EL ORATORIO

 

UNA  ALTERNATIVA  DE  VIDA CRISTIANA

 

 

P. Raúl Herrera Cervantes, C. O.

  

Imprímase:
                P. Antonio Ortega Franco, C. O.
                PREPÓSITO 

Congregación del Oratorio de México,
                San Pablo
                Ciudad de México, 2000

 

INDICE

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PRESENTACION.. 2

 

Una situación….. 2

 

Una propuesta….. 3

 

La vuelta a la experiencia cristiana originaria. 3

La unidad entre lo sacro y lo profano. 3

La vuelta a la Escritura. 4

La vida comunitaria. 4

La promoción laical. 4

 

Concluyendo….. 5

 

 

 

 

PRESENTACION

En el marco celebrativo del cuarto centenario de la muerte de San Felipe Neri (1515-1595), fundador de la Congregación de Oratorio, es oportuno preguntarnos por la vigencia de su obra, el Oratorio. El don recibido por Felipe Neri y hoy compartido por el Oratorio es mucho más que una doctrina abstracta o un recuerdo nostálgico y romántico; es más bien, una propuesta de vida para bien de los cristianos, tan fascinante y fecunda hoy, como hace cuatrocientos años.

 

Lic. Raúl Herrera Cervantes, C.O.

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Una situación…

En el transcurso de la historia de la Iglesia pueden reconocerse ‘fases de encrucijada crítica’, de transición cultural y de cambio de época. En estas fases, se requiere un auténtico resurgimiento, una reformulación y revitalización de la genuina tradición cristiana.  Para esto, el Espíritu suscita providencialmente carismas concretizados en testimonios de auténtica santidad. Felipe Neri, vivió en una de estas etapas críticas de la Iglesia (comienzos del Renacimiento) promoviendo, como una alternativa revitalizadora de la fe cristiana, el Oratorio.

Hoy, vivimos en una nueva crisis. Aunque se han desmoronado no pocas ideologías y utopías de mesianismo secularizado, aquel neopaganismo embrionario propuesto por el Renacimiento ha llegado a su realización. Es inútil engañarse; ya el Concilio Vaticano II advertía que ‘las crecientes multitudes se alejan prácticamente de la religión’ [1]. Enteros países y naciones, en los cuales un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes, son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo. El bienestar económico, aunque mezclado con graves situaciones de pobreza y marginalidad, inspira y sostiene una existencia vivida como si Dios no existiese.  Si el Renacimiento –época que le tocó vivir a Felipe- tendía a desplazar la vida religiosa por la búsqueda de armonías espirituales y equilibrios sensuales en los arquetipos humanos de la antigüedad ‘clásica’ pagana, hoy la figura que se impone tiene el ‘look’ de burgués, individualista, pragmático y exitoso en la jungla de la convivencia ‘postmoderna’; en sus actitudes escépticas y hasta cínicas, interesado y complaciente en dar en un materialismo realizado un funcional ‘suplemento de alma’ mediante un ‘supermarket’ cada vez más nutrido de discursos éticos y corrientes religiosas, espirituales, neognósticas y exotéricas…

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Una propuesta…

¿Cuál es el legado, cuál la riqueza, cuál la contribución que la Iglesia puede esperar de todos aquellos que han seguido las huellas de San Felipe Neri y que se reconocen en la tradición del Oratorio, en bien de esta tan conveniente ‘reformatio catholica’?

 

La vuelta a la experiencia cristiana originaria.

