En Construcción

Oratorio de Sn. Felipe Neri

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J.H. NEWMAN  Los laicos en la Iglesia

 

¿PARA  QUÉ   LAICOS  EN  LA  IGLESIA?

1.- Debate a favor de los laicos

   La situación católica le parecía a Newman frustrante y anacrónica. La Iglesia católica no tenía nada que ganar, como tuviera que darle vergüenza. Ante los ojos de un convertido, era jugando plenamente el juego de las instituciones del Reino como podía salirse del ‘gueto’ e intentar el reconocimiento. En particular, él pensaba que la formación y la educación de los laicos muy comprometidos en la vida social aseguraría a la minoría católica una influencia en la opinión y contribuiría  a liberarla de su aislamiento.

Es por esta razón que deseaba para los católicos el acceso a las universidades de Oxford y de Cambridge que eran los sitios obligados donde se hacían los grandes destinos de los futuros responsables del país. Incluso pensó fundar un Oratorio[1] en Oxford para la que había comprado un terreno. La ambición de tal proyecto no hizo esperar la división del Episcopado que llevó el asunto hasta Roma. La respuesta tuvo para Newman un aire de desconfianza y desafío. Él sintió que se le sospechaba de querer a cualquier precio regresar a Oxford para recuperar el prestigio que había perdido con su conversión.

             Algunos años antes, él no aceptó fundar una Universidad católica en Dublín para ofrecer a los católicos un alto nivel de cultura, de ciencia y de promoción intelectual que tanta falta les hacía. Pero los Obispos Irlandeses no entendieron muy bien que la joven Universidad podría tener también otro fin que el de sustraer los católicos a los Queen’s colleges creados recientemente.

Lejos de tener éxito en compartir sus puntos de vista sobre la educación, Newman era visto constantemente como objeto de sospecha y maldad. Permaneció bloqueado por la ceguera y estrechez de juicio de ciertos opositores absolutamente impermeables a toda idea de un laicado responsable. Esta fue la posición de Talbot, un prelado importante en la corte romana, uno de estos zelanti que cerca de Pío IX hablaban sobre “su secreta “pretensión de dirigir la Iglesia”; él escribía a Manning, arzobispo de Westminster: “Si no se les detiene a los laicos en Inglaterra, van a gobernar a la Iglesia en lugar de la Santa Sede y del Episcopado…” Y deliraba: “¿Cuál es el dominio de los laicos? La caza, el fusil, las recepciones. He aquí lo que ellos comprenden. Pero para mezclarse en asuntos de la Iglesia, ellos no tienen algún derecho…El doctor Newman es el hombre más peligroso de Inglaterra. Verá usted que va a utilizar los laicos en contra de Usted”[2].

 

 Con una afirmación tan “demente” –incluso- se refleja bien la reserva y la desconfianza que el mundo eclesiástico mostraba a propósito de los laicos. Esta actitud no podía sino suscitar tensiones, conflictos y relegar a Newman en el lugar de aquellos que eran acusados de desobedecer a la autoridad. Su gran preocupación permanecía: suscitar vocaciones de laicos que estuvieran a la medida de dar testimonio y defender, ante la opinión pública, los derechos de la Iglesia católica. Era sumamente cuidadoso en reservarse cierto margen de iniciativa y de autonomía al mismo tiempo que de mantenerse ‘bajo la autoridad de la Iglesia’, en vínculo con el Episcopado. Así escribe a uno de sus amigos, Capes, director de una revista, la Rambler, que acababa de aparecer:

 -  “Me parece que usted debería encontrar un grupo de laicos que se consagraran a la causa de la iglesia… La gente tiene particular gusto por lo que hace, es un camino abierto a su juicio personal. Yo quisiera ante todo que usted no eligiera sino hombres de actividad… El fin de estos hombres seria recordar el deber de preservar la independencia espiritual de la iglesia y el método para defenderla”. [3]

 Si Newman se propuso intervenir discretamente cerca de algunos obispos, siempre los puso en guardia contra los proyectos clericales: “Hay que impedir –él concluye- que el asunto se haga eclesiástico; pues caeríamos en la mano de los curas de la derecha”.

             Al fundar la universidad de Dublín uno de sus objetivos principales fue, el de convocar a los laicos, él quiso que “el laico intelectual fuera religioso y que el eclesiástico piadoso fuera intelectual”. Más tarde él se quejó que esta experiencia universitaria no hubiera dado los frutos deseados. La causa era, el ostracismo en el que estaban los laicos. Una carta del tiempo merece ser citada:

  “Uno de los más grandes males  que yo he sufrido en las conductas universitarias, hace 25 años cuando yo estaba en Irlanda, fue el rechazo  categórico en que yo me encontraba, cuando yo hice valer con insistencia que los laicos católicos debían ser autorizados a cooperar con los arzobispos a trabajar.

