En Construcción

Oratorio de Sn. Felipe Neri

En Construcción

El Oratorio de Francia

 

EL ORATORIO DE FRANCIA

 INDICE  
(Solo haz “clic” en el tema que deseas ver)

Una fundación en el siglo XVII
Sacerdotes seculares.

Una organización comunitaria.

En escala nacional

El Oratorio de Francia.

Éxito.

Una historia agitada.

Fragilidad en la persecución.

Colegas invasores.

Los Cofrades.

Luchas doctrinales.

Balance.

Hoy y mañana.

  

Una fundación en el siglo XVII

Cuando el 11 de noviembre de 1611, en el Hotel del Petit-Bourbon, cercano a las Carmelitas de la calle Saint-Jacques, Bérulle reúne en torno a sí cinco de sus compañeros para inaugurar una vida de comunidad, no disimula sus intenciones. La solemnidad dada a los pasos más sencillos, la presencia en la misa matutina de algunos personajes importantes de París, la visita durante el día de un jesuita, el Padre Coton, que viene a animar al grupo naciente, todo subraya la gravedad del momento: se trata de una fundación que se propone nada menos que la restauración o reforma de la Iglesia de Francia.

Sin embargo, esos obreros de la undécima hora no debían ignorar que desde hacía mucho tiempo, ya ésta reforma estaba en curso. Hace un siglo y medio que el Concilio de Trento la decretó trazando sus grandes lineamientos. Y mientras que unas órdenes religiosas emprendieron su propia reforma, otras de fundación reciente están ya actuando, especialmente los jesuitas, a quienes un admirable sincronismo hizo nacer la víspera del Concilio.

Bérulle sabe eso mejor que nadie; él que ha contribuido hace poco, a la introducción en Francia de las Carmelitas reformadas de Sta. Teresa; él que desde su juventud se ligó a la orden de los Jesuitas, sometiéndose a sus directivas y prestándoles, cuando su exilio de 1595, señalados servicios.

(Regreso al Indice)

Sacerdotes seculares

Pero precisamente este exilio, que duró diez años, le mostró cuán precaria era su situación; y que ellos no podrían, por su sola presencia, resolver los problemas del clero francés. Pues Bérulle sabe que no se reforma un clero instituyendo suplencias, creando estructuras paralelas. Una verdadera reforma se hace desde dentro. Para revalorizar un clero secular, se necesitan sacerdotes seculares que se asimilen a los sacerdotes seculares y vivan entre ellos.

Es por lo que no es la cuestión instaurar una nueva religión. Bérulle lo sabe; desde ahí su rechazo a todo lo que podría identificar su fundación con las órdenes ya existentes: rechazo a una vocación internacional; rechazo a los tres votos monásticos, rechazo a toda exención, a una espiritualidad particular; rechazo en fin, a esa especialización en las metas o las tareas, que expresadas por un cuarto voto, define a ciertas órdenes religiosas.

No es que esos rechazos sean la expresión de una actitud negativa: se trata, por el contrario, de una opción absolutamente consciente, la de la exaltación del sacerdocio, que no es la fundación de tal o cual Santo, sino el Orden de Jesucristo. Por eso Bérulle no quiere conocer para sus discípulos otros compromisos que los del sacerdote, otra autoridad que la de los Obispos, otra espiritualidad que la de los Evangelios y de los Padres de la Iglesia, otra especialización que la del clero secular.

(Regreso al Indice)

Una organización comunitaria

Y sin embargo, no se trata simplemente de inspirar a algunos sacerdotes escogidos que se enviaría en orden disperso en medio de los demás a riesgo de encontrarlos pronto diluidos en la masa, perdiendo lo mejor de ellos mismos. Para conseguir una acción durable, se necesita una organización.

Justamente desde hace una o dos generaciones iniciativas felices han trazado el camino: son en Roma y en varias otras ciudades de Italia, los Oratorianos de Felipe Neri; en Milán los Oblatos de San Carlos, sin hablar de los Doctrinarios de Cesar de Bus en Provenza. Bérulle, que conoce esas fundaciones, intentó primero borrarse entre otros iniciadores; pero no pudo lograrlo por sus trabajos cerca de San Francisco de Sales, de los Oratorianos de Roma, del Padre Romillón. Ante las presiones del Obispo de París y de varias personas, acabó por ceder decidiéndose a convertirse en fundador.

