás le faltará la paz, el gozo interior; además experimentará, con verdadera contrariedad, cómo es frecuentísima fuente de engaño y de angustia amar al mundo y sus honores.

2. Sólo en el amar indistintamente a todos (spernere nullum), esto es, en la práctica de una vida a menudo para los otros, acogiéndolos como son, sin preferencia o distinción, se encuentra la verdadera satisfacción o alegría, porque es fruto sabroso de la caridad: por esto Felipe protesta amorosamente, comprendiendo bien la índole de los demás, su disponibilidad en cualquier hora del día o de la noche.

La caridad de San Felipe resplandecerá, sin duda, mejor en el paraíso, pero ya miles de episodios que narran su multiforme dedicación al prójimo son más que suficientes para indicar que no puede ser fuente más viva de alegría que el humilde y respetuoso servicio hacia el prójimo.

3. Sólo en el humilde sentimiento de sí mismo (spernere seipsum) esto es, en la práctica de una vida humilde, oculta, sencilla, rehuyendo toda vanagloria, trabajando sin pretender recompensa humana, está la fuente de la verdadera dulzura, mientras se espera la recompensa eterna: Por eso Felipe, como ya antes Francisco de Asís decía: "Tanta es la gloria que espero que en cada pena me alegro", exclama: "Escrúpulos y melancolía, fuera de la casa mía", sabiendo bien cómo estas dos situaciones del alma eran causa de angustia, de amargura y no de alegría.

Por el contrario, quien sabe que cada momento de nuestra vida está en las manos de Dios, no tiene temor, no tiene presunciones orgullosas, no sufre melancolía, no cultiva escrúpulos.

Felipe repetía a menudo: "Humíllense a sí mismos siempre y abájense a sus ojos y a los de los demás, a fin de llegar a ser grandes a los ojos de Dios".

4. Y por último ¿no es quizá una regla de oro para una verdadera alegría el no cuidarse de ser despreciado, olvidado (spernere se sperni)?

El pensamiento de que los demás no nos amen, no nos estimen, es causa continua de agitación, de inquietud, de amargura; provoca resentimientos, fomenta murmu­raciones e induce al envilecimiento. Bien sabía Felipe que aquello que cuenta no es tanto el juicio del hombre sino el de Dios, quien escruta los pensamientos de la mente y los deseos del corazón, aun antes de que sean formulados por nosotros. Por eso Felipe decía con lágrimas: "Cuídate de mí, Señor, porque hoy te traicionaré y haré todo el mal del mundo, si no me ayudas". Y cómo reaccionaba prontamente si se veía hecho objeto de estima, honor, veneración, protestándose como un estulto.


Se sabe que, por el contrario, gozaba en verse despreciado y escarnecido y cuánta astucia él mismo empleó para hacerse despreciar, aunque humildemente se confesaba ante un hijo confidente: "También yo en esta última regla para vivir humilde y gozar en el ser despreciado no lo he conseguido del todo".

 

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Conclusiones sobre el capítulo

1) La espiritualidad de San Felipe tiene estas dos piedras fundamentales:

a)    la raíz sólida: la práctica constante de la humildad.

b)   la fuente inagotable: gozosa donación de sí mismo a Dios y a las almas.

Si quitamos estas dos perlas quitamos la figura misma de San Felipe.

2) Las características de la humildad de San Felipe son:

a) antídoto al mal específico de su siglo

b) regla ejemplar de vida sencilla, serena

c) punto focal de su apostolado

3) Las características de la alegría de San Felipe son:

a)    humorismo de índole natural

b)   arte pedagógico y moral

c)    atracción pastoral

d)   subsidio para la distensión serena.

La humildad y la alegría son, sin duda, dos magníficas estrellas engarzadas, por así decir, en el firmamento de la espiritualidad de San Felipe: son las columnas que sostienen su vida interior y su vida apostólica.

Pero no es todo; otras dos magníficas estrellas brillan luminosas en el corazón de San Felipe: una al servicio de la otra. La primera se llama caridad, la otra oración.

Aunque aquí la caridad, como ya la humildad es el fundamento, la oración es su manifestación sublime.

Y serán en verdad estas dos nuevas dotes características en San Felipe las que darán el camino para nuevos proyectos y nuevas realizaciones.

1)                           Por humildad Felipe nunca hubiese salido del campo de la vida oculta, pero por amor, aunque con desdén, dará vida al monumento más bello de su vida: el Oratorio y su Congregación.

2)                          Para la salvaguarda de su fuente inestimable, como lo es la alegría cristiana, Felipe ha encontrado el venero de agua que surge más fresca e inagotable: la oración, como comunión divina, como coloquio interior, como fuerza vital. Y esta oración será el emblema más visible, manifiesto de su Oratorio y de su Congregación.

De estas dos últimas prerrogativas oratorianas se tratará en otro lugar; en tanto, gocemos al pensar que Felipe "corazón de fuego" es un auténtico maestro de vida espiritual. ¡Dios sea bendito en sus santos!

 

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Esta primera edición de “San Felipe Neri, el profeta de la alegría cristiana. Apuntes de espiritualidad” fue impresa por Editorial Praxis, Vértiz 185-000, Col. Doctores, Deleg. Cuauhtémoc, C.P. 06720, México, D.F., en julio de 1995. El tiro, sobre ahuesado de 37 Kg., es de 1,000 ejemplares. El cuidado de la edición. estuvo a cargo de Carlos López.