Por más que yo pude haberme dado cuenta, hay en la Europa eclesiásticos cuyas políticas es mantener a los laicos a distancia, y por los mismo los laicos han sido desanimados y hechos ateos; si bien es cierto que no hay sino dos partidos, excesivamente en dos sentidos opuestos, yo deje a Irlanda con el temor, doloroso que en este país católico no deba producirse a la larga un antagonismo entre la jerarquía y las clases cultivadas.

Usted haría el mas grande bien a la causa católica en el mundo entero si lograra hacer de la Universidad un punto de encuentro entre los laicos y el clero, donde ellos puedan comprenderse mutuamente, hacerse concesiones y donde puedan actuar en conjunto como en un terreno común; en un época que se precipita con la cabeza baja hacia la increencia”[4].

2.- El Pueblo de Dios, custodio de la fe.

            Newman no se contentó con vislumbrar para los laicos la calidad de una educación que haría de ellos unos ‘gentlemen’ y testigos reconocidos en su Iglesia. Pensó, de igual modo, que ellos (los laicos) juegan un rol en la inteligencia y la transmisión de la fe.

La ocasión le fue presentada al expresar su convicción en una circunstancia que debería pesarle mucho en su relación con la jerarquía local y con Roma. Después que sus amigos publicaran en el Rambler artículos maliciosos y provocadores hicieron que la tensión subiera entre los obispos y los redactores de la revista. Cediendo al deseo de su Obispo y del cardenal Wiseman, Newman aceptó tomar la dirección del Rambler.

El debate escolar estaba entonces en la plaza pública y los laicos de la revista no dudaban en tomar sus distancias en relación a los Obispos que tenían en el proteccionismo el ideal de la educación de los jóvenes católicos. Newman en una editorial creyó poder anunciar esta verdad que nos parece elemental hoy. A saber, que en el dominio de los asuntos prácticos, el sentimiento de los laicos debía ser al menos tomado en consideración. Y él precisaba que si, en materia de una definición dogmática  - no hay que olvidar que en ese momento se acababa de definir el dogma de la Inmaculada Concepción -  se tomaba interés en recibir la opinión de los laicos, “a fortiori” debía tomarse en cuenta su consideración  en las ‘grandes cuestiones prácticas de la Iglesia’.

            Pero Newman había utilizado una palabra que iba a prender fuego a las cenizas. Efectivamente, él había hablado de consultar a los laicos, entendiendo tal expresión en el sentido banal y ordinario que esta acepción tiene corrientemente. Pero en Roma, la palabra fue entendida de otro modo; en el registro formal y jurídico que reviste en el vocabulario canónico. Newman fue así sospechoso de hacer de la consulta a los laicos una especie de obligación previa a toda decisión jerárquica y sobre todo a toda definición dogmática.

Para defenderse y precisar su pensamiento, se puso a redactar un artículo en el Rambler de Julio de 1859,  en el que, después de haber alegado el derecho de escribir en un lenguaje para el público general, reivindica el derecho de los laicos en la Iglesia a expresar su fe e incluso a guardarla en su tradición.

El sólido conocimiento de los primeros siglos que Newman tenía le había revelado, no sin sorpresa, que en la época del arrianismo el sostén más seguro de los defensores del Concilio de Nicea  (Atanasio e Hilario) no lo encontraron en los Obispos, sino en el propio pueblo cristiano. Para entonces los Obispos de Oriente y de Occidente estaban divididos en fracciones rivales que inventaban incesantemente nuevos compromisos doctrinales, en lugar de sostenerse firmemente en el dogma de Nicea, fueron los simples fieles, por su apego incondicional e intocable a la divinidad de Cristo y a la fórmula de Nicea quienes ayudaron a Atanasio a triunfar ante el error.

             Un artículo así era simplemente suicida. Newman persistía y firmaba. No solamente mantenía la expresión incriminada de consulta a los fieles sino aún más daba a entender que, la función de la Iglesia enseñante estaba sujeta al eclipse, era el conjunto de los fieles quien era el guardián de la fe y de la tradición de la Iglesia[5].

No hizo algo falta para desacreditarlo más en Roma. La desgracia duró varios años incluso sin que él recibiera explicaciones. Fue al azar en una entrevista en la Santa Sede de uno de sus amigos, como pudo finalmente comprender el motivo por que el fue puesto en duda y producir un estudio de justificación que aplacara la crítica de los censores romanos.

 Conviene bien comprender lo que Newman, en avance a su tiempo, espera de los laicos para la vida de la Iglesia y la expresión de la fe. Lo hemos ya mencionado[6]. En la delicada conjunción que conocía el catolicismo inglés, él desea la presencia de laicos responsables, reconocidos como tales por la opinión y capaces de hablar ‘con las mismas armas’ con la élite del país. Es para la promoción de este laicado que él desea una educación liberal, la de las universidades, y de ella a diseñado finamente el perfil  en su Idea de una Universidad[7].