(Regreso al Indice)

En escala nacional

No para copiar simplemente a San Felipe e introducir a Francia Oratorios a ejemplo de los de Italia. Es con razón que los Oratorios de Roma fueron recusados. Pues la situación de Francia era diferente. En la Italia del siglo XVI la unidad es la ciudad. Los Oratorios de Roma, Nápoles, Bolonia, todos salidos de San Felipe, encuentran muy bien una independencia, calcada de la de su patria. La Francia de Enrique IV y de Luis XIII ha encontrado su unidad. Su clero se siente perfectamente solidario y lo prueba por reuniones periódicas a veces tumultuosas. No se habría comprendido un desmoronamiento de comunidades, en un país en plena crisis de unificación.

(Regreso al Indice)

El Oratorio de Francia

Eso es lo que llevó a Bérulle a concebir y realizar el Oratorio de Francia, una fundación híbrida, difícil de definir, difícil de gobernar.

Exteriormente es el aspecto religioso el que lo mueve y que atrae las miradas: un superior general que preside a toda la Congregación, cabildos periódicos llamados Asambleas que bien pronto elaboraran Estatutos y Reglamentos, un noviciado bautizado como Institución que asegurará una formación común, el título de Padres pronto aceptado o reivindicado, no hace falta ya, a despecho de las variantes de vocabulario, para que la opinión pública e inclusive los juristas, sean tentados de hacer de esos Oratorianos, religiosos como los otros.

Y sin embargo en el fondo, el carácter secular permanece esencial, puesto que nunca en el transcurso de cuatro siglos de historia, el Oratorio será sometido a los votos de religión, puesto que le será posible en todo tiempo y sin formalidades, dejar la Congregación; puesto que él se sentirá ahí más libre, más responsable de sí mismo que en cualquier otro lado.

(Regreso al Indice)

Éxito

Tal cual, es preciso creer que la fórmula respondía a las necesidades del tiempo, pues la nueva fundación tuvo un rápido desarrollo. A la muerte del Padre Bérulle en 1629 contaba, se dice, con 60 casas y unos 400 miembros, sin hablar de los hermanos (poco numerosos) y de los estudiantes. Esos son los efectivos que se mantendrán hasta la Revolución. En el censo oficial que precede la XXIV Asamblea General (1702), las cifras son las siguientes: 76 comunidades con 3 miembros cuando menos, 581 Padres. La víspera de la Revolución (1788), los efectivos bajaron sensiblemente: 293 sacerdotes del Oratorio para 48 casas, sin contar los cofrades de los que se hablará adelante.

(Regreso al Indice)

Una historia agitada

Pero el problema para una creación de este género no es surgir en un movimiento de entusiasmo, sino sobrevivir y adaptarse.

De hecho la historia de todas las fundaciones religiosas, es la de una lucha entre la tradición y la iniciativa; entre el pasado y el porvenir. ¿Hay que plegarse audazmente a las exigencias de nuevas condiciones sociales, políticas o religiosas, a riesgo de traicionar las intenciones del fundador?, ¿hay que anquilosarse en una fidelidad porfiada descuidando llamados urgentes hacia nuevos apostolados? Tal es el dilema en que la historia coloca a toda institución duradera.

En lo que concierne al Oratorio, es de notarse, que la flexibilidad de sus estructuras, la variedad de sus tareas, el liberalismo de su espíritu planeados e instituidos por el Padre de Bérulle, lo predisponían particularmente a la adaptación. Privilegio precioso, puesto que le permitía envejecer permaneciendo actual; privilegio peligroso puesto que expresa una especie de contradicción: ¡es un albur hacer del cambio un principio de continuidad!

Y en efecto, esa renunciación a la disciplina rigurosa que hace la fuerza de las grandes Ordenes, esa aceptación deseada de la flexibilidad (entonces debilidades del clero secular), si son la esencia del Oratorio y constituyen su orgullo, explican al mismo tiempo su fragilidad y las vicisitudes de su historia.

(Regreso al Indice)

Fragilidad en la persecución

El Oratorio está mediocremente armado para sobrevivir a la persecución. Contradicho, suprimido en Francia, él no ha tenido el recurso de desarrollarse en el extranjero, ni siquiera de refugiarse allí fácilmente. Su carácter a la vez unificado y nacional, lo hace singularmente vulnerable.