La misión de Felipe –afirma J.H. Newman- no fue la de evangelizar cuanto la de reintegrar a los cristianos en la vida cristiana a través del sacramento de la Reconciliación. Ante la pérdida del sentido del pecado en el cual estamos enfrascados, más que programas de pastoral que insistan en cursos preparatorios –que en la mayoría de los casos se convierten en la ‘despedida’ de muchos de los jóvenes de toda ulterior vida cristiana- es preciso una ‘primera evangelización’ que consistiría en real encuentro y seguimiento de Jesucristo a través de la reconciliación del cristiano con su fe cristiana; un encuentro de seguimiento hoy, como ayer, con la misma novedad y persuasión con que los Apóstoles lograron transmitir la fe cristiana en un mundo pagano (Hech 2, 37-39). Sólo reviviendo la experiencia personal que brota del hombre reconciliado hacemos de la fe un patrimonio común, un verdadero programa de respuesta fundamental y esencial a Jesús que nos haga clamar, como Felipe, desde lo más profundo de la experiencia humana: “quien anhela otra cosa que no sea Jesucristo, no sabe lo que anhela. Quien desea otra cosa que no sea Jesucristo, no sabe lo que desea. Quien trabaja para otra cosa que no sea Jesucristo, no sabe para qué trabaja” [2]

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La unidad entre lo sacro y lo profano.

Ante una Iglesia que vive en la necesidad de abrirse al mundo en el modo más generoso posible, sin por esto dejar que el Evangelio se desnaturalice, Felipe resplandece como un sorprendente testimonio de unidad de vida cristiana; en total e íntima unión con Dios se conjuga con la más cotidiana familiaridad, con la más inmediata sencilla convivencia con las personas en todos los ambientes de la convivencia social. Felipe no solo quedó en la memoria de los romanos como ‘uno más de aquella Roma’, sino también como el eremita del desierto. Su vida osciló desde las calles de Roma hasta las Catacumbas de San Sebastián. ¡Un monje del desierto en el bullicio de la ciudad, un eremita mezclado en plena convivencia mundana! ¿Una vida doble? ¡No!, un milagro de unidad.

Hoy urge en la Iglesia ‘un estar en el mundo y un transparente no ser del mundo’, un yo incorporado a Cristo y por lo mismo, muy unido al yo de todos los hermanos. Esto es posible en el Oratorio gracias al estilo simple y familiar como se vive en comunidad, sin votos, sin más vínculo que el vínculo del amor (Const. No. 6). Entre la solidaridad con los hombres que desemboca a menudo en activismo secularizado y el espiritualismo que termina en una ‘fuga mundis’; entre la oposición entre vida espiritual y compromiso social, sacramentalización, ortodoxia y ortopraxis; el Oratorio promueve la práctica simple de los sacramentos al lado de una opción fundamental por el hombre; una verdadera armonía entre religión, cultura y naturaleza. [3]  En fin, la práctica de la alegría cristiana –nota característica del Oratoriano- es un modo verdaderamente eficaz de encontrarse en la historia humana y a la vez mucho más lejos de ella; es una visión trascendente de la historia, de la realidad humana. [4]

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La vuelta a la Escritura.

Felipe no fue un líder religioso, ni un gran predicador; ‘solo anunciaba la palabra de Dios de modo cotidiano y familiar’. Así, en el Oratorio, la palabra de Dios no es solo objeto de un estudio escrupuloso, sino también de un trato familiar y sencillo: la Palabra de Dios se celebra como una auténtica proclamación en consonancia con la tradición y la celebración eclesial (la Eucaristía). Así pues, el trato familiar de la Palabra de Dios en la sencilla predicación cotidiana reconforta y revitaliza la vida cristiana de muchos fieles. El mejor camino, ayer, como hoy, para formar comunidades cristianas maduras es que queden vitalmente centradas en la Palabra de Cristo; en el compartir la Palabra de la Biblia con simplicidad, como en familia.

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La vida comunitaria.

Quizás la causa principal de la debilidad interior de los católicos frente al actual proceso de secularización reside en el hecho de no vivir la pertenencia a una compañía de amigos que sea para cada cual escuela de la memoria de Cristo. La vida cristiana no surgió originalmente de profundizaciones aisladas del dogma, sino del compartir de la experiencia de fe de una comunidad primitiva. Así, el Oratorio, ha sido y debe ser, una forma de compartir experiencias concretas, de verificar y testimoniar el misterio de la comunión con Dios. Por medio de la palabra, el Oratorio es congregado en una iglesia doméstica; su espacio no es sólo lugar para reunir agentes de pastoral, sino sobre todo de amigos que comparten un proyecto. De este modo, el Oratorio cumple su apostolado siendo un signo de la presencia de Dios, que en un mundo dividido, nos muestra que es posible hacer comunidad. Todo esto se ve alimentado por la oración compartida, la recreación en conjunto, los alimentos en común, etc.