             Pero el rol de los laicos no se detiene aquí. Es mucho más universal que una pequeña minoría de hombres distinguidos por sus talentos o desde su nacimiento. Su rol no se limita a una función de servicio público por muy útil que sea para el reconocimiento de la Iglesia. El rol de los laicos en la Iglesia se funda en una realidad que está en el corazón mismo de su misterio que siempre ha sido vista como una de las garantías de su tradición y de su permanencia en la fe.

Lo que Newman quiere dejar claro es que entre el Pueblo de Dios y la Tradición del Credo apostólico existe una especie de convivencia espontánea y vital que hace que instintivamente, con una sensibilidad que podría decirse visceral, reacciona siempre ante toda interpretación novedosa de la fe. Sea que esta interpretación se separe de una verdad a la que ha dado su adhesión, sea que la formulación que se le ha dado le parezca muy alejada de aquélla que ha recibido por la que puede reconocerse. Este fenómeno de reenvío se encuentra en la historia cada vez que bajo la cubierta de crítica o de compromiso, los fundamentos del Credo parecen haber sido puesto en tela de juicio.

Por el conocimiento preciso y reflexivo que tuvo de las peripecias del arrianismo y de sus múltiples avatares a lo largo del siglo IV, Newman podía dar testimonio con seguridad de un hecho irrecusable: En este conflicto, el conjunto de los files se había siempre inclinado hacia el lado de Nicea, mientras que los obispos, en lugar de estar de frente junto a Atanasio, se habían comprometido en una suerte de ballet doctrinal y lingüístico con el solo fin de cambiar la definición del concilio y con el riesgo de sacrificar el dogma de la divinidad del Hijo. Los verdaderos custodios de la fe no fueron, pues, aquéllos de quien se esperaba.

             En esta reacción, Newman veía la actualización de lo que los teólogos llamaban bajo el nombre de consentimiento o sentimiento común de los fieles reconocido por toda la tradición como uno de los parámetros que permite identificar la fe de la Iglesia.  Este sentimiento común de los fieles no debe de confundirse con lo que se llama religión popular. Se trata menos de la posesión pasiva de certezas de la fe que de un apego a las prácticas exteriores y a la expresión del culto y de la devoción. El consentimiento de los fieles es otra cosa. Es, en cierto sentido, un dominio de la fe en fidelidad a la verdad transmitida. Es la memoria colectiva del pueblo de Dios que se expresa en toda circunstancia en que el desafío de la fe está en juego. Hay que comprenderlo como un don de discernimiento, fruto de la presencia del espíritu actuante en la Iglesia, que actúa para distinguir, en toda expresión nueva del Credo, lo que va de acuerdo a la verdad y lo que de ella se aparta.

             Este pensamiento de Newman no le es propio totalmente puesto que toda la teología ha reconocido como uno de los lugares privilegiados la lectura de la fe que hace el Pueblo de Dios considerado en su globalidad. Él la prolongó. Si hoy muchos laicos son llamados a una responsabilidad en la transmisión de la fe por la catequesis, deben saber que esta tarea tiene su fundamento y su garantía en la solidaridad que une al conjunto de fieles. Es la comunión con ellos, por el apego al mismo Credo que autoriza el esfuerzo para apropiarse el lenguaje de la fe y justifica el cuidado de su adaptación y de su renovación.

Newman ha sido un precursor de todo el movimiento que ha hecho posible la participación de los laicos en la vida de la Iglesia. Sobre este punto, más aún, él anticipa el porvenir y el anuncio del Vaticano II. La última palabra de este texto podría ser aquella de Newman mismo a su obispo Mgr. Ullathorne que bien le quería pero se extrañaba de su apego a la causa de los laicos: “Los laicos, ¿qué son?” Responde “La Iglesia. Si ella no les tiene, el  aire no sería  muy malo”

 

HONORE Jean   Newman. La fidelité d’une consciente. 

C.D.L. France, 1986

Trad. Raúl Herrera Cervantes

[1] Se refiere a la Congregación del Oratorio que fundó San Felipe Neri en Roma.

[2] Cfr. HONORE Jean  Newman, la fidelité d’une conscience. C.D.L., 1986  p. 31

[3] Ward. Life of Card. Newman Tomo I Pp. 262.

[4] Ibid.  P. 397-98  (la cursiva es mía)

[5] HONORE Jean  Newman, la  fidelité…   p. 34

[6] Al respecto existe otro libro que vale la pena conocer GUITTON J.  El seglar y la Iglesia.  Cristiandad, 1964

[7] NEWMAN J.H.  La Idea de una Universidad.   Este famoso libro existe ya en español.

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