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La Santidad de la inteligencia

 

LA SANTIDAD DE LA INTELIGENCIA

Cardenal John Henry Newman, C.O.
(1801-1890)

Segundo Galilea

Indice
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Una de las grandes figuras del siglo XIX

Newman practicó la santidad de la inteligencia.
Conversión de un pensador honesto.
Evolución religiosa del cardenal Newman.
El Movimiento de Oxford.
El manejo evolutivo de su conversión.
Conversión profunda y madura.
Segunda primavera del catolicismo inglés.
Los dolores que sufren los convertidos.
Reconocimiento de la Iglesia católica.
La santidad de la inteligencia.

 

 Una de las grandes figuras del siglo XIX

John Henry Newman murió en 1890, a los noventa años de edad. Su vida transcurrió con su siglo.

Mi propio encuentro con la personalidad y la obra de Newman es bastante reciente, lo cual no excluye que ya supiera de él y de su singular papel en el catolicismo contemporáneo. Siendo yo seminarista, alguien con autoridad me dijo que el cardenal Newman había sido, junto con el Papa León XIII, la figura más importante de la Iglesia en el siglo diecinueve. Pero en todo caso, era para mí un personaje remoto, al menos para el mundo latino y sus preocupaciones. Y hace poco al releer algunos puntos de la historia moderna de la Iglesia, me interesé en conocer su vida y sus escritos, de los que su «Apología pro vita sua» me impresionó grandemente. Me enteré también que había tenido fama de santo, y que en efecto, la causa de su beatificación había sido introducida en 1958.

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Newman practicó la santidad de la inteligencia

La santidad de Newman (canonizable o no), sin embargo, se aparta, a lo menos aparentemente, de la imagen común o popular de alguien que es considerado santo. Escritor incansable, Newman no escribió libros de espiritualidad, aunque sus obras y cartas traspiran cristianismo. No sabemos cómo era su vida de oración y su experiencia íntima con el Señor, salvo por inferencia, y no parece haber tenido gracias místicas extraordinarias. Tampoco hay nada especialmente notable en su vida en el terreno de ascetismo exterior, o de pobreza, o de entrega espectacular a los pobres (aunque en el período de la «plaga irlandesa» puso en peligro su vida por asistir a los enfermos); su apostolado era básicamente intelectual y en ese respecto extraordinariamente fecundo, pero la santidad de los intelectuales suele pasar desapercibida para las mayorías. Si tuviéramos que clasificar su estilo de espiritualidad, el carisma peculiar de su espíritu, tendríamos que decir que Newman practicó la santidad de la inteligencia de modo extraordinario. El camino y la cruz de Cristo que él compartió fue el de la búsqueda incesante de la verdad hasta dejarse crucificar por ella. La honestidad intelectual fue el rasgo dominante de su espíritu, y con su sinceridad habitual, pudo escribir en su «Apología»: «nunca pequé contra la luz». La lealtad de Newman a la luz que iba gradualmente recibiendo llegó hasta el heroísmo. Su mencionada «Apología», en que desarrolla la historia de sus ideas religiosas y justifica de modo incuestionable su evolución y crisis en la procura de la verdad cristiana, que lo conducirá al final hasta la Iglesia de Roma, es un fascinante testimonio de lealtad y pureza intelectual.

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Conversión de un pensador honesto

Como es bien sabido, John Henry Newman, que en su tiempo podía ser considerado el teólogo más eminente de la Iglesia anglicana, abandonó su confesión de origen para convertirse al catolicismo en la mitad exacta de su vida (1845). Su conversión, coherente con su espiritualidad, no tuvo nada espectacular, ni involucró ninguna forma de experiencia religiosa notable ni rupturista. Escribió al respecto: «Mi conversión no significó mayor fervor, ni mayor fe, ni cambio de vida y costumbres». No tuvo la experiencia de Pablo de Tarso, o Agustín, o Ignacio de Loyola o Pascal. La suya fue la conversión de un pensador metódico, de un peregrino de la verdad que progresivamente la encontró en la Iglesia de Roma. Escribió al respecto: «Decidí guiarme por la razón y no por la imaginación. De haber hecho lo segundo, me habría convertido cinco años antes».