Casi muere en la Revolución. 0 más bien murió; y es una verdadera resurrección tardía, difícil, la que realizaron en 1852, los nuevos Oratorianos que se agruparon en torno a los Padres Pététot y Gratry.

En 1904, la ley contra las congregaciones casi también le fue fatal, pues de repente y sin aviso, fue asimilado a las órdenes religiosas. Sólo una fundación precaria en Suiza aseguró su sobrevivencia y permitió un rápido reagrupamiento cuando en 1920 la situación se volvió favorable. Pero también esta vez puede decirse que escapó graciosamente.

(Regreso al Indice)

Colegas invasores

Otro peligro fue el de la especialización.

En su proyecto de fundación, Bérulle había excluido explícitamente en las metas del Oratorio, la educación de la juventud. El Papa Pablo V rehusó introducir esta restricción en la Bula de fundación de 1613.E hizo bien; pues desde el año siguiente el Oratorio era llamado a Dieppe para fundar un colegio que sería seguido de muchos otros.

Es que Francia, después de medio siglo de anarquía, reorganizaba o más bien organizaba, lo que hoy llamamos enseñanza secundaria. Cada ciudad pretendía tener su colegio y se ponía a buscar maestros calificados. Los jesuitas habían puesto rápidamente manos a la obra tomando las mejores plazas; pero no podían bastar a la demanda; y además ciertas autoridades tenían ya ciertas prevenciones contra ellos. En breve el Oratorio fue abundantemente solicitado y respondió de lo mejor. Muchas ciudades de Francia: Dieppe, Riom, Vendôme, Angers, Le Mans, Saumur, Nantes para no citar más que las principales, tuvieron su colegio oratoriano.

Sin embargo, el Oratorio, no se dejó absorber completamente en eso. Además de esos colegios, tenía parroquias, animaba centros de peregrinación, entrenaba equipos de misioneros, formaba teólogos. En suma, sí corrió un riesgo (y una carta de condena en 1631 prueba que estaba consciente de ello), supo superarlo y permanecer fiel.

La aventura se repitió en el siglo XIX. La Iglesia de Francia, entonces en plena reorganización, se preocupaba por fundar pequeños seminarios. El Oratorio fue solicitado de varios lugares para consagrarse a esta obra importante. Fue la ocasión de una grave diferencia entre los dos restauradores: Pététot, cuidadoso de no dejar escapar la oportunidad y Gratry, a quien repugnaba abandonar su sueño de un Taller de apologética. Pététot triunfó y el Oratorio fue prácticamente hasta finales del siglo, una congregación docente: sus importantes colegios, Juilly, Saint Lô, Massillon, tuvieron un gran papel en la vida intelectual francesa. Fue hasta 1920, después de la experiencia de la persecución, que se produjo un cambio de orientación. No es que se haya renunciado a los colegios existentes -inclusive se crearon algunos- sino que también hubo preocupación por tomar parroquias, aceptar capellanías, fundar casas de misioneros y residencias. En una palabra, dando la espalda a la especialización, el Oratorio regresó a su primera vocación.

(Regreso al Indice)

Los Cofrades

Otra crisis, mucho más seria, se produjo en el siglo XVIII, con la introducción de los Cofrades Laicos o más bien de los Cofrades no sacerdotes, pues algunos eran clérigos.

A decir verdad no hubo decisión, nadie proclamó cambio de dirección. Simplemente se dejó hacer una evolución y se dio un giro sin que casi se percibiera.

En los orígenes, en una época en que los seminarios no estaban todavía generalizados, la formación de los jóvenes Oratorianos se hacía en colegios, donde llenando las funciones de régent, ellos proseguían sus propios estudios. Cuando se sentían o se les juzgaba listos, se presentaban a un examen y se les concedía la ordenación. Más tarde la organización de seminarios y casas de estudios no suprimió totalmente esta práctica. Se continuó imponiendo a los Oratorianos un tiempo de régence antes de admitirlos en las órdenes.

Pero hacia el siglo XVIII, hubo cada vez más de esos jóvenes cofrades que no se apresuraron a pedir las órdenes. Algunos inclusive, se instalaron en esta situación de espera y no alcanzaron jamás el sacerdocio. Así se desarrolló al lado de los Padres del Oratorio, una clase nueva, cada vez más numerosa, la de los cofrades.