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La promoción laical.

El Oratorio en sus orígenes abrió caminos sorprendentes de dignificación, responsabilización y participación de los laicos en la actividad de la Iglesia. Lectores y comentadores laicos de la Escritura era ya algo cotidiano. Felipe siempre quiso que los laicos tuvieran una responsabilidad autónoma en el Oratorio; aceptó sólo por obediencia ser ordenado sacerdote, aceptó también sólo por obediencia la constitución de una agrupación de sacerdotes al servicio del Oratorio (Congregación del Oratorio). La misma fisonomía que san Felipe quiso dar a la Congregación corresponde perfectamente a su método de vivir y hacer vivir la experiencia cristiana a todos los bautizados; sin una regla que fijase en rígidas formas de modalidades de la pertenencia, sin un superior que ejercitase un poder jurídico y político, sin una estructura que llevase a la burocratización; sino valorando la unidad en la libertad, sin otros vínculos que el de la caridad, en una fraternidad sacerdotal, en una amistad orgánica que dejase el más amplio espacio a la autonomía y creatividad de cada uno de los miembros.

Felipe, habiendo conocido la ‘fuga mundis’ de los Padres del desierto, las tradiciones monacales benedictinas, la difusión del cristianismo de las órdenes mendicantes y la revolución urbana e intelectual jesuítica, propone algo aún más radical: la composición y protagonismo laical en el seno de la Iglesia. Ante el reto de la tan traída y tan llevada ‘Nueva Evangelización’, más que proclamas y debates Felipe nos preguntaría –como lo hizo en su tiempo- ¿Qué esperan para anunciar a Dios y hacer el bien en las fábricas, en las oficinas, en las escuelas, en los lugares donde transcurre la vida ordinaria de la gente?

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Concluyendo…

Felipe Neri, conociendo la ociosidad de las plazas y calles de Roma, reunió a un pequeño grupo de personas, les propuso reunirse en su habitación para orar, leer la Escritura, y ‘hablar de las cosas de Dios’; es así como nace el Oratorio; y es así como el Oratorio sigue siendo un estilo de vida cristiana hasta la fecha. El Oratorio nos enseña que la auténtica renovación de las comunidades cristianas  no se da por los instrumentos organizativos, ni se juega en políticas eclesiásticas; sino que se fragua mediante ‘un volver a las fuentes… y a la Fuente’, es decir, a la Escritura y a la Tradición, aspectos de la única y misma fuente de la Revelación, Jesucristo. A través del trato sencillo de la Palabra de Dios, la vida en comunidad y la práctica real de los Sacramentos es como el Oratorio sigue siendo una alternativa de vida cristiana.

De todo esto se sigue que hablar de ‘un carisma’ del Oratorio, o de una dedicación pastoral del Oratorio, tiene tanto de ambiguo como de engañoso; precisamente en esa apertura de carismas que trasciende todo espacio y toda circunstancia y, que por lo mismo, posibilita la realización de cualquier carisma según el tiempo y la circunstancia lo requieran. La propuesta oratoriana es pues muy sencilla: la vida genuinamente cristiana, convertir los cristianos al cristianismo…

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[1] G.S No. 7

[2] TÜRKS P. Filippo Neri, una gioia contagiosa. Ed. Cittá Nuova, Roma 1991. P. 22

[3] TÜRKS P. Felipe Neri, El fuego de la alegría, Ed. Guadalmena, Sevilla, p. 65ss.

[4]  Cfr. Ibid. P. 171-2