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Evolución religiosa del cardenal Newman

La historia de su evolución religiosa comienza en Oxford, donde llegó como estudiante y luego fue, hasta pocos años antes de su conversión, profesor y ministro de la Iglesia anglicana (párroco en St. Mary’s). Anteriormente en Londres (su ciudad natal), sus ideas anglicanas habían estado muy diluidas e imbuidas de protestantismo. La Universidad de Oxford era por entonces el centro ideológico y espiritual de la High Church anglicana, y la influencia de eminentes maestros llevó a Newman a descubrir la importancia de la Tradición, de la visibilidad de la Iglesia y de su origen apostólico, como esenciales a la Iglesia anglicana, si ésta quería estar en buena posición en su competencia con Roma por atribuirse la catolicidad. Es éste el primer cambio religioso importante en la vida de Newman; aceptó lo que él vio era verdad, sin vacilaciones. Incidentalmente, ya antes de ir a Oxford había optado por el celibato como forma de vida, percibiendo que para él ese era su camino verdadero.

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El Movimiento de Oxford

Por esos años (alrededor de 1830) el credo de la Iglesia anglicana, y sobre todo las convicciones de Newman y de la High Church, estaban bajo la amenaza del liberalismo y de una total dependencia de las políticas del gobierno de Londres. Como respuesta, Newman y otros colegas de prestigio iniciaron lo que se llamó el «Movimiento de Oxford». A través de la enseñanza, pero sobre todo de escritos sistemáticos, procuraron renovar el anglicanismo en su apostolicidad y sacramentalidad. La influencia del Movimiento de Oxford, en que Newman era el escritor más importante y uno de sus portavoces, fue enorme en toda Gran Bretaña. Los valores que promovió en la High Church anglicana iban a facilitar, cien años más tarde (e incluso antes, como tendencia e intentos ocasionales) el actual diálogo ecuménico entre Roma y Canterbury. Como dirigente del Movimiento de Oxford, Newman era un anglicano convencido y critico de Roma, pero al mismo tiempo nostálgico de una convergencia entre ambas confesiones. No era de extrañar entonces que muchos acusaron a Newman y demás cabezas del Movimiento, de catolizantes y proclives a Roma.

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El manejo evolutivo de su conversión

En el curso de esos años, Newman comprendió que la clave de las reivindicaciones anglicanas con respecto a Roma descansaba en una correcta lectura de los padres de la Iglesia y de la antigüedad cristiana. Su honestidad intelectual lo llevaba a verificar los hechos y a no basarse en prejuicios arraigados. Esa misma lealtad a la verdad lo llevó al estudio de la historia de la Iglesia. Ese momento va a marcar una nueva y más profunda evolución de sus ideas religiosas. Fue descubriendo la coherencia de la posición romana y la precariedad de la anglicana. El proceso duró varios años y fue arduo y penoso. Terminó por ver y aceptar la razón de Roma, pero de ahí a su conversión pasaron otros cuatro años; ciertas prácticas de la devoción católica lo frenaban aún. Tampoco publicitó su evolución religiosa: no estaba totalmente seguro, y debía ser leal con el anglicanismo (del cual era profesor y pastor) y con su Movimiento de Oxford. La última etapa hacia su definitiva conversión es un modelo de lealtad intelectual y humana. Tres años antes de ella, comprendió que no podía representar oficialmente a la Iglesia anglicana, ante la que Newman mismo escribió «me encontraba ya en el lecho de muerte». Escribió al obispo anglicano de Oxford renunciando a su parroquia y a sus cargos en la universidad, y a todo ejercicio de su ministerio. La actitud de Newman con su obispo anglicano podría servir de modelo a muchos sacerdotes católicos; previamente, a pedido de él, había dejado de publicar y actuar en el Movimiento de Oxford.

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Conversión profunda y madura

A1 final, la lealtad cristiana de Newman hizo que pasara los tres años siguientes en «tierra de nadie». Criticado por anglicanos que ya conocían su atracción a Roma; criticado por católicos porque no acababa de convertirse (muchos de sus discípulos y amigos ya se habían hecho católicos). Sin embargo, hasta el día de su conversión no presionó a nadie a hacerse católico; por el contrario, hizo todo por disuadir: pues él mismo era oficialmente anglicano y no quería prestarse a un doble juego, y porque hallaba que muchas de esas conversiones eran prematuras. Su propia conversión fue la de una fruta que cae por madura. Newman católico dejó Oxford inmediatamente (no volvería sino 32 años después), visitó a obispos y otras personalidades católicas en Inglaterra, fue a Roma a prepararse para su ordenación sacerdotal e ingresar al Oratorio de San Felipe Neri, y vuelto a Inglaterra se estableció en Birmingham, donde fundó el Oratorio y vivió en él hasta el día de su muerte.