Legalmente el asunto no tenía importancia. Esos cofrades no eran realmente más que aprendices oratorianos, sin ninguna responsabilidad en la dirección de los colegios, sin estatuto real en la Congregación, sin cabildo en las Asambleas. Ellos no aparecen en las listas oficiales y es por lo que, a menudo, escapan a nuestras estadísticas.

Pero fueron numerosos y su influencia moral fue grande. Reclutados, acogidos, formados como los otros, encargados a veces de informaciones importantes, su espíritu debía pesar mucho en las comunidades a las que pertenecían y de las cuales constituían a veces mayoría numérica. Desde el punto de vista de la esencia del Oratorio, hay que reconocer que había el peligro real de ver una sociedad de sacerdotes invadida, dominada por laicos. Se tiembla ante la idea de lo que suponía tal evolución. Y se estaría tentado de pensar que la Revolución Francesa, deteniendo radicalmente un proceso que parecía irreversible, salvó al Oratorio de la ruina. Después de todo ¿por qué no? Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum dice San Pablo. ¿Por qué no reconocer que ésta gran prueba que fue la supresión brutal de 1792, fue también la ocasión de un enderezamiento?

(Regreso al Indice)

Luchas doctrinales

Un hecho es cierto: el Oratorio ha sobrevivido a despecho de sus debilidades y de sus pasos en falso.

Se ha mantenido en medio del clero de Francia, asumiendo sus problemas, participando en sus numerosas luchas a la hora en que el galicanismo, el jansenismo, el cartesianismo, esperando las ideas nuevas del siglo XVIII, creaban grandes enfrentamientos.

Aquí también había sido necesaria una opción. Entre una cohesión monolítica impuesta por la autoridad y una libertad que arriesgaba degenerar en anarquía, Bérulle había elegido desde el origen: In dubiis libertas. El sacerdote del Oratorio era libre de adoptar cualquier doctrina con tal de que no fuera contraria a la enseñanza de la Iglesia. Principio retomado y codificado por la V Asamblea General (1644): La Congregación en materia de doctrina, no abraza ningún partido ni tiene ninguna opción de cuerpo y de comunidad.

Tal libertad, sin duda no creaba siempre y necesariamente, una situación confortable, puesto que para los contemporáneos no era fácil descubrir la enseñanza de la Iglesia entre las condenaciones arbitrarias de la Sorbona y las reacciones contradictorias de los Obispos.

Bérulle había dado el ejemplo de la audacia, animando a Descartes a publicar su filosofía, dando confianza a Saint Cyrac en sus comienzos, lo que no impidió a Condren, su sucesor, poner en guardia a sus discípulos contra el fogoso reformador, ni a Bourgoing, tercer superior general, prohibir la enseñanza de las tesis cartesianas.

Y más tarde, mientras que el clero de Francia con el episcopado a la cabeza se batía por o contra Arnauld y Port-Royal, el Oratorio conocía divisiones parecidas. Imaginemos qué borbotón de cultura debía constituir una comunidad como la de la calle de Saint Honoré, en la que habitaba hacia los años 1670-1675, el Padre Amelote, discípulo y biógrafo de Condren, que trataba de herejes y rebeldes a los que se oponían a las Constituciones de Inocencio X y de Alejandro VIII; el Padre Quesnel, que después de la edición de San León preparaba unas Reflexiones Morales sobre el Nuevo Testamento, futuro breviario de los jansenistas, sin hablar de Richard Simón, amigo de varios jesuitas que daba el último toque a su Historia Crítica del Viejo Testamento; y de Nicolás Malebranche, que después de la Búsqueda de la verdad, meditaba un Tratado de la naturaleza y de la gracia que iba a desencadenar la cólera de M. Arnauld.

La situación se complicaba más todavía cuando el Arzobispo de París, aun con la autoridad real, se mezclaba en ella exigiendo sanciones. El Padre Séguenot, que había pasado cinco años en La Bastilla por haber mal traducido o mal escrito, según el gusto de Richelieu, un opúsculo de San Agustín; Thomassin, arrojado de Saint-Magloire por haber profesado opiniones demasiado romanas; el Padre Lamy, exiliado de Angers a Grenoble por haber enseñado los principios de Descartes; más tarde Soanen, el santo Obispo de Senez encerrado 13 años en la Chaies-Dieu por crimen de jansenismo. He aquí lo que supone terribles remolinos en las comunidades.