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Segunda primavera del catolicismo inglés

Entretanto, la conversión de Newman tuvo inmensas consecuencias tanto en el anglicanismo como el catolicismo inglés. El Movimiento de Oxford prácticamente se extinguió, y el número de anglicanos que pasaron al catolicismo romano -clérigos, laicos, familias enteras- fue enorme. Cinco años más tarde (aunque no teniendo esto nada que ver con lo anterior) la jerarquía católica de Gran Bretaña quedaba oficialmente constituida (con un cardenal en Westminster, Londres), y la Iglesia renacía con fuerza de su condición discriminada de los últimos 300 años. Comenzaba lo que se ha llamado «la segunda primavera» del catolicismo en Gran Bretaña.

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Los dolores que sufren los convertidos

En este contexto, la influencia de Newman fue un factor de gran importancia. Pero la cruz de la verdad que había siempre buscado y por fin encontrado, la cargó durante treinta años más. Fue criticado y mal interpretado por muchos anglicanos, entre ellos algunos de sus amigos, con los que tuvo que polemizar en defensa propia. Con esa preocupación escribió su «Apología». Igualmente fue incomprendido, y a veces aislado, por diversos sectores católicos, no porque dudaran de su catolicismo, sino porque sus ideas no eran comunes; su visión de la Iglesia lo adelantaba a su época. Fundó la Universidad católica en Dublín, pero tuvo que dimitir al no encontrar apoyo en los obispos. De esa época data su «Idea de la Universidad». Aunque su relación con su propio obispo fue siempre excelente, Ullathorne, en Birmingham, nunca contó con la confianza del Cardenal de Westminster ni de algunas altas autoridades en Roma, que recibían continuamente informes contradictorios.

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Reconocimiento de la Iglesia católica

En los últimos diez años de su vida, sin embargo, fue plenamente apreciado y reivindicado tanto en Inglaterra como en el resto de Europa, donde era ya bien conocido como «la figura» del catolicismo inglés. León XIII lo hizo cardenal y le concedió su petición de no ser consagrado obispo; sus ideas sobre el ecumenismo, el desarrollo doctrinal de la Iglesia y las relaciones de ésta con el «mundo», están presentes en la enseñanza del Concilio Vaticano II.

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La santidad de la inteligencia

Pienso que la ocasión del primer centenario de la muerte de John Henry Newman pone de relieve la importancia decisiva de la santidad, de la inteligencia y de la fidelidad a la verdad en la vida humana, y de la enorme importancia que esto tiene en el catolicismo. El puesto de la verdad en la Iglesia católica es primordial; ella -con toda razón- no se satisface con la pura buena voluntad o la pura generosidad. Estas deben ser “verdaderas” en la caridad. Para algunos, esto puede parecer dogmatismo o intolerancia, pero a partir de Jesucristo, la Iglesia cree en la verdad, y cree que el ser humano tiene la capacidad y la gracia de buscar la verdad, de encontrarla y de permanecer en ella, y que sólo la verdad nos hace libres. En esto Newman fue un gran ser humano y un gran católico. Su testimonio nos revela hasta qué punto la verdad es liberadora, y hasta qué punto a la vez su búsqueda requiere en nosotros una gran libertad interior, la ascética de la mente y del corazón. Su evolución religiosa lo llevó a buen puerto porque cultivó esa santidad de la inteligencia y porque nunca ignoró la luz ni se mintió a sí mismo, aunque ello lo colocara en minoría o lo hiciera impopular. Como todo hombre, experimentó nuestras propias tentaciones actuales ante la búsqueda de la verdad: la tentación de desinteresarse de ella y de sus consecuencias, y de conformarnos con ser «buena persona»; la tentación de confundir nuestros prejuicios e ideologías con principios permanentes; la generalizada tentación de aceptar, elegir o preferir por razones de simpatía y no tanto por hechos y valores objetivos. Y la no menos generalizada del pragmatismo sin principios. Newman es un testigo moderno (los hubo antes y los habrá siempre) de la unidad entre el amor y la verdad en todo camino de liberación humana, si éste ha de ser coherente con la vocación del hombre al goce de la verdad y amor eternos. Y que Cristo ha hecho esto posible al redimirnos no sólo del pecado, sino igualmente del error y la ceguera.