A pesar de una vigilancia redoblada, la época moderna padeció crisis análogas: con el Padre Gratry, que a una vieja tradición galicana junta una educación liberal y una generosidad romántica, llegó en la víspera del 1er. Concilio Vaticano, a tomar una actitud radicalmente opuesta a la definición de la infabilidad pontificia y a alinear a la mayoría de sus cofrades; con el Padre Laberthonniére, severamente condenado en la época del modernismo; y algunos años más tarde, con las controversias en torno al Padre Sanson, predicador de cuaresma en Nuestra Señora de París, al que se le hacían iguales reproches.

Decididamente el Oratorio nunca fue ese remanso de paz y concordia cuya imagen nos han presentado Bossuet y el Padre Lamy, en sus descripciones idílicas: Aquí una santa libertad hace un santo compromiso: se obedece sin depender; se gobierna sin ordenar gobernar; toda la autoridad está en la dulzura y el respeto; se logra sin el recurso del miedo. La caridad que destierra el temor opera tan gran milagro; y sin otro yugo que ella misma, sabe no sólo cautivar sino anonadar la voluntad propia (Bossuet). Bosquejo que el Padre Lamy retoma y amplifica en la 5ª de sus admirables Conversaciones sobre las ciencia. Esas páginas se leen como la seductora evocación de un ideal ¡pero la imagen es demasiado  bella! La historia está allí para recordarnos mayor realismo, mostrándonos cuánto estuvo el Oratorio a menudo dividido. ¿Podría ser de otra manera? Sin duda una estructura más firme, bases más amplias, intervenciones más decisivas habrían podido modificar el curso de la historia. En ciertos momentos, algunos Superiores recurrieron a medidas autoritarias: Richard Simon, Quesnel, Duguet, Gratry, fueron excluidos de la Congregación. El rigor era tal vez necesario; se duda en proclamar que fue dichoso. Pues es pagar la unidad demasiado cara al comprarla negándose a sí mismo.

(Regreso al Indice)

Balance

Después de tal exposición, ¿es posible, es oportuno hacer un balance?

A fines del siglo XIX, en una época en que la apologética era venerada, el Padre Ingold, con mucha ciencia y buena voluntad, publicó numerosos alegatos, para minimizar los incidentes de recorrido, para comparar en la ocasión y bastante torpemente, las debilidades del Oratorio, con las de las órdenes religiosas: El Oratorio y el jansenismo, El Oratorio y la Revolución, El pretendido jansenismo del Padre de Santa Martha, otros tantos títulos que revelan todo un programa. ¡Lástima que el género es anticuado y mediocremente convincente!

Otros mejor inspirados, han intentado magnificar las glorias oratorianas: Bérulle y Condren, Morin y Thomassin, Massillon, Houbigant, Mgr Perraud, como para hacer contrapeso a otras celebridades de menos calidad, los Quesnel, los Duguet, los Daunou, como si ditado, en los medios bien pensantes, se vuelve un valor jugado por los otros. Pero ¿en nombre de qué criterio establecer semejante lista?; y ¿dónde colocar a Richard Simon, Malebranche, Cratry? ¿El juicio de la historia? ¡La historia que juzga, sabe también cambiar de opinión! Al día siguiente de graves controversias, los vencidos caen en el olvido, o son arrastrados en el lodo. Más tarde se ponen matices, se procede a rehabilitaciones. Mucho reconocen hoy la grandeza de R. Simon. Malebranche, por mucho tiempo desacreditado, en los medios bien pensantes, se vuelve un valor seguro. ¿Quién osaría negar la influencia de Gratry sobre la renovación espiritualista de finales de siglo XIX? Y se dirá quizá un día lo que el pensamiento religioso actual debe al Padre Laberthonniére.

En el fondo, en cuestiones tan complejas, todo juicio de valor es poco seguro. Un historiador reciente intitulaba un párrafo de su retrato de la Iglesia bajo Pío IX: Una esperanza mal lograda, el Oratorio ¡Lástima que el pasado esté lleno de decepciones de este género! Pero nuestros pesares son vanos, como es vana la historia hipotética que los inspira. ¿Quién puede decir lo que Gratry hubiera hecho del Oratorio si Pététot no hubiera comprometido a este en la obra de los Pequeños Seminarios? Sólo lo que ha sucedido es lo seguro.

En una palabra, en un pasado rico y confuso, sería vano y peligroso hacer una opción. El pasado del Oratorio debe tomarse como un todo, un todo que se inserta en la historia general de la Iglesia de Francia. Se ha dicho ya: el Oratorio no ha pretendido jamás ser para el clero un modelo, una autoridad que le quiera desde afuera. Quiso asimilarse a él, compartir sus experiencias, así como sus alegrías. ¿Puede decirse que le ha sido de alguna ayuda? ¿Qué lo ha iluminado en ciertas circunstancias? ¿Qué lo ha ayudado a dar sesgos difíciles? Esa es la verdadera cuestión.

Por lo que toca al siglo XVII, H. Bremond, en su Historia Literaria del Sentimiento Religioso, ha dado ya elementos de respuesta. Más ampliamente y, ya fuera inclusive de las obras literarias, un atento estudio de la Contra reforma en Francia haría aparecer mejor todavía el papel del Oratorio. No se trata de hacer aquí anexionismo: San Vicente de Paul, San Juan Eudes, M. Olier, tienen ciertamente su propia grandeza. Pero su obra es inseparable del Oratorio. Y la Escuela Francesa de Espiritualidad, ha nutrido durante siglos al clero de Francia.

Pues por ser menos brillantes, los siglos siguientes, más divulgadores que creadores, han mantenido la tradición.

(Regreso al Indice)

Hoy y mañana

¿Qué puede y qué quiere el Oratorio hoy?

Si tiene conciencia de haber ayudado en el pasado al clero de Francia a dar algunos giros difíciles, ¿cómo podría el Oratorio permanecer indiferente ante nuestras actuales confrontaciones? A la hora en que la Iglesia atraviesa por una crisis grave donde tantos valores tradicionales son cuestionados, donde el sacerdocio cristiano está a la búsqueda de sus formas de expresión, aún de su identidad, la tradición del Oratorio, congregación sacerdotal, le impone asumir sus responsabilidades.

¡Seamos modestos! Con sus 110 miembros, sus 14 casas (4 colegios, 5 parroquias, 1 seminario, 1 capellanía de estudiantes, 2 residencias, 1 grupo que participa en la animación de peregrinación) el Oratorio no tiene un peso considerable en el movimiento general. Pero tiene triunfos que hay que reconocerle.

Su flexibilidad institucional, su tradición de liberalismo, el recuerdo de sus luchas pasadas, permiten esperar de él iniciativas, quizá audacias, que otros no sabrán considerar.

Es más, entre los valores que actualmente se abren paso, se reconocen temas que fueron antes objeto de sus combates, pues él fue a menudo un precursor.

No hay verdaderamente la tentación de reprocharle hoy el haber antes rechazado cierto tipo de autoridad, el haber exaltado la persona humana, el haber predicado un retorno a las fuentes, sobre todo al Evangelio. Se atrevería uno más bien a sugerirle poner su experiencia pasada, al servicio de la situación presente.

¿Bajo cuál forma? El porvenir lo dirá; pero nunca es demasiado pronto para prepararse a ello.

En una reciente Asamblea General (1969), el Oratorio ha bosquejado, él también, su aggiornamento; es decir, que ha tratado de adaptarse a la evolución del mundo.

Sus esfuerzos van, por una parte, a mejor garantizar los derechos de cada oratoriano, a colocarlo en condiciones tales, que se sienta libre, responsable, adulto; y por otra parte, a revalorizar las comunidades dándoles cierta autonomía, haciéndolas participar de alguna manera en el gobierno del conjunto. Algunos han hablado de adoptar la fórmula filipense. Nosotros no somos de esa opinión. Pero no está prohibido tomar de ahí algo. De todas formas hay que confesar que se tiende más bien a la descentralización.

Por lo demás, el Oratorio como todo el mundo, está en búsqueda. ¿Cómo evolucionará?, ¿qué tareas tradicionales conservará?, ¿qué nuevos ministerios inventará?. Es difícil decirlo.

Pero bajo formas diversas y en contextos cambiantes, es de desearse que permanezca fiel a los valores esenciales que tiene de sus orígenes y de su historia: exaltación del ideal sacerdotal, profundización y difusión de la cultura humana y teológica, preocupación primordial de la formación de la juventud. Que permanezca el Oratorio de Felipe Neri, de Bérulle, de Thomassin, de Malebranche, de Gratry, siendo el Oratorio del siglo XX.

(Regreso al Indice)